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TIERRA

Publicado: 30 junio, 2013 en Relatos
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La menuda criatura observaba el chalet, oculta entre los arbustos. Medía poco más de cincuenta centímetros y su pequeño cuerpo era un amasijo de pliegues y arrugas. Era un duende de tierra clásico, tal y como han sido todos los duendes de tierra siempre: pequeños y arrugados, como la tierra de la que proceden. Este duende en concreto era lo que nosotros llamaríamos un macho, aunque eso tiene poca relevancia para ellos, y vestía lo que parecían ser unas bermudas verdes con un chaleco a juego. El material de la ropa no se parecía a ninguno de los empleados en prendas humanas, era más bien una suerte de musgo o liquen.

No había ni una sola luz en la vivienda que el duende observaba, la oscuridad reinaba y los sonidos del campo poblaban la noche. La criatura movía inquieta sus nudosas manos sin despegar en ningún momento sus diminutos y brillantes ojos del moderno chalet. Respiró hondo dejando que sus pulmones se llenaran del aroma del verano y espiró sintiéndose mucho más relajado. Dio un pasito hacia delante y se encontró totalmente expuesto a unos veinte metros de la puerta principal de la casa. Una ventana se iluminó y el duende se quedó petrificado en el sitio fundiéndose con el entorno gracias a su camuflaje. La luz desapareció y el pequeño intruso avanzó con pasos cortos y rápidos hasta que se plantó frente a la entrada.

La criatura no trató de alcanzar el pomo de la puerta, no podía entrar por ahí y lo sabía (las criaturas mágicas como los duendes de tierra no pueden abrir puertas construidas por los humanos). Esta limitación no los mantiene aislados, ni mucho menos, existen infinidad de portales adaptados a cada especie mágica y todas ellas saben cómo utilizarlos. El duende de tierra se dirigió hacia un punto cercano del porche y palpó la pared de la casa. Sus manos se deslizaron por el recubrimiento de madera hasta que llegaron a un punto en el que las placas se habían separado dejando el desnudo ladrillo al descubierto. La criatura juntó las palmas de las manos y empezó a frotarlas con determinación. Un tenue brillo verdoso se extendió desde sus dedos hasta sus muñecas, en ese momento separó las palmas y las posó con suavidad sobre el ladrillo de la pared. El duende, al igual que el ladrillo, era hijo de la tierra y, al encontrarse ambos, se fundieron en uno y la criatura atravesó la pared. Reapareció en el interior de la casa todavía con ese áurea mágica iluminando tenuemente toda la estancia. Conocía el lugar a la perfección y se encaminó con presteza hacia la habitación que tantas otras veces había visitado.

El dormitorio estaba al lado del salón, al fondo de un largo pasillo con fotos familiares en las paredes. Por suerte para el duende, la puerta de este cuarto siempre estaba entreabierta así que pudo deslizarse dentro sin necesidad de utilizar su magia. La excitación se apoderó de nuevo del pequeño duende mientras se acercaba a la única cama de la habitación y trepaba por ella. Los movimientos de la criatura eran silenciosos y lo único que se oía era la respiración de la persona que dormía en el lecho. Cuando llegó hasta arriba, al duende le brillaron los ojos como la primera vez que la había visto jugando en el jardín. En la cama dormía Clara, una preciosa niña de siete años con una tupida mata de pelo rizado y negro como el azabache.

El duende suspiró tiernamente y se aproximó a la cabecera de la cama, a la cabeza de Clara. Cuando estuvo a su misma altura se quedó embobado viendo a la niña respirar rítmicamente. Con una de sus nudosas manos le apartó un rizo que le caía sobre la cara, se acercó y le dio un tímido beso en la mejilla. El duende no se demoró más rato, le colocó a Clara bien la manta y descendió hasta el suelo una vez más. Una última mirada con sus ojillos brillantes le bastó como despedida antes de abandonar el dormitorio de la niña. Justo cuando el duende volvía a salir a la negra noche, Clara se despertaba en su cama y respiraba el familiar olor a tierra húmeda que siempre olía por las noches, después volvía a cerrar los ojos sintiéndose protegida y feliz.

DOS REVÓLVERES (IV)

Publicado: 28 junio, 2013 en Relatos
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PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

El saloon El Oeste estaba situado en la avenida principal de Nuevo Pico. Era uno de los muchos pueblos que se habían fundado como lógica consecuencia de la exploración al norte del río Cristal. Se llamaba Nuevo Pico aunque, en realidad, no había un Viejo Pico. Al parecer, el adjetivo “nuevo” provocaba en la gente un sentimiento positivo, era una cuestión de integración. Nuevo Pico no era demasiado grande, los edificios principales se agolpaban a ambos lados de una recta avenida que atravesaba todo el poblado, el resto de viviendas y negocios más oscuros se extendían a las espaldas de las edificaciones importantes. El Oeste era el lugar al que uno acudía si buscaba alcohol barato o putas, era un local esencial.

Esa mañana, la embarrada calle no estaba muy transitada y apenas diez personas pasaban frente al Oeste cuando, después de oírse varios disparos, la ventana del segundo piso estalló lanzando una lluvia de cristales a la avenida. Se oía un gran revuelto en el interior del bar y una voz femenina destacaba entre todas las demás. Por el hueco de la ventana asomó la inconfundible cabeza calva de Braulio el Rojo que, empuñando su revólver, consiguió sacar el cuerpo hasta el tejadillo que rodeaba el edificio. Los bordes de la ventana tenían restos de cristal y, al salir, Braulio se hizo un profundo corte en la espalda.

Tomás Pistola pesada aguardaba en el interior del dormitorio del Rojo y escuchaba perfectamente los pasos de los perseguidores que subían desde el piso inferior. Vio a Braulio salir y sonrió con malicia cuando éste gritó de dolor por el corte que se había hecho en la espalda. Entre seguir a su enemigo o enfrentarse a los desconocidos, Tom escogió la primera opción y siguió a Braulio hasta el tejadillo. El Rojo no estaba dispuesto a esperarlo y ya se encaminaba hacia el tejado del edificio colindante. Pistola pesada, en vez de ir tras él inmediatamente, arrancó un largo trozo de cristal y se colocó a un lado de la ventana esperando. No pasaron ni treinta segundos cuando uno de los perseguidores apareció por el hueco que daba al tejado. Tom se movió como un relámpago y clavó en el cuello del atacante su improvisado cuchillo. El hombre herido intentó decir algo pero de su boca sólo salió sangre. Tomás se apresuró a alcanzar a Braulio que, herido como estaba, no le había sacado mucha ventaja.

La tosca avenida de Nuevo Pico se había llenado de curiosos que, atraídos por el jaleo, habían acudido en busca de un buen espectáculo. Pistola pesada miró a la calle y vio como un grupo de perseguidores salía del bar y preparaban sus armas. Un rápido vistazo le bastó a Tom para ver las caras de los pistoleros, estaban allí Guillermo el Gordo, Basilio, otro del que no recordaba el nombre y Luis Sonrisas. Eran los hombres del Rojo pero, ¿por qué atacaban a su jefe? No pudo darle más vueltas al enigma porque una andanada de disparos pasó a su lado astillando la fachada del Oeste. Saltó al edificio donde se encontraba Braulio y ambos hombres se enfrentaron visualmente sabiendo que no podían confiar el uno en el otro. Una nueva ráfaga de balas silbó sobre sus cabezas y les hizo ponerse en marcha. Giraron y se dirigieron a la zona judía de Nuevo Pico, un laberinto de casuchas y callejones sin salida que comenzaba en la parte trasera del Oeste. Afortunadamente los tejados estaban muy juntos y la mayor parte de las veces no les hacía falta ni saltar, les bastaba con alargar la zancada y vigilar bien dónde pisaban.

No tardaron en aumentar la distancia con sus perseguidores, ya no escuchaban disparos ni gritos. Tom estaba a punto de preguntarle al Rojo por el próximo paso cuando, al pisar un techo de madera, el suelo se hundió bajo sus pies y ambos fugitivos cayeron dentro de una de las muchas casuchas en la zona judía de Nuevo Pico.

Continuará.

FINAL FELIZ

Publicado: 26 junio, 2013 en Relatos
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La gente chocaba entre sí tratando de abandonar el salón del banquete. No les importaba a quién se llevaban por delante o de quién era la mano que acababan de pisar, huían y lo único que contaba era encontrar la salida. Diana era la única persona que seguía sentada, no en su sitio ya que ahora estaba en la mesa de los novios, pero sentada y tranquila. No tenía miedo, ¿de qué?, pero sí que le rugían las tripas por el hambre. Recorrió con la mirada la hilera de platos que tenía enfrente y se centró en el magret de pato. Se sirvió una generosa ración y regó la carne con una densa salsa de frambuesas, el estómago le daba saltos y su boca ya preparaba la saliva necesaria para degustar el plato.

Mientras comía, la sala se vació del todo. Se respiraba paz y Diana estaba feliz como no lo había estado desde… no se acordaba desde cuando. La verdad es que cuando Mario la dejó por su nueva novia, se había hundido en la miseria y no había sido capaz de levantar cabeza. Habían pasado juntos los últimos siete años, haciendo planes y pensando en el futuro, no entendía qué había visto en esa otra fulana para echarlo todo por tierra. Diana sonrió al pensar en Laura y sus grandes tetas, seguro que era eso lo que había llamado su atención.

Diana rebañó la salsa del plato hasta que quedó como recién salido del lavavajillas. Se había quedado totalmente satisfecha, lo único que echaba de menos era fumarse un cigarrillo. ¿Y si…? Total, no había nadie, no le iban a decir nada. Sacó un paquete de tabaco y se llevó un cigarro a la boca, dudó una vez más y se decidió a encenderlo. ¡Qué bien se sentía!

Los últimos meses de dolor e inseguridad parecían muy lejanos en ese momento. En esa mesa estaba en paz, feliz y satisfecha, estados de ánimo que había perdido cuando le llegó la invitación a la boda de Mario. Se había llegado a autolesionar en el arrebato de rabia que le entró y que sufrieron tanto familiares como muebles. ¿Por qué la invitaba? ¿Quería terminar de destruirla, de romperle el alma? Pues Diana no pensaba quedarse en casa y darles ese gusto a los recién prometidos. Había decidido acudir y demostrarle a Mario que había nacido una nueva Diana que era capaz de poner orden en su vida.

El cigarro se consumió mientras Diana rememoraba esos días difíciles que la habían llevado a ese momento. Sí, había merecido la pena. Apagó la colilla en la salsa de frambuesa y se limpió la comisura de los labios con una elegante servilleta de tela, acto seguido, se levantó y, tratando de no pisar la sangre, sorteó los cuerpos sin vida de Mario y su esposa Laura. Se detuvo un momento a mirarlos, ambos tenían los ojos todavía abiertos por la sorpresa y sendos agujeros de bala en la cabeza. Sí, pensó Diana, lo cierto es que hacían buena pareja.

ARTEMISA (IV)

Publicado: 25 junio, 2013 en Relatos
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PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

Julia seguía oculta en el aparcamiento del hospital de la Santísima Trinidad. Llevaba varias horas escondida entre dos coches, vestida con la bata de hospital verde pálido, sus zapatillas Nike y releyendo una y otra vez la carta del doctor Smithson. El corazón le había dado un vuelco al ver la letra de su querido Isaac y, por un momento, había albergado esperanzas de que todo hubiera sido un error o un mal sueño. La realidad era la que era, él estaba muerto y ella sólo contaba con un trozo de papel escrito hacía meses para tratar de salvar el proyecto.

Había llorado, claro, había llorado hasta tener los ojos secos, pero lo peor era saber que Isaac estaba mejor preparado que ella aún estando muerto. La misiva en sí no tenía mucho escrito. En ella, el doctor Smithson explicaba que esa carta era un envío programado, su plan de contingencia alternativo, para ayudarla a sobrevivir. Isaac había previsto su más que posible muerte y había tomado medidas para poder guiar a Julia si ésta se producía. Había pensado en todo y la doctora Murillo lo odiaba por ello.

La noche había llegado por fin a Salamanca y Julia asomó la cabeza por entre los vehículos. Se incorporó y miró a través de la ventanilla del viejo Seat que tenía a su lado, no vio a nadie en el aparcamiento. Se deslizó hacia la salida ocultándose detrás de cada coche hasta que llegó a la rampa que conectaba con la calle principal. Una corriente de aire helado le llegó desde el exterior haciendo que un escalofrío recorriera toda su espalda. Se intentó cubrir con la pobre bata mientras dudaba del siguiente paso a dar, sabía que había mucha gente buscándola, pero no tenía otra opción, debía abandonar el hospital. Intentó subir agachada pero las múltiples heridas, frutos de la explosión, le aguijonearon todo el cuerpo con intensas punzadas de dolor. Se inclinó y se apoyó en las rodillas mientras unos puntos rojos aparecían en su bata de hospital. No le quedó más remedio que caminar erguida por la cuesta sabiendo que atraería cualquier mirada. Por un momento creyó escuchar voces y se detuvo con los cinco sentidos en estado de alerta. Esperó unos pocos segundos que le parecieron horas hasta que estuvo segura de que estaba sola y, después de susurrarse palabras de aliento, prosiguió el ascenso. Metro a metro, palmo a palmo, alcanzó la calle y se le cayó el alma a los pies. La actividad en la puerta del hospital era febril, decenas de personas repartían instrucciones y acosaban a cualquiera que intentara salir o entrar al recinto. Julia sabía que la buscaban a ella, iba a ser imposible salir de allí.

La cabeza de la doctora trabajaba a contrarreloj tratando de idear un plan factible. Frente al hospital discurría una ancha avenida que, a esas horas, todavía tenía bastante tráfico. De no haber estado herida, Julia sabía que habría podido cruzar la calzada corriendo antes de que nadie se diera cuenta. El problema radicaba en que, en su lamentable estado, era más que probable que acabara atropellada por una furgoneta. La impotencia hacía mella en la entereza de la doctora que ya dudaba de la importancia de su misión. Sacudió la cabeza tratando de ahuyentar esos pensamientos pues era perfectamente consciente de lo mucho que importaba el proyecto Artemisa, el futuro de la humanidad pendía de un hilo.

Cerró los ojos y trató de serenarse. ¿Qué habría hecho Isaac si se hubiera visto en esa situación? La pregunta quedó sin respuesta y Julia no pudo evitar recordar a su añorado compañero. Pensaba en su pelo negro veteado de canas, en la mancha de nacimiento con forma de corbata que tenía en la sien, en su valentía, su paciencia… ¡Paciencia! Julia pensó en lo diferentes que habían sido siempre y en cómo sus caracteres chocaban día sí y día también. Ella era un culo inquieto, no podía parar de experimentar y rara vez se detenía a reflexionar en posibles alternativas a un problema. Isaac, por el contrario, meditaba todas las variables y no dudaba un segundo si había que retroceder un paso para ver las cosas con perspectiva. El doctor Smithson habría optado por volver a la seguridad del aparcamiento y, una vez allí, esperar a que las cosas se calmaran lo suficiente como para intentar huir. Eso es lo que habría hecho Isaac y Julia comenzó a descender por la rampa sintiéndose más tranquila y confiada.

Se encontraba a mitad de camino cuando escuchó ruidos y voces que venían del aparcamiento. Gracias a la acústica del lugar, Julia podía oír las conversaciones como si estuvieran teniendo lugar a escasos metros.

—Entre los coches, buscad entre los coches —dijo una voz grave y masculina.

El instinto de Julia hizo que la primera reacción de ésta fuera girarse rápidamente para volver a subir la rampa. Un grito de dolor se escapó de sus labios cuando las heridas se abrieron más con el brusco movimiento.

—¡Fuera, mirad fuera! —ordenó la autoritaria voz.

El ruido de pasos creció y la doctora Murillo tuvo que sacar fuerzas para arrastrarse cuesta arriba pese a los terribles dolores. Acababa de llegar a lo alto cuando, de la entrada del aparcamiento, surgió el grupo perseguidor encabezado por un esquelético hombre trajeado que parecía ser el líder. El desconocido la señalaba mientras hablaba por un walkie talkie que sujetaba con la mano libre. Julia se incorporó como pudo dejando ver los surcos de sangre que manchaban su bata, se sentía mareada y algo desorientada. Miró hacia la puerta principal del hospital y vio que toda la gente que antes abarrotaba el lugar corría hacia donde ella se encontraba. Con un grupo  de perseguidores subiendo desde el parking y el otro llegando desde el hospital, a Julia sólo le quedaba una opción suicida: atravesar a la carrera la calle.

Julia dio un par de pasos temblorosos antes de atreverse con un ritmo más elevado y se dirigió hacia los coches mientras un grupo de veinte personas le pisaba los talones. Esquivó un coche a costa de abrir más sus heridas, alcanzó a duras penas el centro de la avenida y allí las fuerzas la abandonaron. Cayó de rodillas en mitad del carril mientras lloraba de impotencia y dolor. El esquelético perseguidor había alcanzado la acera y una mueca triunfal se dibujaba en su angulosa cara, era la sonrisa del cazador que sabe que la presa está abatida.

La doctora Murillo alzó la vista y vio las dos luces de un coche que se acercaba a toda velocidad sin dar señales de haberla visto. Julia cerró los ojos dispuesta a aceptar su destino, pero escuchó un frenazo y el ruido de una puerta abrirse.

—¡Julia, sube, joder! —Dijo una voz que para nada le resultaba familiar.

Julia se atrevió a abrir los ojos y vio a un atractivo hombre que le hacía señas desde el interior de un todoterreno. Aunque el rostro le parecía familiar, la doctora estaba segura de que no lo había visto en la vida. Estaba a punto de girarse cuando, por casualidad, vio que el desconocido tenía una curiosa marca de nacimiento con forma de corbata en la sien. Julia, rozando la inconsciencia, subió al coche con la ayuda del hombre que la acomodó en el asiento delantero tratando de evitar agravar más las heridas de la mujer. El motor del todoterreno rugió y la doctora Murillo huyó rescatada por el recuerdo de Isaac Smithson.

DOS REVÓLVERES (III)

Publicado: 21 junio, 2013 en Relatos
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PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

La puerta se abrió y un haz de luz partió la oscuridad que había en la habitación de Braulio. El Rojo dormía a pierna suelta y lanzaba sonoros ronquidos que amortiguaban cualquier ruido que hicieran los conspiradores. Tom fue el primero en entrar llevando el alambre extendido y en tensión. Se giró hacia la puerta y vio que Jasón dudaba. Le hizo un gesto apremiante con la cabeza, pero el camarero se resistía a entrar en el dormitorio, estaba muerto de miedo. Pistola pesada retrocedió y agarró a Jasón por la pechera de la camisa mientras le dedicaba una furibunda mirada que lo decía todo. Esta vez, la perspectiva de atentar contra Braulio lo intimidó más que el propio Tomás y, empujando a éste, se libró de la presa y salió corriendo escalera abajo.

Tom desechó cualquier idea de abandonar el plan, lo haría él solo, no necesitaba la ayuda del cobarde de Jasón. Volvió a entrar en la habitación menos confiado que antes y se colocó junto al catre en el que Braulio seguía durmiendo. Comprobó una vez más la fortaleza del cable y sonrío, todo acabaría en pocos minutos.

—Adiós, viejo, has sido un verdadero dolor en los cojones.— Susurró Tom con una media sonrisa.

Pese a que su voz era apenas perceptible, Braulio se despertó y clavó su mirada en la de Tomás, completamente consciente de lo que estaba sucediendo. Pistola pesada reaccionó al instante y bajó las manos para estrangular a su jefe con el alambre. El cuello del Rojo se hinchó intentando llevar aire a sus pulmones, pero la presión que ejercía Tom era proporcional al odio que profesaba a su jefe. Braulio no se rendía y, pese a estar en clara desventaja, peleaba y arañaba el rostro de su atacante tratando de liberarse de una muerte cercana. Tomás se vio sorprendido por la feroz resistencia con la que se había encontrado y maldijo a Jasón por haberse echado atrás y no estar ahí sujetando al viejo.

La lucha se prolongaba, pero los golpes de Braulio cada vez eran más débiles y faltos de puntería, el fin estaba cerca. Inmerso como estaba Tomás en su tarea, no escuchó los ruidos que provenían de la planta baja.  La puerta se abrió de golpe y se oyó una detonación. Por suerte para Pistola pesada, la oscuridad jugó a su favor y el tirador no fue capaz de apuntar, pero, distraído como estaba, no pudo evitar que el Rojo se librara del alambre y lo tirara al suelo.

Tom sabía que no tenía ninguna oportunidad frente a dos oponentes, no podría disparar a ambos antes de que cualquiera de ellos se abalanzara sobre él. Estaba valorando sus opciones cuando por poco se le cayó la pistola de la sorpresa. El pistolero de la puerta disparaba ahora a Braulio y éste se parapetaba detrás de la cama. Los sucesivos disparos astillaron los muebles y mantuvieron al Rojo a la defensiva hasta que, finalmente, el atacante tuvo que parar a recargar y fue entonces cuando Braulio sacó su revólver y le metió una bala en la cabeza.

Tom odiaba admitirlo, pero su jefe era mucho mejor tirador que él y para su consternación ahora le apuntaba con su arma. El Rojo no se molestó en decir nada, se masajeó el cuello y amartilló la pistola. Tomás cerró los ojos y esperó, pero el único ruido que escuchó fue el de más pasos y voces que subían por las escaleras.

—¡Están los dos dentro, aseguraos de que no sale ninguno vivo!— Dijo una autoritaria voz femenina.

El Rojo dudó un momento, apuntó con el revólver a la ventana y disparó a ésta haciéndola añicos para después pasar por ella y salir al tejado. Los pasos se acercaban y, fueran quienes fueran, estaba claro que no venían a hacer amigos. Pistola pesada, práctico como él era, tomó la decisión que le parecía menos peligrosa y siguió a Braulio en su huida por el tejado de El Oeste mientras los perseguidores le pisaban los talones.

 

Continuará.

LA VISITA

Publicado: 20 junio, 2013 en Relatos
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Blas, frente al espejo de su despacho, luchaba por colocar en su sitio un mechón de pelo que sobresalía de entre los demás. Pasaba su mano por encima del cabello rebelde, pero, cuando la retiraba, volvía a erguirse desafiando las leyes mismas de la gravedad. Blas estaba nervioso y su miraba viajaba del espejo a la puerta y de la puerta al espejo, la visita le había sorprendido y apenas tenía tiempo para adecentarse.

Renunció a colocar en su sitio el mechón y se concentró en poner orden en su escritorio, una mesa colonial de roble de gran valor. Estaba sepultada bajo pilas y pilas de papeles que Blas, en su característico desorden, acumulaba conforme iba recopilando nuevos datos en su investigación. Blas sólo tenía cuarenta años y ya estaba trabajando en su tercera novela, un relato histórico muy ambicioso que requería estudiar metódicamente y coleccionar ingentes montañas de documentación. Resultaba paradójico que el personaje protagonista de su libro estuviera basado en Sofía, la mujer que en ese momento llamaba respetuosamente a su puerta.

Blas dio los últimos retoques al escritorio y se alisó como pudo la camisa, no podía hacer más. Alcanzó la puerta, respiró hondo y la abrió sin la más mínima idea de lo que iba a encontrarse al otro lado. La imagen de Sofía lo dejó sin habla. Seguía teniendo ese espeso pelo negro, esos ojos grises que quitaban el sueño y esa boca pequeña que ocultaba una dentadura perfecta. Seguía siendo la misma, pero era otra persona totalmente diferente. Sofía se acercó y le dio dos besos, como si no hubieran pasado los últimos veintitrés años sin verse ni hablar el uno con el otro.

Blas se hizo a un lado y señaló una butaca hacia la que Sofía se encaminó. Una vez estuvieron sentados frente a frente, el escritor examinó más detenidamente a su amiga de la infancia. No estaba seguro de qué era lo que había cambiado, entonces recordó su sonrisa, la que esgrimía siempre que jugaban a darse besos. Esa sonrisa había desaparecido totalmente de su rostro y había sido reemplazada por una honda tristeza.

Sofía aguantó el escrutinio al que era sometida y sólo cuando vio que Blas se daba por satisfecho rompió el tenso silencio.

—Te veo bien.— Dijo con la misma voz con la que se habían dicho adiós cuando tenían diecisiete años.

—Con estas pintas… Tú estás igual, Sofía. Perdona el desorden pero no esperaba tu visita.— Contestó Blas, tratando de evitar que su preocupación se trasladase a sus palabras.

—Yo tampoco esperaba venir. Pero quería verte, necesitaba verte.—

La afirmación tan directa descolocó por completo a Blas que, incómodo como no lo había estado en años, trató de suavizar el tema.

—Una sorpresa bien recibida, siempre hace ilusión ver a una amiga.—

Sofía se levantó de la butaca y se acercó hasta Blas. Él trató de decir algo pero ella le tapó la boca con el dedo índice a la vez que se aproximaba a su boca. Sus labios se juntaron y la mente de Blas se llenó con recuerdos de hacía veintitrés años. Se vio a sí mismo besando a la Sofía de su juventud, se recordó abrazado a ella en la cama, unidos por el amor y la pasión que habían descubierto el uno en el otro. En los pocos segundos que duró el beso, Blas volvió a ser tan feliz como lo fue al lado de la única mujer que había amado, pero entonces terminó y volvió a su despacho lleno de papeles.

Ninguno de los dos dijo nada. Blas sabía que ése había sido un beso de despedida, no entendía por qué, pero así lo sentía. Temía que, de decir algo, Sofía se esfumara como un sueño que tratas de recordar al despertar. Se miraron a los ojos, marrones los de él y grises los de ella, durante un instante eterno hasta que Blas alargó la mano y Sofía se apartó de él. El instante mágico que habían compartido se había roto. Sofía caminó hasta la puerta sin que Blas hiciera nada por detenerla, se giró y le dedicó su sonrisa más perfecta.

—Gracias, Blas.—

Blas se quedó mirando la puerta en la que hacía un momento había estado Sofía. Se quedó mirando sin saber que a la mañana siguiente recibiría una llamada en la que le dirían que su amiga se había suicidado esa misma noche y que había dejado una carta a su nombre. Se quedó mirando sin saber que, en esa carta, Sofía se disculpaba por haberle roto el corazón. Se quedó mirando sin saber todo eso y no le hacía falta saberlo porque, durante unos minutos, ese día había sido feliz de nuevo.

ARTEMISA (III)

Publicado: 18 junio, 2013 en Relatos
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PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

Pitidos. Ruido de pasos. Silencio, un silencio opresivo y pegajoso. Una imagen borrosa, de una persona con traje, ¿o es un uniforme? Silencio. Voces, palabras sueltas, explosión, gas, peligrosa… Un tirón y, de nuevo, silencio.

El pitido del aparato que monitoreaba el pulso de Julia era el único sonido que se escuchaba en la habitación. Era un cuarto de hospital como cualquier otro: tenía sus muebles asépticos, su dispensador de desinfectante en la pared, y su inmensa cama de hospital entre dos cortinas. En ese colchón estaba postrada la doctora Murillo, malherida y semiinconsciente. De su brazo derecho salían varios tubos que transportaban diferentes líquidos y sangre.

Una enfermera entró y se acercó hasta la cama de Julia para acomodarle la cabeza. El movimiento hizo que ésta entreabriera los ojos y mirara a su alrededor consciente como no había estado desde la explosión. Intentó hablar pero sólo le salió una especie de graznido. La enfermera se percató de que su paciente estaba despierta e, inmediatamente, le acercó un vaso de agua que Julia bebió con avidez.

—Despacio, despacio. Llevas puntos en el cuello.— Dijo la enfermera sujetando el vaso de agua.

—¿Cu…cuánto…cuánto tiempo…?— Jadeó Julia.

La enfermera reflexionó mientras contaba con los dedos.

—Cuatro días, sí, cuatro días hacen hoy. Te has salvado de milagro, ¿sabes?—

Julia paró de beber y dejó caer su cabeza sobre la almohada. Habían pasado cuatro días, ya no tenía la ventaja con la que contaba, se había creído muy lista, demasiado. Todo lo que necesitaba estaba en su piso, todo lo que Isaac se había empeñado en que tuviera, como “plan de contigencia” según decía él. Le dolía la cabeza como si la tuviera rota por mil sitios, era incapaz de pensar con claridad y una sola idea ocupaba su mente: salir de ahí.

La doctora Murillo intentó incorporarse en la cama y enseguida se dio cuenta de su error. Parecía que con cada movimiento, por pequeño que fuera, alguien la acuchillara por todo el cuerpo. Era insoportable pero tenía que conseguirlo. Trató de levantarse de nuevo, pero la enfermera la sujetó con dulzura y la obligó a recostarse.

—No podrás moverte hasta dentro de un par de semanas, cariño. Toma, bebe más agua.— Le dijo acercándole de nuevo el vaso.

Julia lo rechazó como pudo.

—No, no lo entiendes… El proyecto…está en peligro.—

La enfermera la miró convencida de que la mujer estaba delirando. Era normal después de varios días recibiendo el cóctel de analgésicos que le habían administrado. Dejó el vaso en la mesa y puso su mano sobre la de Julia.

—Mira, será mejor que avise al doctor de que te has despertado, querrá hacerte unas preguntas.— Aseveró y se encaminó hacia la puerta.

Julia sabía lo que significaban esas preguntas. Había sobrevivido a una explosión intencionada y la policía querría despejar algunos interrogantes. Eso, o los agentes querían terminar el trabajo. No podía quedarse en el hospital, pero tampoco tenía dónde ir. Paso a paso, pensó, primero llegar a la calle y después ya pensaré algo.

Se incorporó de nuevo reflejando el dolor en su cara. Era un esfuerzo titánico y tenía que agarrarse a las cortinas para poder levantarse. Consiguió mover las piernas hasta el borde de la cama y se detuvo ahí, sentada sin soltar la cortina. Se sentía mejor después del doloroso trance pero, en ese momento, la cortina cedió por el peso y se desenganchó de la barra. Al verse sin asidero, Julia perdió el equilibrio y cayó al suelo de la habitación, arrancándose en la caída todas las vías que llevaba en el brazo. Tuvo que morderse el labio para no gritar y estuvo a punto de perder de nuevo la consciencia.

Esta vez se ayudó del monitor para levantarse y no se detuvo ni para mirar las heridas que se había hecho y que no dejaban de sangrar. Una vez estuvo de pie, se serenó y trató de evaluar los daños que había sufrido. Al margen de los cortes en el brazo, parecía que la caída no había agravado su ya lamentable situación. Recogió la cortina del suelo y se la enroscó en el antebrazo para detener la hemorragia, era un remedio provisional, tendría que servir.

Junto al monitor había una silla y una mesa. En ésta última había un sobre y lo que parecía la cartera de Julia. En la silla estaba lo que había quedado de sus ropas. Los pantalones y la camisa estaban destrozados, pero las zapatillas Nike parecían en buen estado. Sin dudarlo ni un segundo, cogió las deportivas y lo que había en la mesa y cojeó hasta la puerta de la habitación. Asomó la cabeza y, para su alivio, comprobó que el pasillo estaba desierto, debía ser de noche. Julia se deslizó hasta el ascensor sin hacer ruido y pulsó el botón del parking.

Minutos más tarde, la doctora Murillo se escondía entre dos coches y se dejaba caer pesadamente en el sucio suelo. Necesitaba recuperar el aliento y planear su siguiente paso, así que aprovechó para analizar más detenidamente las cosas que había sacado de la habitación. Sus Nike estaban irreconocibles por la suciedad pero, al margen de eso, podían cumplir con su cometido. La cartera la desechó nada más abrirla y ver el lamentable estado de su contenido, le quedaba el sobre que, sin saber por qué, había considerado suficientemente importante como para llevarlo consigo. En el envoltorio estaba escrito: “Julia Murillo, Hospital de la Santísima Trinidad, habitación 504”. Quién fuera el que lo había entregado estaba muy bien informado. Julia lo abrió y se encontró un folio en el que había apenas un párrafo escrito. La cara de la doctora se transformó cuando reconoció la horrible caligrafía de Isaac Smithson.

Continuará…

DOS REVÓLVERES (II)

Publicado: 14 junio, 2013 en Relatos
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¿AÚN NO HAS LEÍDO LA PRIMERA PARTE?

saloon

Braulio, El Rojo, estaba apoyado en la barandilla de madera fumando un cigarrillo con parsimonia. Desde donde estaba podía ver toda la planta baja del bar con sus mesas desvencijadas y su barra desgastada. El Rojo debía su apodo al color de su pelo, aunque nadie lo diría ya que hacía varios años que lo había perdido todo. Su cara estaba curtida por el sol, como cuero viejo, y en ella destacaban dos ojos azules que, cuando te miraban, parecían ver lo que realmente pasaba por tu cabeza. Nada se le escapaba a Braulio que, al igual que una araña, tejía su intrincada red desde el centro de su pequeño reino: el bar Oeste.

Desde su privilegiado punto de vista, El Rojo vio entrar a Tomás “Pistola pesada”, llamado así por un lejano incidente en el que Tomás desenfundó tan despacio que recibió tres disparos antes de sacar su arma. Una vez en el suelo, mientras perdía sangre por sus tres heridas, sacó fuerzas para levantar el revólver y acertarle a su rival entre ceja y ceja. Tom se había ganado el mote y, después de un par de meses recuperándose, un puesto en la organización de El Rojo. En la actualidad, Pistola pesada era la mano derecha de Braulio y esa mañana volvía de haber enterrado a la última víctima que se había negado a pagar.

Tom miró de reojo a la barandilla desde la que sabía que El Rojo observaba la escena. Intentando aparentar normalidad, se acercó hasta la barra y se apoyó ocultando su cara bajo el sombrero. Pasaron unos minutos antes de que Braulio decidiera volver a la habitación que usaba a modo de despacho, un cuartucho que antes servía como almacén. Allí tenía un catre y El Rojo se tumbó dispuesto a dormir un par de horas, sabía que nadie vendría a El Oeste hasta el medio día.

En cuanto escucho el ruido de la puerta cerrarse, Tomás se relajó a ojos vista. Le hizo un gesto a Jasón, el barman, para que se acercara.

—¿Vas a hacerlo ahora, Tom?— Preguntó el esquelético camarero entre susurros.

—¿Voy? Dirás vamos, imbécil, estás tan metido en esto como lo estoy yo. Dame el alambre.

Jasón sacó un alambre de entre las botellas de licor y se lo pasó a Tom, le temblaba el pulso. Pistola pesada vio el temblor y lo atajó sujetando con fuerza la muñeca del barman mientras lo miraba a los ojos con fiereza.

—Asegúrate de que no te tiemblen las manos cuando sujetes al Rojo—

La pareja de conspiradores subió en silencio hasta la primera planta y caminaron hasta colocarse frente a la puerta que daba al despacho de Braulio. Tomás agarró con ambas manos el alambre y lo tensó probando su resistencia. Cuando estuvo contento con sus ensayos, le hizo un gesto con la cabeza a Jasón y éste abrió con cuidado la puerta para que Tom entrara a cometer el asesinato.

 

Continuará.