LA CAJA

Publicado: 9 junio, 2013 en Relatos
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El héroe dio un grito en la isla desierta, pero sólo obtuvo silencio como respuesta. Volvió a gritar, como si cien cuernos sonaran al mismo tiempo, pero el silencio salió a su encuentro una vez más. Apoyó las manos sobre sus rodillas y recuperó el aliento con dificultad. De sus amplios pectorales cubiertos de vello todavía chorreaba el agua salada del mar. Llevaba los restos de un pantalón de marinero, iba descalzo y sus pies sangraban por los múltiples cortes que se había hecho con las rocas de la orilla.

Tras unos minutos inmóvil, el héroe se irguió proyectando una gran sombra que se fundía con la que proyectaba un pequeño bosque que crecía a escasos metros. Agotado y sin una noción clara de hacia dónde dirigirse, el héroe recogió un largo tablón de madera procedente del naufragio y se internó entre los árboles sin ningún tipo de temor o precaución.

Pasó varias horas abriéndose paso a través del follaje que, conforme se internaba en la isla, parecía hacerse más denso e impenetrable. Luchando con su improvisado garrote, el héroe partía ramas y apartaba de su camino plantas y arbustos. Avanzaba despacio pero a un ritmo imparable, era como un cuchillo caliente cortando mantequilla y sonreía al ver que el bosque se plegaba a su voluntad.

Finalmente, cuando golpeó con el madero, su brazo no encontró la resistencia a la que se había acostumbrado. Dio un paso más y se vio en el extremo de un claro en el que no crecía ni un solo árbol. El héroe parecía no acusar los cientos de heridas que surcaban sus poderosos brazos que, cubiertos de sudor, se mantenían en tensión pese a la calma que reinaba en el claro. En el centro de este inesperado oasis había una caja metálica no más grande que un cerdo de granja. El héroe se apresuró a acercarse hasta el cofre para examinarlo más detenidamente. No tenía ningún cierre a la vista, ni inscripción ni marca conocida de ningún tipo. El metal parecía hierro pero, extrañamente, el náufrago sabía que no era hierro. Sopesó el garrote en su mano y ensayó la trayectoria del golpe que iba a asestar a la caja metálica. Empuñó la madera con las dos manos, la alzó y la descargó con una violencia y una fuerza que hicieron que se marcaran toda la musculatura de su torso. Las astillas volaron en mil direcciones a la vez que el tablón se rompía. La caja no presentaba ninguna prueba de haber sido golpeada.

El sol se puso, pero el héroe se resistió a dormir incapaz de abandonar el misterio de la indestructible caja. Probó a levantarla y, pese a su titánica fuerza, no pudo alzarla ni un centímetro del suelo. Empujando no tuvo más éxito y, mientras sus fuerzas se debilitaban, las horas se sucedían y la caja prevalecía. Recogió piedras que pesaban más que un hombre adulto y las dejó caer sobre el cofre sin conseguir dañarlo, estaba perdiendo esta batalla.

Los ojos del héroe, en el pasado francos y valientes, se iban empañando poco a poco con el fantasma de la locura. La caja resistía y eso era algo que no quería aceptar, que no podía concebir. Su mente fue fallándole progresivamente y el instinto más primitivo sustituyó sus pensamientos racionales. El héroe, después de varios días, murió con los puños ensangrentados como resultado de haberla emprendido a puñetazos contra la caja. Murió junto a esta, sin haberla abierto y sin saber que, de haber superado su obsesión, habría atravesado el bosque y se habría reencontrado con aquellos a los que quería y que, con un espíritu igualmente indomable, no habían dejado nunca de buscarlo.

¿Que qué había en la caja? Sólo lo que uno estuviera dispuesto a dejar en ella.

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comentarios
  1. Si es que a los héroes que no saben perder les acaba venciendo el orgullo..

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