AGUA Y SANGRE

Publicado: 17 agosto, 2013 en Relatos
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Se arrastraba por la tierra con la férrea determinación de quien no sabe aceptar la derrota. El soldado apretaba los dientes y utilizaba su mano derecha para agarrarse al suelo y avanzar. La otra mano, cada vez más pálida, desaparecía a la altura de su vientre, entre los restos de la destrozada armadura. El avance era lento pero constante. Oía voces en algún punto a su derecha, pero varios soldados muertos se interponían en su línea visual. Con un esfuerzo titánico, corrigió su dirección y trató de dirigirse hacia el lugar desde el que provenían los sonidos.

El general observaba con mudo respeto la desoladora escena que se presentaba ante él. Se encontraba en una colina desde la que se podía abarcar con la mirada todo el campo de batalla en el que sus tropas habían combatido los últimos días. Los cadáveres se amontonaban unos sobre otros, sin importar en qué bando hubieran luchado ni cómo hubieran muerto. En verdad, pensó el anciano general, la guerra acaba por unir a los hombres.

Un ruido captó su atención. El general miró en dirección al sonido y vio a un soldado que se arrastraba hacia él con una mueca de dolor grabada en la cara. ¿Amigo o enemigo?, se preguntó el general. El uniforme del herido no dejaba adivinar ningún blasón o color, el barro y la sangre lo habían pintado de un marrón oscuro que no pertenecía a ningún bando. Uno de los escoltas del general se acercó y se interpuso entre su líder y el soldado herido que, con un último gemido, dejó de moverse, rendido por el agotamiento. Sólo se escuchaba el gorjeo de los cuervos que acudían, como cada día, al festín que los humanos desplegaban para ellos.

El guardaespaldas empujó con el pie al moribundo y lo colocó de espaldas al suelo, mirando al plomizo cielo. Las fuerzas lo habían abandonado casi por completo, su mano izquierda dejó de ejercer presión sobre su vientre y reveló un gran corte por el que sobresalían sus entrañas. El general se acercó en silencio, desenvainó su espada y, sin mediar ninguna palabra, la clavó con fuerza en el corazón de aquel desgraciado. Un caído más en esta guerra que tenía un final tan incierto como lejano se antojaba su comienzo.

El enemigo se había replegado una vez más para recomponer sus filas y prepararse para un nuevo choque. Los muertos se contaban por miles, pero, pese al coste en vidas, era imposible saber de qué lado se inclinaba la balanza. Las pocas batallas que se podían contar como ganadas no dejaban de ser victorias pírricas incapaces de suponer un avance definitivo. No, se dijo el general, hasta ahora ambos hemos perdido. Giró sobre sus talones, envainó la espada ensangrentada, y examinó los restos de su ejército. Los hombres estaban agotados, se leía en sus ojos, pero sabían que la rendición no era una opción. Esa guerra acabaría con uno de los dos bandos totalmente aniquilado, no habría treguas ni negociaciones.

Comenzaron a caer las primeras gotas de lo que se adivinaba como una fuerte tormenta. Repiqueteaban sobre las armaduras de las tropas, creando una tétrica banda sonora para el dantesco escenario en el que se encontraban. El general hizo una señal con la mano y sus regimientos se movieron como un único hombre de vuelta al campamento. Un relámpago rasgó el cielo recortando la figura del general en la colina. Se quedó solo, pensativo, triste. ¿Cómo habían llegado a esto?

El aguacero aumentó su intensidad y pronto se crearon varios riachuelos en los que se mezclaba el agua con la sangre de los caídos. Era pronto para saberlo, el general lo sabía, pero había espacio para la esperanza. Esa misma noche tendría lugar un nuevo enfrentamiento, a simple vista igual que las otras muchas batallas, pero, en esencia, distinto y esperanzador. La guerra no iba a terminar al ponerse el sol, pero podía darse el primer paso hacia la victoria definitiva.

Con esos pensamientos bullendo en su cabeza, el general emprendió el mismo camino de sus tropas, algo más animado y con cierta alegría contenida. Esa noche, sí, esa noche la guerra tomaría un nuevo rumbo.

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