DOS REVÓLVERES (III)

Publicado: 21 junio, 2013 en Relatos
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PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

La puerta se abrió y un haz de luz partió la oscuridad que había en la habitación de Braulio. El Rojo dormía a pierna suelta y lanzaba sonoros ronquidos que amortiguaban cualquier ruido que hicieran los conspiradores. Tom fue el primero en entrar llevando el alambre extendido y en tensión. Se giró hacia la puerta y vio que Jasón dudaba. Le hizo un gesto apremiante con la cabeza, pero el camarero se resistía a entrar en el dormitorio, estaba muerto de miedo. Pistola pesada retrocedió y agarró a Jasón por la pechera de la camisa mientras le dedicaba una furibunda mirada que lo decía todo. Esta vez, la perspectiva de atentar contra Braulio lo intimidó más que el propio Tomás y, empujando a éste, se libró de la presa y salió corriendo escalera abajo.

Tom desechó cualquier idea de abandonar el plan, lo haría él solo, no necesitaba la ayuda del cobarde de Jasón. Volvió a entrar en la habitación menos confiado que antes y se colocó junto al catre en el que Braulio seguía durmiendo. Comprobó una vez más la fortaleza del cable y sonrío, todo acabaría en pocos minutos.

—Adiós, viejo, has sido un verdadero dolor en los cojones.— Susurró Tom con una media sonrisa.

Pese a que su voz era apenas perceptible, Braulio se despertó y clavó su mirada en la de Tomás, completamente consciente de lo que estaba sucediendo. Pistola pesada reaccionó al instante y bajó las manos para estrangular a su jefe con el alambre. El cuello del Rojo se hinchó intentando llevar aire a sus pulmones, pero la presión que ejercía Tom era proporcional al odio que profesaba a su jefe. Braulio no se rendía y, pese a estar en clara desventaja, peleaba y arañaba el rostro de su atacante tratando de liberarse de una muerte cercana. Tomás se vio sorprendido por la feroz resistencia con la que se había encontrado y maldijo a Jasón por haberse echado atrás y no estar ahí sujetando al viejo.

La lucha se prolongaba, pero los golpes de Braulio cada vez eran más débiles y faltos de puntería, el fin estaba cerca. Inmerso como estaba Tomás en su tarea, no escuchó los ruidos que provenían de la planta baja.  La puerta se abrió de golpe y se oyó una detonación. Por suerte para Pistola pesada, la oscuridad jugó a su favor y el tirador no fue capaz de apuntar, pero, distraído como estaba, no pudo evitar que el Rojo se librara del alambre y lo tirara al suelo.

Tom sabía que no tenía ninguna oportunidad frente a dos oponentes, no podría disparar a ambos antes de que cualquiera de ellos se abalanzara sobre él. Estaba valorando sus opciones cuando por poco se le cayó la pistola de la sorpresa. El pistolero de la puerta disparaba ahora a Braulio y éste se parapetaba detrás de la cama. Los sucesivos disparos astillaron los muebles y mantuvieron al Rojo a la defensiva hasta que, finalmente, el atacante tuvo que parar a recargar y fue entonces cuando Braulio sacó su revólver y le metió una bala en la cabeza.

Tom odiaba admitirlo, pero su jefe era mucho mejor tirador que él y para su consternación ahora le apuntaba con su arma. El Rojo no se molestó en decir nada, se masajeó el cuello y amartilló la pistola. Tomás cerró los ojos y esperó, pero el único ruido que escuchó fue el de más pasos y voces que subían por las escaleras.

—¡Están los dos dentro, aseguraos de que no sale ninguno vivo!— Dijo una autoritaria voz femenina.

El Rojo dudó un momento, apuntó con el revólver a la ventana y disparó a ésta haciéndola añicos para después pasar por ella y salir al tejado. Los pasos se acercaban y, fueran quienes fueran, estaba claro que no venían a hacer amigos. Pistola pesada, práctico como él era, tomó la decisión que le parecía menos peligrosa y siguió a Braulio en su huida por el tejado de El Oeste mientras los perseguidores le pisaban los talones.

 

Continuará.

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