Archivos de la categoría ‘Ejercicios de escritura’

Continuamos con los ejercicios de escritura de la APP iDeas for Writing* del portal web Literautas.

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Iván llevaba varios días sin acudir a trabajar al bar. Le había dicho a su jefa que se encontraba mal, que había pillado uno de esos virus que están tan de moda, pero la realidad era otra. Iván siempre andaba con problemas de dinero y buscando atajos para dar el pelotazo y poder costearse todos sus caprichos. El último intento lo había tenido hacía ya una semana y ahora continuaba sufriendo las consecuencias de sus actos. Era víctima de una terrible maldición que había caído sobre él al robar en casa de una anciana africana. La víctima del robo era famosa por atesorar valiosos objetos tribales, así que Iván pensó que podía venderlos y sacar una buena tajada. Desde que había profanado las pertenencias de la africana, el camarero sufría los efectos de una poderosa magia negra que hacía que Iván fuera perdiendo progresivamente la vista.

El miedo había mantenido al joven recluido en casa, temeroso de volver a la escena del crimen y quedándose ciego día a día. Una mañana, Iván se levantó de la cama y, por unos momentos, fue incapaz de distinguir los números del despertador que había en su mesilla de noche. Viendo su ceguera inminente, metió en una bolsa el ídolo de ébano que había robado y se encaminó al hogar de la bruja africana. Parecía que la maldición era consciente de la decisión que había tomado Iván ya que, para su desgracia, aceleró el proceso degenerativo nublando la vista del camarero con el paso de las horas.

El camino, que debería haber recorrido en escasos minutos, parecía haber cambiado y ya estaba anocheciendo cuando Iván, prácticamente ciego y agarrando la figura de madera con fuerza, llegó a la puerta de la vivienda en la que se encontraba la africana. A efectos prácticos se podría decir que Iván era totalmente ciego porque, pese a no haber perdido toda la vista, la noche hacía que le fuera imposible distinguir ninguna forma. El joven aporreó la puerta incapaz de aceptar su trágico destino, pero la entrada de la casa permanecía cerrada y no se escuchaba ni un solo ruido en el interior.

Gotas de sudor caían por la frente del ciego mientras manoseaba las paredes buscando una ventana. Cuando por fin dio con una, descargó su puño contra el cristal haciéndolo añicos y destrozándose la mano en el proceso. Sangraba cuando se encaramó al alfeizar y se dejó caer pesadamente en el interior de la vivienda. Cayó sobre el frío suelo, algo extraño ya que recordaba que la casa estaba totalmente abarrotada de objetos, no había ningún lugar tan vacío como en el que se encontraba ahora. A gatas, palpó el suelo a su alrededor sin encontrar rastro alguno de muebles o antigüedades. Los nervios hacían mella en él y sus movimientos se volvían cada vez más torpes e incontrolados, ¡no podía haberse equivocado de lugar, sabía que estaba en el sitio correcto!. Iván abrazó con fuerza la figura de ébano y se quedó hecho un ovillo en el suelo sin dejar de gimotear. Su mente se había quebrado.

Una luz incandescente iluminó toda la estancia a la vez que los ojos de Iván recobraban la vista. El joven dejó de sollozar y alzó la vista buscando la fuente de la luz. Donde antes no había nada, ahora se encontraba erguida la bruja africana que miraba a Iván sonriendo con crueldad. Éste abrió la boca para decir algo, pero, en ese instante, la bruja chasqueó los dedos y desapareció llevándose con ella la luz de la habitación y la vista de Iván. Se quedó agarrando el ídolo por el que había pagado con sus ojos.

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Recientemente he instalado en mi Smartphone una interesante aplicación. Se llama iDeas for Writing* y es una creación de la estupenda página de Literautas. La APP tiene, entre otras características, un apartado en el que te propone diversos ejercicios de escritura para mejorar y aprender nuevos recursos. Hoy he escrito la primera tarea y este es el resultado, espero que os anime a probar esta fantástica aplicación. 

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Estaba inmóvil frente a la estantería. Mi cuerpo se había detenido, pero mi mente trabajaba con una actividad febril. Paseaba mi mirada por las baldas del mueble, una pieza moderna de diseño que parecía hecha de maderas nobles talladas a mano. Recorría las líneas rectas y sin adornos del mueble lleno de libros. Los había grandes, pequeños, con tapa dura o tan viejos que ya no tenían ni cubierta. Sólo podía coger uno antes de marcharme y, para mi agobio, sabía que nunca volvería a estar en esa librería de extrañas normas.

Mi retina trabajaba sin descanso, tratando de absorber toda la información y de llegar a la elección más óptima. ¿Cómo me sentiría si acababa eligiendo un mal libro? Leía los títulos pero sabía que, al igual que la portada, podían ser engañosos y ocultar una soberana decepción. Decidí que no podía perder más tiempo, tenía que escoger uno y tenía que hacerlo ya. Mis ojos se detuvieron y, como respondiendo a una orden inconsciente, mi mano derecha agarró el libro sobre el que descansaba mi mirada.

Salí del local y caminé unos metros antes de detenerme para mirar mi recién adquirida posesión. Todavía estaba abrazado al libro así que, con lentitud, lo aparté de mi pecho y bajé la vista a la vez que se me aceleraba el pulso. El volumen era de tapa dura y estaba en un estado bastante adecuado aunque se veía que había pasado por varias manos. En unas ostentosas letras doradas sobre fondo verde se leía “La princesa de las espías”, un título bastante revelador, pensé, imaginando una historia de amor e intriga. Acaricié la portada, la superficie era rugosa y los surcos de las letras se notaban a la perfección cuando pasaba los dedos por encima. Era un buen libro.

Me costó pero, después de varios minutos, me decidí a abrir el tomo y saber lo que tenía entre manos. El delicioso olor a papel me inundó los sentidos y recuerdos, no pude evitar sonreír. Fui pasando página tras página fijándome en pequeños detalles como la tipografía, la cantidad de diálogos, los nombres propios… No me había equivocado, al leer un par de párrafos aleatorios, supe que era una novela de intriga. Habría no menos de quinientas páginas así que tenía para una semana, un par de días si realmente me enganchaba la historia.

Impaciente por comenzar, cerré el libro y lo guardé en mi bolsa de deporte. Frente a mí había un puesto de periódicos y me di cuenta de que el vendedor no dejaba de mirarme con extrañeza. No me costó entenderlo, llevaba casi diez minutos haciéndole caricias y olfateando a un libro. Debía parecer un loco pero, ¿hay algo mejor que perder completamente la cabeza por los libros?