PRESENTE

Publicado: 9 julio, 2013 en Relatos
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El chico de las pecas abre los ojos con dificultad, acerca la mano a la mesilla de noche y busca el teléfono móvil. Suena la melodía de Bob Esponja, son las seis de la mañana y hay que despertarse. Desconecta la alarma y vuelve a cerrar los ojos, cinco minutos más, piensa. El teléfono no suena pasados cinco minutos, ni quince, ni treinta, ni dos horas. El chico de las pecas se despierta a las ocho y maldice, grita e insulta a un hipotético ente que le ha jugado una mala pasada.

El café se ha acabado y el chico de las pecas tiene que beber leche a toda velocidad. No tiene tiempo para una ducharse, se mira en el espejo y espera que no se note su cara de dormido. Por si las moscas, se frota los ojos con agua y, ya puestos, se echa también en las axilas. No huele a rosas, pero tendrá que bastar.

Suena el teléfono, otra melodía, y el chico de las pecas decide ignorarlo, ya sabe que va tarde. Se pasa insistentemente un desodorante de roll on casi acabado, no renuncia a estar mínimamente presentable. Se viste todo lo rápido que puede, pero las prisas lo llevan a equivocarse una y otra vez. Al final, tarda más del doble y la paga con los calcetines, de alguien tiene que ser la culpa.

Sale de casa y cierra con llave. El teléfono vuelve a sonar y el chico de las pecas piensa que son unos pesados, que está en camino. Llega al garaje, casi vacío debido a las horas que son, y se monta en su austero coche de segunda mano. El piloto de la gasolina parpadea, el chico de las pecas echa un cálculo mental rápido y concluye que puede ir y volver al trabajo sin necesidad de repostar.

La autopista está también más transitable, conduce rápido y cantando a pleno pulmón canciones malas de verbena. Vuelve a animarse, pero no deja de lanzar miradas furtivas al reloj. Va a tener que lamer algún culo para que no le vuelvan a expedientar, ¡qué remedio!

Vuelve a conducir por la ciudad, a unas pocas calles de su sucursal, y el tráfico cada vez es más denso y lento. Suena “Volaré” en su reproductor de CD y el chico de las pecas pasa de canción, esa le trae malos recuerdos. Se impacienta y no puede evitar tocar el claxon y hacer aspavientos a los demás coches. Dobla la esquina y ve un sitio libre, es mi día de suerte, piensa. Se baja del coche y medio anda medio corre hasta que llega donde estaba su trabajo. Donde antes estaba la sucursal bancaria en la que trabaja, ahora se abre un inmenso boquete negro rodeado de policía, ambulancias y bomberos.

El chico de las pecas mira los restos de la explosión entre sorprendido y enfadado. Qué mala suerte, se dice a sí mismo, podría haber dormido hasta tarde.

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