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Sendero

El sendero sobre el que descansan mis pies se ha vuelto accidentado, lleno de desniveles y piedras afiladas que sobresalen entre las grietas. Echo la vista atrás y, envuelto en la tenue luz crepuscular, todavía puedo ver el hermoso camino que me ha traído hasta este punto. Veo el perfecto pavimento y las flores silvestres que crecen a ambos lados, recuerdo lo fácil que era caminar por ahí.

El sol se pone a mi espalda, debo recordar que esa agradable travesía forma parte del pasado y que allí debe permanecer, mi mente se centra en los kilómetros que me esperan por delante. Así que echo a andar mientras trato de adivinar qué nuevo desafío se esconde detrás de cada recodo, qué dificultad insalvable se interpondrá entre mis pasos y mi destino. Son conjeturas que no sirven para nada y que, lejos de mantenerme preparado, siembran de miedo mi determinación y hacen mella en mi menguante valentía.

Un paso mal dado y acabo en el suelo. No es la primera vez. Las rocas son punzantes y me lastiman las rodillas y las palmas de las manos, heridas menores si tengo en cuenta dónde se podrían haber clavado. Es noche cerrada, la oscuridad me envuelve y trato de ponerme en pie de nuevo pese al dolor y los cortes en mi piel. No me atrevo a seguir caminando, mi mente me traiciona y vuelve a recordar lo fácil que era recorrer el sendero antes. ¿Quizás más adelante vuelva a ser así? No, debo asimilar que lo que tengo por delante no va a dejar de ser un camino tortuoso, lleno de peligros y con constantes caídas. Los oasis están en el desierto, no aquí.

Ando con pesadez, mirando fijamente al suelo y, cuando no tengo más fuerzas, me hago un ovillo en un lado del camino donde duermo hasta que recupero las energías. Así pasan los días, sin poder estar seguro de qué distancia he recorrido, sin saber si el sendero terminará en algún momento. Miro atrás y siempre puedo ver partes de aquel camino de antaño, pero me consuelo sabiendo que cada vez está más lejos, más enterrado en el pasado.

Nuevas caídas, nuevos dolores y nuevos cortes que se suman a las heridas de otros días. Las palmas de mis manos son un amasijo de cicatrices, nuevas y viejas, que me recuerdan lo traicionero que es este camino que recorro sin saber muy bien dónde terminará. Desconozco su final y también lo desconocen todos aquellos con los que me cruzo en mi travesía. Ellos no lo transitan, simplemente están apostados cada cierto número de kilómetros. Me hablan, me curan las heridas, me reconfortan y tratan de hacerme olvidar. El sendero terminará, dicen, te espera otro camino que será mejor incluso que aquel que recuerdas con tanto cariño. Tiempo, tiempo para arrastrarme entre rocas, plantas repletas de espinas y sufrir bajo el implacable sol. Tiempo para olvidar, para recoger piedras del suelo y llenar con ellas mi corazón, rocas afiladas para evitar injerencias futuras, para ahuyentar a cualquiera que quiera meter la mano.

A veces me detengo y miro a mi alrededor buscando algún hito en el camino que me resulte familiar. Busco algo que me reconforte, una roca en la que me pueda sentar y recuperar el aliento, pero no veo nada de eso, sólo el mismo paraje desértico de los últimos días. En otras ocasiones hago algo más que detenerme, hay veces en las que un impulso se adueña de mí, me doy media vuelta y, a la carrera, desando el sendero tratando de volver al pasado. Es inútil y, cuando me doy cuenta de ello, debo recuperar el tiempo perdido para regresar al punto en el que me encontraba.

Podría decirse que estoy solo en esta travesía, pero la realidad es bien distinta. Camino conmigo mismo, con varias versiones de mí mismo que representan la fractura que ha sufrido mi mente. Hay días en los que comparto caminata con el “yo” optimista y los cortes duelen menos porque parece que en el siguiente giro estará el final de la travesía. Otras jornadas tengo a mi lado al pesimista, capaz de hacer que las horas parezcan años. Me pone la zancadilla para que las caídas sean más frecuentes, se cuelga de mis brazos para que mis fuerzas mengüen y se esfuerza meticulosamente por fracturar todavía más mi cerebro. Existe también un tercer “yo”, el más peligroso, que es rebelde y que lucha contra la inactividad y el victimismo. Me habla de otros caminos, de otras personas transitándolos y me promete la felicidad si abandono mi arduo sendero y trato de encontrar otro más llevadero en el que no esté solo. Por más que me resisto siempre acabo sopesando su oferta, resulta demasiado tentadora, pero soy un luchador y me resisto a tomar la salida fácil.

El sendero sobre el que descansan mis pies es una prueba para la templanza y la resistencia, una invitación a la rendición, a la búsqueda de la salida más sencilla. El sol se pone cada día y sólo cuando está en lo más alto consigo divisar fragmentos del pasado, lleno de verdor y tranquilidad. Ya apenas miro atrás porque me asusta hacerlo. Tengo miedo de que llegue el día en el que no vea otra cosa que no sea aridez y polvo. El sendero sobre el que descansan mis pies es tortuoso, lleno de recodos y de colinas que me impiden ver más allá de los próximos metros. No me importa. Desconozco cuál es mi destino y me resisto a intentar adivinarlo. Doy un paso y pienso sólo en el siguiente, recojo una piedra del suelo y la meto en mi corazón, me ilusiono con optimismo, sufro cuando me rindo y lucho contra la rebeldía. El sendero sobre el que descansan mis pies es mi sendero, el que me ha traído hasta aquí y el único que merece la pena caminar porque, por mucho dolor que haya padecido, me ha hecho ser como soy.

LA VISITA

Publicado: 20 junio, 2013 en Relatos
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Blas, frente al espejo de su despacho, luchaba por colocar en su sitio un mechón de pelo que sobresalía de entre los demás. Pasaba su mano por encima del cabello rebelde, pero, cuando la retiraba, volvía a erguirse desafiando las leyes mismas de la gravedad. Blas estaba nervioso y su miraba viajaba del espejo a la puerta y de la puerta al espejo, la visita le había sorprendido y apenas tenía tiempo para adecentarse.

Renunció a colocar en su sitio el mechón y se concentró en poner orden en su escritorio, una mesa colonial de roble de gran valor. Estaba sepultada bajo pilas y pilas de papeles que Blas, en su característico desorden, acumulaba conforme iba recopilando nuevos datos en su investigación. Blas sólo tenía cuarenta años y ya estaba trabajando en su tercera novela, un relato histórico muy ambicioso que requería estudiar metódicamente y coleccionar ingentes montañas de documentación. Resultaba paradójico que el personaje protagonista de su libro estuviera basado en Sofía, la mujer que en ese momento llamaba respetuosamente a su puerta.

Blas dio los últimos retoques al escritorio y se alisó como pudo la camisa, no podía hacer más. Alcanzó la puerta, respiró hondo y la abrió sin la más mínima idea de lo que iba a encontrarse al otro lado. La imagen de Sofía lo dejó sin habla. Seguía teniendo ese espeso pelo negro, esos ojos grises que quitaban el sueño y esa boca pequeña que ocultaba una dentadura perfecta. Seguía siendo la misma, pero era otra persona totalmente diferente. Sofía se acercó y le dio dos besos, como si no hubieran pasado los últimos veintitrés años sin verse ni hablar el uno con el otro.

Blas se hizo a un lado y señaló una butaca hacia la que Sofía se encaminó. Una vez estuvieron sentados frente a frente, el escritor examinó más detenidamente a su amiga de la infancia. No estaba seguro de qué era lo que había cambiado, entonces recordó su sonrisa, la que esgrimía siempre que jugaban a darse besos. Esa sonrisa había desaparecido totalmente de su rostro y había sido reemplazada por una honda tristeza.

Sofía aguantó el escrutinio al que era sometida y sólo cuando vio que Blas se daba por satisfecho rompió el tenso silencio.

—Te veo bien.— Dijo con la misma voz con la que se habían dicho adiós cuando tenían diecisiete años.

—Con estas pintas… Tú estás igual, Sofía. Perdona el desorden pero no esperaba tu visita.— Contestó Blas, tratando de evitar que su preocupación se trasladase a sus palabras.

—Yo tampoco esperaba venir. Pero quería verte, necesitaba verte.—

La afirmación tan directa descolocó por completo a Blas que, incómodo como no lo había estado en años, trató de suavizar el tema.

—Una sorpresa bien recibida, siempre hace ilusión ver a una amiga.—

Sofía se levantó de la butaca y se acercó hasta Blas. Él trató de decir algo pero ella le tapó la boca con el dedo índice a la vez que se aproximaba a su boca. Sus labios se juntaron y la mente de Blas se llenó con recuerdos de hacía veintitrés años. Se vio a sí mismo besando a la Sofía de su juventud, se recordó abrazado a ella en la cama, unidos por el amor y la pasión que habían descubierto el uno en el otro. En los pocos segundos que duró el beso, Blas volvió a ser tan feliz como lo fue al lado de la única mujer que había amado, pero entonces terminó y volvió a su despacho lleno de papeles.

Ninguno de los dos dijo nada. Blas sabía que ése había sido un beso de despedida, no entendía por qué, pero así lo sentía. Temía que, de decir algo, Sofía se esfumara como un sueño que tratas de recordar al despertar. Se miraron a los ojos, marrones los de él y grises los de ella, durante un instante eterno hasta que Blas alargó la mano y Sofía se apartó de él. El instante mágico que habían compartido se había roto. Sofía caminó hasta la puerta sin que Blas hiciera nada por detenerla, se giró y le dedicó su sonrisa más perfecta.

—Gracias, Blas.—

Blas se quedó mirando la puerta en la que hacía un momento había estado Sofía. Se quedó mirando sin saber que a la mañana siguiente recibiría una llamada en la que le dirían que su amiga se había suicidado esa misma noche y que había dejado una carta a su nombre. Se quedó mirando sin saber que, en esa carta, Sofía se disculpaba por haberle roto el corazón. Se quedó mirando sin saber todo eso y no le hacía falta saberlo porque, durante unos minutos, ese día había sido feliz de nuevo.