¿Por qué vuelves? Pensaba que nos habíamos dado una tregua, una pausa para curar viejas heridas y seguir avanzando. Yo cumplí con mi parte, pero tú vuelves a mi cabeza y me doy cuenta de que, en realidad, no te has marchado nunca, de que me engañaste cuando me hiciste creer que te había olvidado. Al parecer no se trata de una recta sino de un círculo, cuanto más avanzo para alejarme de ti más se acerca mi mente a tu recuerdo. Me muevo y cambio, lo único que no cambia es esa habitación que tienes reservada en mi cabeza. Siguen los mismos muebles, la misma iluminación, sigo viendo ese vaso lleno de agua, sigue Michelle mirándome con una sonrisa y sigues tú, siempre tú. Y no puedo alquilar ese cuarto porque el precio es demasiado alto. Entonces me rompo y no sé qué camino seguir, acabo volviendo a la primera casilla de este tablero lleno de trampas. Y cuando más entero estoy, vuelves. Tu imagen vuelve a mí como un boomerang lanzado a traición y me golpea antes de que pueda atraparlo. Pero ¿sabes qué? Que me alegro de que sea así. Me alegro porque sé que no puedo olvidarte, no quiero hacerlo. Me alegro porque cada vez que vuelves me doy cuenta de todo lo que aprendí de ti, de todo lo que aprendí contigo y de todo lo que he aprendido de mí mismo. Me alegra que tengas ese hueco en mi corazón porque es donde tienes que estar. Me alegra porque soy un tonto con esperanzas y nunca dejaré de esperar el día que sea capaz de mirarte a los ojos y llamarte “amiga”.

Te quiero.

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Pido disculpas por tener abandonado el blog. No es que me haya olvidado de él, es que ahora mismo los compromisos son muchos y el tiempo restante escaso. Prometo retomarlo cuanto antes, que también echo de menos pasar más a menudo por aquí.

¡Paciencia!

Minientrada  —  Publicado: 8 octubre, 2013 en Relatos

Ohjra-Rro (I)

Publicado: 24 septiembre, 2013 en Relatos
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Comienzo aquí un nuevo relato en serie (sí, soy consciente de que tengo más de una entrega pendiente de Artemisa, en breves la tendréis) en el que voy a tratar de explorar un género que me apasiona y que encuentro muy difícil de manejar: la fantasía. Me lo voy a tomar con calma, sin demasiada ambición, va a ser un ejercicio de mejora así que espero que perdonéis los muchos fallos y meteduras de pata que cometa. Ni qué decir tiene que las críticas son siempre bien recibidas y que me ayudan a seguir aprendiendo y mejorando. Sin más preámbulos os dejo con la primera entrega de Ohjra-Rro.

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Nadie en el mundo manejaba con tanta pericia letal la Ohjra como los habitantes del Desfiladero Azul. El arma, a medio camino entre un sable y una navaja común, parecía bailar en la mano de los mortales guerreros del clan mientras la utilizaban como una prolongación natural de su cuerpo. Llevaba casi dos décadas el transitar todo el camino del Ohjra-Rro, el camino del guerrero, y no todos los que lo empezaban sobrevivían al aprendizaje. Ser un guerrero del clan era un gran honor, si, pero era ante todo un sacrificio.

Tuch acababa de cumplir diez años y ante él se abrían las dos posibilidades que todo joven Cli-Ne se encontraba al alcanzar la primera década de vida. Al convertirse en miembro de pleno derecho del clan, un Cli-Ne decidía entre dos caminos: por un lado podía tratar de convertirse en un Ohjra-Rro, con todos los riesgos que ello conllevaba, o podía centrarse en las tareas de gestión y gobierno, ser un Birn-Teh. En el clan no había nadie mejor que nadie.

El día empezó como otro cualquiera, como si el universo no se hubiera dado cuenta de lo especial que era aquel momento para Tuch. El joven tuvo un agrio despertar cuando sus dos hermanos mayores, Trogh y Triveth, vaciaron sobre él un cubo lleno de agua helada. Tuch saltó del camastro de paja en el que dormía y trató de vengarse de sus hermanos en vano, ya que ambos eran mucho más corpulentos y contaban con casi siete años de entrenamiento de Ohjra-Rro. No, el pequeño Tuch no podía hacer nada más que no fuera gritar y agitar el puño amenazadoramente. Después de que Trogh y Triveth se hubieron divertido lo suficiente, abrazaron con fuerza a su hermano y le ayudaron a vestirse con las tradicionales ropas ceremoniales que Tuch vestiría por primera y última vez a lo largo de aquel día.

El hogar en el que vivían los tres hermanos estaba más vacío de lo que lo había estado en el pasado. Memh, la madre, había muerto al dar a luz a Tritah, una niña enfermiza que falleció también a la temprana edad de cinco años. Mitboh, el cabeza de familia, era un respetado Ohjra-Rro y como tal pasaba largas temporadas fuera del poblado, protegiéndolo de las peligrosas incursiones que los Hombres Gusano, ancestrales enemigos, llevaban a cabo de cuando en cuando. Era una vida solitaria, pero los tres jóvenes se apoyaban mutuamente y se daban todo el afecto que no podían conseguir por las vías habituales. Esa mañana, Tuch echó de menos la reconfortante presencia de su madre, quizás ella lo habría ayudado a elegir qué camino tomar. Ohjra-Rro o Birn-Teh, Tuch no lo tenía nada claro.

TUMBA FRIA

Publicado: 14 septiembre, 2013 en Relatos
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Susana apretó los puños en el interior de los bolsillos de su abrigo negro. Era marzo, pero el frío que sentía parecía venir del más crudo de los diciembres. Carraspeó y frente a ella se formaron volutas de vaho que se disolvieron inmediatamente en el frío de la mañana. Sonó un trueno lejano, amenazaba tormenta.

La pequeña sección del cementerio en la que se encontraban estaba casi desierta. Además de Susana, otras cuatro personas vestidas con riguroso luto observaban la fosa que se abría frente a ellos y el destartalado ataúd que en ella estaban introduciendo dos fornidos enterradores. El sacerdote repetía con más resignación que entrega una letanía en latín mientras observaba de cuando en cuando su reloj de pulsera. Susana no pasó por alto la poca implicación del religioso, ya se encargaría de ese asunto más tarde. Otro trueno, esta vez más cercano, rompió el silencio de aquella tranquila mañana.

Susana trataba de entrar en calor pero le resultaba imposible ahuyentar el frío de su cuerpo, era una sensación gélida provocada por algo más que las condiciones meteorológicas. Una a una, las cuatro personas que asistían al entierro desfilaron frente a Susana y le dieron el pésame antes de marcharse. La joven no se dejó engañar por las aparentes muestras de dolor. No veía ojos rojos ni escuchaba voces temblorosas, no, a la única que le dolía todo aquello era a ella misma.

Cayó la primera gota de lluvia cuando Susana ya se encontraba sola frente a la tumba. La tormenta se desató y pronto se formaron turbios charcos alrededor de la mujer. Susana no se movió, no tenía a donde ir. Sus tacones se hundían en el barro de la misma forma que su vida se hundía en la negrura de la soledad. Una vez más, Susana lloró amargamente.

Una presencia tras ella la sacó de su sollozo mudo. Se giró con lentitud y se encontró con la inconfundible figura del agente Torres. Había abandonado su uniforme habitual y vestía un amplio abrigo de pana que le hacía parecer más corpulento de lo que ya de por sí era.

—Lo siento —dijo el policía sin tratar de añadir palabras innecesarias.

—Lo sé —respondió Susana.

No hacía falta decir más, no en esa ocasión. Estaban los tres: Susana, el agente Torres y el difunto Marcos. El policía pareció adivinar los pensamientos de Susana y dirigió una significativa mirada al lugar donde reposaban los restos de Marcos.

—Era o él o yo.

—Deberías haber sido tú —dijo Susana.

—Había matado, iba a matar. Era un asesino.

Susana calló un segundo, sabía todo respecto a los asesinatos de Marcos y se sentía asqueada por ellos. Asco, sí, pero no podía dejar de amar al hombre con el que había compartido tantos momentos de felicidad. Se odiaba a sí misma por su estupidez, por seguir queriéndolo, por llorar…

La lluvia seguía empapando el lugar ajena al enfrentamiento de voluntades que estaba teniendo lugar entre las lápidas. Mechones de pelo húmedo se pegaban a la cara de Susana mientras ésta trataba de asimilar los últimos acontecimientos. Relajó las manos en el interior de sus bolsillos y echó a andar hacia la salida. El agente Torres no se movió cuando Susana pasó a su lado.

—Susana… tu eras la siguiente —dijo sin poder mirarla a la cara.

La joven continuó andando y desapareció entre la bruma de la mañana. Sabía que era la próxima víctima, sabía que Marcos había planeado asesinarla y, pese a ello, seguía enamorada de ese monstruo. Sí, pensó, debería haber sido ella la que acabara bajo tierra aquel día. Una bala del agente Torres, una bala era la responsable de que ella siguiera viva. Ojalá supiera como agradecérselo, pero no, odiaba al policía, se odiaba a sí misma y, para su dolor, amaba a Marcos. Un trueno sonó en el corazón de Susana.

LA BRUJA

Publicado: 11 septiembre, 2013 en Relatos
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La bruja miró en el corazón del campesino y leyó su alma como si de un libro abierto se tratara. El joven no podía saberlo, ignoraba el poder de la hechicera, pero sus secretos más profundos se mostraban desnudos ante la poderosa mirada de la anciana. Había ido buscando respuestas pero sin confiar en obtenerlas. Era escéptico y, por lo general, sólo creía en aquello que podía ver y tocar.

El escrutinio duró lo que parecieron horas. Sólo se escuchaba el graznido de un cuervo y el sonido del viento al filtrarse por las rendijas de la choza. La cabaña en sí era un lugar mágico. Hoy estaba aquí, mañana allí y al día siguiente quizás no estaría ni aquí ni allí. Todo aquel que visitaba a la bruja lo hacía siguiendo el mismo camino: el sendero de la vida. Tarde o temprano, si el corazón se sentía preparado, el camino se materializaba bajo los pies del buscador y lo guiaba hasta las respuestas de la anciana. Respuestas era lo que todo el mundo buscaba, pero preguntas es lo que obtenía.

El campesino se amilanó a ojos vista, aquello no era para lo que había venido. De pronto, las barreras de su mente cedieron por completo y un torrente de emociones y pensamientos se mezclaron en su cabeza. Ideas felices, sueños, tristeza, nostalgia… Todos los sentimientos que hasta ese momento habían permanecido aislados se encontraron y convivieron en perfecta anarquía. La bruja cedió en su empuje y sonrió al ver que la mente del joven se quebraba en miles de millones de fragmentos. El campesino estaba roto.

El campesino abre los ojos, está solo en el claro de un bosque. No hay rastro de la bruja ni de su cabaña, ni siquiera se escucha el graznar del cuervo. Se levanta con las lágrimas todavía brotando de sus ojos apagados. Es la misma persona, pero a la vez es diferente. Está roto, no tiene respuestas, sólo un montón de preguntas. Vuelve a caminar por el sendero que lo ha traído hasta ahí, vuelve a recoger los pedazos de su mente y los junta de diferente forma a como estaban antes. Obtiene ahí su primera respuesta. El campesino sonríe y se despide mentalmente de la bruja, aunque sabe que tarde o temprano volverá a acudir a ella en busca de más… ¿respuestas?

Empieza un nuevo mes y, para mi sorpresa, sigo pendiente de este blog que nació por casualidad y sin una gran esperanza de vida. Estoy contento y orgulloso por seguir aquí, pero, sobre todo, estoy agradecido a todos los que os habéis pasado por la página y habéis leído y comentado mis relatos. Los ánimos y las críticas constructivas hacen que sea un placer publicar, gracias a todos.

Empieza un nuevo mes, como digo, y es momento de reactivar la maquinaria. El verano ha mermado la cantidad de publicaciones —soy consciente de ello—, pero voy a regresar a la escritura con más fuerzas y más cosas que contar. “Artemisa”, el relato más longevo del blog, volverá dentro de una semana, con nuevas revelaciones que espero os dejen con ganas de más. Es mi intención también el empezar un nuevo relato en serie de corte fantástico. Por lo demás, los relatos cortos y reflexiones seguirán teniendo la presencia habitual.

Septiembre se presenta movidito en lo personal, pero intentaré que no afecte a la regularidad del blog. Va a ser un mes de cambios, de aventura, de riesgos, de miedos, de luchas… Va a ser un mes que tendrá un papel protagonista en la construcción de mi futuro —o así lo espero yo—. Francamente, se me hace un nudo en el estómago sólo de pensar en lo que tengo por delante, me entran ganas de dar media vuelta y volver corriendo a mi mundo, pero no lo haré. Siempre hay tiempo para fracasar y volver a intentarlo.

Vuelvo a agradecer vuestro interés y espero cumplir con vuestras expectativas. Empieza una nueva etapa.

Con afecto,

El minero

TIC TAC

Publicado: 27 agosto, 2013 en Relatos
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Cuenta una historia que hace tiempo —mucho o poco depende de cada uno— existieron tres amigos inseparables. Seguramente estarás pensando en tres personas como tú y como yo, pero te equivocas. Estos tres amigos eran tres varillas de metal, eran las manecillas del primer reloj mecánico que se inventó.

El inventor que los creó vivía obsesionado con el paso del tiempo. Su mente estaba siempre recordando los maravillosos artefactos que ya había fabricado e imaginando los increíbles artilugios que estaban por venir. Rara vez disfrutaba el presente y vivía atormentado por este problema. Un día cogió un trozo de metal, le dio forma y lo cortó en tres pedazos. En el primer corte, el inventor tenía miedo de pasarse y que le saliera un trozo demasiado largo, como otros que había cortado hacía tiempo, así que obtuvo un fragmento muy pequeño al que llamó Nora. En el segundo quiso compensar su anterior fracaso, pensando en lo que dirían de él más adelante, pero acabó teniendo un pedazo muy largo al que llamó Gundo. La porción sobrante, la única de la que no se preocupó, resultó tener el tamaño justo que buscaba el inventor, a esta parte la llamó Tuto.

Nora, Gundo y Tuto se llevaron bien desde el primer momento —no es de extrañar siendo que habían formado parte del mismo metal— y cada uno encontró en los otros dos el mejor de los complementos. El inventor los puso juntos y colocó sobre ellos una cubierta de cristal para poder observarlos y que su mente se centrara en el presente. Los tres amigos estaban encantados con su trabajo, sólo tenían que avanzar juntos, dar vueltas y disfrutar de la compañía.

Pasaron los días, las semanas y los meses y todo funcionaba a las mil maravillas. El inventor se había centrado y le bastaba con mirar su reloj para pensar sólo en el ahora. Los tres amigos, por otra parte, cada vez se conocían mejor y vivían más felices.

Tuto, el más joven, era el que más disfrutaba del día a día. Le encantaban las historias que contaba Nora, siempre hablando de otras épocas lejanas, y dejaba volar su imaginación con las invenciones de Gundo, un genio a la hora de imaginar mundos futuristas poblados por extraños seres. A veces reía, a veces lloraba, pero nunca se aburría junto a sus dos amigos, nunca se sentía solo. Eran incontables las vueltas que habían dado pero, como eran inseparables, no pensaban nunca en ello.

Una mañana, en una vuelta como otra cualquiera, Nora comenzó a quedarse rezagada, a avanzar con más dificultad. Tuto y Gundo la miraron preocupados —era la primera vez que algo así sucedía— y le preguntaron si se encontraba bien.

—Echo de menos el lugar por el que hemos pasado, era más fácil avanzar, olía mejor y la luz que pasaba por el cristal creaba un arcoíris precioso —dijo Nora suspirando con nostalgia y mirando atrás.

De nada sirvió que Tuto y Gundo intentaran hacerla entrar en razón. Nora ya no disfrutaba tanto como en el pasado y pensaba que antes lo pasaban mejor juntos. Poco a poco, Nora se fue quedando más y más atrás hasta que, una mañana, ya no fue capaz de ver a sus dos amigos. Fue esa misma mañana cuando el inventor miró su reloj y vio que las tres manecillas ya no estaban juntas. Sus ojos se detuvieron en la pequeña varilla que era Nora y el inventor, al verla tan retrasada, no pudo evitar acordarse de aquel tiempo, varios años atrás, cuando diseñó uno de sus mejores inventos. Una pequeña parte de su obsesión volvió junto con ese recuerdo, pero enseguida hizo por eliminarla de sus pensamientos y seguir centrado en el presente.

Tuto y Gundo siguieron avanzando pero, al momento, Tuto se dio cuenta de que su compañero estaba acelerando el paso. Acababa de perder a Nora así que se preocupó mucho cuando vio que podía separarse también de su otro amigo. Tratando de tranquilizarse, Tuto habló con Gundo y compartió con él sus preocupaciones.

—Quiero ver qué hay más adelante, qué nos espera a la vuelta de la esquina —dijo Gundo, excitado— ¿No tienes curiosidad, Tuto?

Tuto lo miró sin entender, habían dado cientos de vueltas, ¿qué curiosidad podía tener? Intentó hacérselo ver a su amigo, pero éste ya había tomado una decisión y avanzó más deprisa hasta que, como pasó con Nora, Gundo desapareció de la vista. El inventor miró el reloj y por poco se cayó de la silla cuando vio que otra manecilla se había separado. Fue entonces, al ver a Gundo tan adelantado, cuando su imaginación soñó con los inventos tan fantásticos que no había construido aún y que traerían más fama y gloria a su vida. De repente, su problema había vuelto y, al observar la separación de Nora y Gundo, volvía a pensar más en el pasado y en el futuro que en el presente.

Tuto se vio por primera vez en su vida solo. No tenía las historias de Nora ni las invenciones de Gundo, sólo contaba con sus recuerdos y con la esperanza de volver a reunirse con sus amigos. Siguió avanzando con menos alegría que antes, más por inercia que por otra cosa, hasta que, más adelante, divisó una forma que le resultaba familiar. Continuó moviéndose y, para su sorpresa, vio que estaba a punto de alcanzar a Nora. ¡Había dado una vuelta más rápido que ella! Tuto se sintió con fuerzas renovadas y saludó con alegría a su amiga. Hablaron un rato, pero enseguida volvieron a distanciarse poco a poco.

—Podrías ir más despacio, Tuto, así volveríamos a estar juntos como antes. Te contaría historias y seríamos tan felices como al principio —dijo Nora al ver que su compañero se alejaba.

Tuto meditó la tentadora oferta de su amiga y se planteó el aceptarla, pero al momento supo ver que nunca volvería a ser como al principio. Nora perseguía un sueño imposible y era incapaz de darse cuenta. Tuto se despidió con una disculpa. Al rato volvió a estar solo: echaba de menos a su amiga.

El tiempo pasó y la angustia de Tuto creció al mismo ritmo que la obsesión del inventor. Estaba inmerso en sus pensamientos cuando una voz familiar lo sacó de ellos dándole un susto de muerte. ¡Gundo lo había alcanzado! Una vez más, tal y como le pasó con Nora, Tuto recuperó la alegría al ver a su amigo. Parecía una eternidad desde la última vez que se habían visto y Gundo tenía muchas cosas que contar, tantas que los dos amigos empezaron a distanciarse de nuevo mientras éste hablaba.

—Tienes que venir conmigo, Tuto, es increíble. No puedo esperar a ver lo que hay más adelante, siempre me sorprendo. Ven conmigo y estarás mucho mejor que ahora —dijo Gundo intentando convencer a su amigo.

Tuto se negó tal y como se había negado a la propuesta de Nora. Era fácil pensar que las cosas podían ser mejores, pero Tuto sabía lo peligrosas que son las expectativas y las esperanzas. No, se dijo a sí mismo, él seguiría avanzando como siempre, sin mirar atrás o adelante.

Paso tras paso, Tuto tuvo acabó por darle vueltas de nuevo en las ofertas de sus amigos. Pensaba en las propuestas de Nora y Gundo y se preguntaba si había tomado la decisión correcta. Tuto se sentía muy solo pero, con el paso del tiempo, aprendió a disfrutar de su propia compañía y del momento en el que se encontraba. El inventor, por su parte, al ver las manecillas separadas, se rindió definitivamente a su obsesión. Lo que ninguno de los dos esperaba es lo que sucedió en un momento dado. Tuto alcanzó de nuevo a Nora y, cuando estaba a punto de saludarla, escuchó de nuevo la voz de Gundo tras él. La alegría no pudo ser mayor, ¡estaban los tres juntos! Tuto estaba más feliz que nunca y lo mismo podía decirse de sus dos amigos. Hablaron hasta que volvieron a separarse, pero esta vez no fue una despedida triste porque sabían que se juntarían otra vez. El inventor, que ya daba por inservible su invento, sintió una inmensa dicha cuando vio las tres agujas juntas de nuevo. En ese instante dejó de preocuparse por el tiempo y vio que por mucho que recordara su pasado y pensara en su futuro ambos se unían en el presente. De la misma forma Tuto supo que, por mucho que Nora quisiera volver atrás y por mucho que Gundo quisiera adelantarse, los tres amigos se encontrarían siempre.

Inauguro hoy esta sección en la que pondré relatos ajenos a mí pero que quiero compartir con vosotros. El de hoy es una historia árabe con un cierto punto aleccionador que tampoco está de más. Disfrutadla.

Una mañana, el califa de una gran ciudad vio que su primer visir se presentaba ante él en un estado de gran agitación. Le preguntó por la razón de aquella aparente inquietud y el visir le dijo:

—Te lo suplico, deja que me vaya de la ciudad hoy mismo.
—¿Por qué?
—Esta mañana, al cruzar la plaza para venir a palacio, he notado un golpe en el hombro. Me he vuelto y he visto a la muerte mirándome fijamente.
—¿La muerte?
—Sí, la muerte. La he reconocido, toda vestida de negro con un con un chal rojo. Allí estaba, y me miraba para asustarme. Porque me busca, estoy seguro. Deja que me vaya de la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor caballo y esta noche puedo llegar a Samarkanda.
—¿De verdad que era la muerte?¿Estás seguro?
—Totalmente. La he visto como te veo a tí. Estoy seguro de que eres tú y estoy seguro de que era ella. Deja que me vaya, te lo ruego.
El califa que sentía un gran afecto por su visir, lo dejó partir. El hombre regresó a su morada, ensilló el mejor de sus caballos y, en dirección a Samarkanda, atravesó al galope una de las puertas de la ciudad.
Un instante más tarde, el califa, a quien atormentaba un pensamiento secreto, decidió disfrazarse, como hacía a veces, y salir de palacio. Solo, fue hasta la gran plaza, rodeado por los ruidos del mercado, buscó a la muerte con la mirada, y la vió, la reconoció. El visir no se había equivocado lo más mínimo. Ciertamente era la muerte, alta y delgada, vestida de negro, el rostro medio cubierto por un chal rojo de algodón.
Iba por el mercado de grupo en grupo sin que nadie se fijase en ella, rozando con el dedo el hombro de un hombre que preparaba su puesto, tocando el brazo de una mujer cargada de menta, esquivando a un niño que corría hacia ella.
El califa se dirigió hacia la muerte. Ésta, a pesar del disfraz, lo reconoció al instante y se inclinó en señal de respeto.
—Tengo que hacerte una pregunta —le dijo el califa en voz baja.
—Te escucho.
—Mi primer visir es todavía un hombre joven, saludable, eficaz y probablemente honrado. Entonces ¿Por qué esta mañana cuando él venía a palacio, lo has tocado y asustado?¿Por qué lo has mirado  con aire amenazante?
La muerte pareció ligeramente sorprendida y contestó al califa:
—No quería asustarlo. No lo he mirado con aire amenazante. Sencillamente, cuando por casualidad hemos chocado y lo he reconocido, no he podido ocultar mi sorpresa, que él ha debido tomar como una amenaza.
—¿Por qué sorpresa? —preguntó el califa.
—Porque —contestó la muerte —no esperaba verlo aquí. Tengo una cita con él esta noche en Samarkanda.