ARTEMISA (VI)

Publicado: 16 julio, 2013 en Relatos
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Un mes antes de la huída de Julia del hospital…

Amandine se mordió el labio con fuerza, dolía, pero era necesario para no gritar. Estaba empapada en sudor y tenía un par de mechones rubios pegados en la frente. Una nueva embestida y tuvo que morder con más fuerza, deseaba gritar, necesitaba gritar y dar rienda suelta a todo lo que sentía. Sobre Amandine, Cédric se movía con fuerza y se introducía en ella una y otra vez. La cabeza le daba vueltas y clavó sus uñas en la espalda de él, dejando varios surcos enrojecidos que, lejos de doler, aumentaron la excitación del hombre.

Morderse el labio ya no funcionaba, los gritos empezaron a sucederse, tímidos al principio, hasta acabar en un torrente justo cuando Amandine alcanzó el orgasmo. Cédric relajó el ritmo dándole una pausa a la exhausta mujer que respiraba entrecortadamente. Amandine mantuvo los ojos cerrados y notó cómo su amante salía de su interior, sintió dureza y calor entre sus muslos y empezó a experimentar de nuevo la necesidad de que Cédric volviera a hacerle el amor.

Las manos de él sujetaron su cara y las bocas de ambos se fundieron en un húmedo beso que pareció no tener fin. Se quedaron así, mirándose a los ojos, durante unos segundos mientras se comían con la mirada. Amandine pasó sus manos por el pecho de Cédric y siguió acariciándolo hasta llegar a la entrepierna de éste. Agarró su miembro, que ardía todavía, y lo dirigió de nuevo a su interior mientras mordía ahora el labio de él.

Comenzó de nuevo el baile pero, esta vez, Amandine se incorporó y giró hasta colocarse encima de Cédric. Quería tener el control, quería besarlo y deseaba verlo disfrutar. La pelvis de la mujer se sacudía cada vez más rápido y ésta no hacía ningún esfuerzo por ahogar los gemidos. Cédric la sujetaba por las nalgas y se incorporaba lo justo para morder los duros pezones de Amandine que soltaba grititos de placer. La mujer bajó la vista y los ojos de ambos se encontraron en una pausa entre beso y beso.

—Te quiero —dijo Amandine mientras lo tumbaba y se aferraba a sus muñecas.

—Y yo a ti —contestó Cédric dejándose dominar.

Los gemidos de ella se mezclaban ahora con los de él, que parecía estar aguantando a duras penas. Amandine disfrutaba viéndolo así, completamente a su merced y teniendo todo el control. Lo miró con una media sonrisa.

—Quiero que lleguemos a la vez —le dijo.

Cédric asintió y se dejó llevar, era ella la que marcaba los tiempos. Se sucedieron varios cambios de ritmo, siempre justo antes de que uno de los dos alcanzara el orgasmo. El juego se repitió un par de veces hasta que la espera fue inaguantable. Ambos se miraban fijamente, se conocían lo suficiente como para interpretar las señales.

—Ahora…—gimió Cédric a la vez que la cogía por el cuello y la atraía hacia sí.

Sus caras se juntaron y ambos gritaron casi al mismo tiempo antes de que sus cuerpos se relajaran por completo. Amandine se recostó a un lado, empapada en sudor y besando el cuerpo de Cédric mientras éste acariciaba distraído el cabello de ella, estaban en paz.

Dos horas más tarde, una Amandine totalmente limpia y arreglada miraba con ternura dormir a Cédric. Roncaba como un oso, era verdaderamente difícil dormir a su lado, pero era su oso y se había acabado acostumbrando. Miró el reloj, todavía estaba a tiempo de acercarse a la feria antes de hacer lo que tenía que hacer.

Grenoble era una ciudad de tamaño medio que crecía a la sombra de los Alpes franceses. Amandine había vivido allí los últimos cinco años, desde que el proyecto Artemisa la había destinado a ese sector. Su vida era tranquila, tenía un buen sueldo, había hecho grandes amistades y, sobre todo, se había enamorado hasta los huesos de Cédric, el amor de su vida. Ella nunca había creído en el destino, pero el encuentro entre ambos tuvo que ser fruto de algo más fuerte que la casualidad. Amandine estaba desempacando en su nuevo hogar y vio llegar a Cédric al apartamento de enfrente, iba cargado de cajas de mudanza ya que era también su primer día en la ciudad. Pasaron varios días ayudándose mutuamente a reorganizar sus nuevas viviendas y, cuando todo estuvo terminado, estrenaron ambos dormitorios haciendo el amor durante horas. Sí, pensó Amandine, estaba escrito que los dos llegaran a la misma ciudad y al mismo edificio ese preciso día.

Absorta en sus pensamientos y llena de felicidad llegó hasta la feria que, como cada marzo, habían montado en un extremo de la ciudad. Hoy era un día importante para el proyecto, el fruto de tantos años de esfuerzo estaba al alcance de su mano, sólo había que alcanzarlo y darle un bocado. Sonrió, hasta el doctor Smithson había alabado su trabajo como desarrolladora bioquímica. Hoy era importante porque debía pasar el testigo, había cumplido con su parte y ahora comenzaba la fase más delicada del proyecto a cargo de la doctora Murillo.

Amandine metió la mano en su bolsillo y apretó con fuerza el pendrive que contenía el futuro de la humanidad. Se acercó a un puesto cercano y compró una jugosa manzana de caramelo, se merecía un poco de dulce después de estos años. Se giró y sus ojos se encontraron con los de un hombre trajeado que parecía enfermo de lo delgado que estaba. Amandine se sobresaltó, juraría haber visto a ese desconocido al salir de casa, no era una persona difícil de reconocer. Trató de que su rostro no reflejara la sorpresa y cambió sutilmente su rumbo, internándose en la feria para intentar perder a su perseguidor.

Los ruidos de las garitas y las atracciones amortiguaban cualquier otro sonido así que Amandine era incapaz de saber si alguien la seguía o no. Sujetaba con fuerza la memoria USB en su bolsillo y su mente trabajaba a toda velocidad en busca de una solución, la información que llevaba encima no podía caer en malas manos. Giró sobre sus talones y no vio a nadie tras ella, al menos tenía unos minutos. A pocos metros se encontraba la clásica atracción en la que te mueves en círculo a la vez que botas, “El Canguro” se llamaba. Amandine se apresuró a llegar hasta allí y, después de comprar un boleto, se acomodó en uno de los vagones.

La maquinaria se puso en marcha y Amandine comenzó a girar y a elevarse, fue desde las alturas desde donde vio al hombre trajeado que esperaba sin quitarle la vista de encima. La asustada mujer se sabía perdida, pero no estaba dispuesta a no cumplir con su misión. Los botes comenzaron y Amandine aprovechó el movimiento para sacar de su bolsillo el pendrive e introducirlo en un recoveco del vagón en el que se encontraba. Se tomó un tiempo asegurándose de que quedaba oculto y bien fijado antes de sacar el teléfono y escribir un escueto mensaje: Canguro, vagón 19. El destinatario era Isaac Smithson.

Cuando por fin bajó de la atracción no había rastro de su perseguidor. Tenía que estar al acecho, Amandine estaba segura, pero no podía verlo entre la creciente muchedumbre. Se abrió paso alejándose del lugar y, de repente, una mano la agarró con fuerza del hombro y tiró de ella.

—¡No, suéltame! —gritó, presa del pánico.

El hombre que la sujetaba se acercó y la hizo girar para quedar cara a cara, era Cédric.

—Amandine, tranquila, soy yo. ¿Qué sucede? Quería darte una sorpresa, pero pareces asustada.

Amandine se abrazó a su hombre y se serenó en unos pocos segundos.

—Tienes que creerme, por favor. Hay un hombre que me está buscando y es vital que no me encuentre. Es vital, Cédric —dijo mirándolo con seriedad.

Cédric la observaba sorprendido pero sin rastro de burla en su cara. Meditó un momento y le cogió la mano.

—Ven, nos esconderemos —le dijo mientras la llevaba a unas tiendas de lona algo apartadas.

La pareja se alejó del barullo de la calle central y se detuvo tras uno de los tenderetes. Cédric miró a ambos lados para comprobar que nadie los observaba, levantó un faldón de la tienda y le hizo un gesto a Amandine para que entrara dentro. La chica pasó y trató de acostumbrar sus ojos a la oscuridad.

— ¿Cédric? —preguntó al notar un movimiento tras ella.

— Chss, estoy aquí.

Amandine iba a suspirar de alivio cuando notó algo que le tapaba la boca y las fosas nasales. Era un pañuelo y por el olor parecía impregnado en cloroformo. La vista se le nubló y apenas mantenía la consciencia cuando Cédric se acercó a ella.

— ¿Qué puedo decir? Estaba escrito —le dijo, burlón.

Segundos más tarde, el esquelético hombre trajeado retiraba ºel pañuelo de la boca de Amandine que yacía inconsciente sin saber qué futuro les aguardaba a ella y al proyecto Artemisa.

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