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Valor

Publicado: 18 noviembre, 2013 en Reflexiones
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Me gusta soñar. Si por mí fuera, pasaría la vida entera durmiendo y dando rienda suelta a mi subconsciente. Tengo la suerte de que mis sueños son vívidos, que tienen color, aroma, sabor e incluso tacto. Puedo pasar de participar en una batalla espacial a besar a la chica de mis sueños —y nunca mejor dicho—. Es al abrir los ojos cuando te das de bruces con la realidad y dejas escapar un suspiro, mezcla de resignación y tristeza, antes de enfrentarte a un nuevo día. Un nuevo día que, paradójicamente, está lleno de sueños.

Sueñas con un trabajo ideal, con la casa de tus sueños, con viajes de ensueño y con despertarte al lado de la persona que da sentido a tu vida. Sueñas y sueñas. Lo malo de soñar despierto es que las cosas requieren tiempo, esfuerzo y, sobre todo, valor, mucho valor. Del tiempo ya he hablado, de la sombra que nos acecha y que sólo vemos de vez en cuando por el rabillo del ojo. El esfuerzo abunda o escasea, pero todos podemos entrenarlo hasta conseguir la ansiada constancia que hace que terminemos lo que empezamos. Es en el valor, me temo, donde me veo más desangelado.

Sueño despierto, pero hoy por hoy vivo con dos grilletes en los tobillos. Estoy atado a una realidad que me va matando, que absorbe mi energía y la escupe. Si soy honesto conmigo mismo, debo admitir que la llave de mis cadenas la tengo yo y sólo yo. El problema es el valor, la falta de él más bien. Se necesita valentía porque, en el momento que te lanzas a volar, corres el riesgo de acabar de nuevo en el suelo, esta vez con un par de huesos rotos. Faltan cojones, hablando claro, para coger el toro por los cuernos y no dejarse atrapar por reglas y convenciones absurdas que seguimos sin preguntarnos por qué.

Estudia, dedícate en cuerpo y alma a esa tarea, fórmate bien, ten un par de carreras y especialízate con un máster, aprende inglés, domínalo, encuentra un trabajo y déjate los próximos cuarenta años de tu vida allí. Resumiendo: hipoteca tu vida y tus sueños. Y lo curioso es que consideremos este plan como el mejor que se nos puede ocurrir. Pues bien, a este plan maestro sólo puedo decirle una cosa: a la mierda.

A la mierda porque, haga lo que haga, el final del camino es el mismo para todos. Da igual que dirección tomes en la encrucijada, la única diferencia será el llegar antes o después a tu destino. Y lejos de angustiarme, me tranquiliza. Me da ese valor del que tan carente ando. Y ahora sé algo que antes no sabía, que no necesito seguir el curso habitual para sentirme realizado y satisfecho con mi vida. Viajes, aventuras, amistades, romances y mil proyectos nuevos que fracasen estrepitosamente. La fecha está marcada en el calendario, una suerte de despertador programado para levantarme y hacer con mi vida lo que realmente quiero hacer. Si eso implica abandonar todo lo que he construido hasta ahora no dudaré. La gente que importa, la que realmente forma parte de mis sueños, siempre estará ahí para recoger mis pedazos.

Valor.

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Paz, al fin. Las aguas se retiran, vuelven a su cauce y dejan ver los destrozos que ha causado la riada. Al ritmo del saxo y de la trompeta, improvisando una historia mil veces contada, se firman los tratados y comienza la reconstrucción. A golpe de verde, de niebla y de saxo de nuevo. Con ese balanceo típico de barco, pero en tierra firme, con los pies en el suelo. Un suelo lleno de piezas que por fin encajan. Después de darles la vuelta y de probar combinaciones imposibles, el rompecabezas parece tener solución y se intuye una imagen. Una foto o un grabado, ni yo lo sé. Forzado a ello, con mi connivencia, pero sin perder el norte. Temblores, espasmos y frío. Calor, un abrazo de casi metro y medio. Y trompeta, hoy también había trompeta.

Cassandra me manda a dormir con dulzura. ¿Miente? ¿Puede mentir un violín? Hasta la respiración cambia, paz, al fin. Después de mil domingos de batalla, después de mil consejos de guerra, llega la ansiada tregua. Cuatro pisos hoy, ocho mañana, subiendo con las piernas y con el corazón, huyendo de la prisión sin un plan de fuga definido. Un túnel errático que emerge en un bosque sin nombre en el que sólo se escuchan los ladridos de los perros. Y, de repente, ir cuesta abajo te hace llegar más alto de lo que podías imaginar hace un mes. La fuerza de la gravedad ya no consigue agravar nada.

Y se disfruta la pausa. Porque las últimas me convertían en una vieja cinta de VHS. Se disfruta hoy, se disfrutará mañana. Pausa y tempo para un concierto de trompeta, saxo y violines que por fin dicen la verdad. Una obra aderezada de verde, color que, esta vez sí, trae la esperanza.

Recuerdo, hace muchos años, cuando el futuro era tan maleable como un trozo de arcilla húmeda. Pienso en tantos y tantos planes de vida que hice y deshice una y otra vez como si se tratara de un juego. En cierta forma lo era, el juego de la vida, el de la ilusión y las ideas locas. Recuerdo también lo a menudo que acababa rodeado por gente más mayor que yo, las historias que contaban y que para mí resultaban tan incomprensibles como fascinantes. Mi mente viaja al pasado y vuelve a vivir aquella noche en la que me tomé un chupito de licor chino y presumí de resaca al día siguiente. No sabía entonces lo que era una resaca, igual que ahora no sé muchas cosas y trato de disimular mi ignorancia.

Era tan fácil vivir que teníamos que hacerlo complicado para que tuviera gracia. Pequeños detalles que se convertían en gestas heroicas que nos distraían del inminente futuro que se acercaba traicioneramente sin que nos percatáramos de ello. Viajábamos en tren y nunca mirábamos por la ventanilla. Ahora es cuando me atrevo a mirar el paisaje y, cuando veo los colores mezclarse y fundirse como si fueran acuarelas, me da vértigo lo rápido que voy.

La eterna preocupación, la obsesión más vieja del ser humano: el paso del tiempo. ¿Original? En absoluto. Soy uno más de los muchos que se asoman al precipicio y no pueden dejar de observar la oscuridad por mucho que les atenace el corazón. No hay finales felices. La misma sal que da sabor a la vida es la que escuece luego en la herida. Y yo sólo me pregunto una y otra vez ¿para qué? ¿Para qué pelear, preocuparse, luchar, rendirse, reír y llorar? ¿Qué sentido tiene este parpadeo tan breve, esta muestra gratuita de experiencias?

Corremos en una carrera que está amañada, pero no perdemos la esperanza de poder quedar primeros. No podemos. Vamos a perder, ni siquiera vamos terminar en segundo puesto, llegaremos los últimos y no habrá nadie en la meta para darnos la bienvenida. Estaremos solos porque lo único seguro es que vamos a perder todas y cada una de las cosas que nos importan. Todo lo que queremos acabará roto, oxidado y hasta los mismos recuerdos se borrarán de nuestra frágil memoria. Ese es el camino de rosas que nos toca transitar, ese es el paisaje que se ve desde este tren desbocado. Jugamos a vivir y en esta partida no vale con echar otra moneda cuando aparece Game Over. No hay trucos, no hay atajos, sólo una maraña de caminos que se entrecruzan y que nos dan la sensación de estar acompañados. Pero no lo estamos.

Me gustaría pensar que estoy loco, que mirar tanto tiempo el abismo me ha llenado de oscuridad. Me gustaría creer que la gente que quiero siempre estará conmigo, que, de alguna forma, encontraré un refugio donde preservar a todas las personas que son importantes. Me gustaría empacharme de experiencias antes de tumbarme sonriendo y satisfecho en la arena de alguna playa desconocida. Me gustaría cambiar muchas cosas, volver a andar el camino, separar los pies del suelo y rozar de nuevo las nubes. Me gustaría todo eso, pero, sobre todo, desearía ser el niño cree tener resaca después de tomar un chupito de licor chino.

Cambias, estiras los dedos y te sacudes el cansancio del cuerpo. Pones la cabeza en remojo, aclaras tus ideas y levantas el ánimo que andaba borracho en un rincón. La resaca es fuerte, pero al mismo tiempo te sientes despierto y bien dispuesto. Quizás debas vomitar un par de veces, quizás no puedas soportar demasiados meneos, pero sabes que estás mejor que ayer, te sientes más tú.

Cambias, porque no puedes no hacerlo, porque te hacen cambiar quieras o no. Te aferras al pasado con uñas y dientes, te dejas la piel para seguir siendo el mismo, pero cuando te quieres dar cuenta eres incapaz de reconocerte. Y jode, para qué negarlo, jode mucho. Como si se tratara de una persona que acabas de conocer tienes que irte de cañas contigo mismo, tratarte con mimo, llevarte al cine y hacerte regalos de vez en cuando. Da pereza, da rabia y, sobre todo, dan ganas de mandarlo todo a paseo y tomar la salida fácil. Pero aguantas, te das una oportunidad y acabas sorprendiéndote de maneras que no podías imaginar. Cambias.

Cambias tanto que llega un día en el que la memoria te falla, en el que los recuerdos no tienen tanta fuerza como para sacudirte el alma y romperte en mil pedazos. Te cambian y te dejas cambiar. Sustituyes lo que era negro por lo castaño, lo marrón por lo azul, lo inocente por lo elegante… No empiezas de cero, eso nunca, dejas la sonrisa porque te hace sentir bien, dejas la mirada porque te hace confiar y, aunque no puedas verlo, dejas el corazón porque lo sientes grande y necesitas un lugar espacioso en el que dejarte caer. Suena fácil, pero es una tarea titánica. Es complicado volver a la inseguridad, a las dudas y a las preguntas constantes. ¿Par o impar? A veces necesitas algo más que eso.

Cambias y te das una palmadita en la espalda. Te alegras de cambiar porque te das cuenta de que, en realidad, no has cambiado tanto. Eres un viejo amigo que vuelve de un largo viaje con miles de historias que contar. Puede que algunas de esas anécdotas sean tristes, pero son experiencias que se asientan sobre los cimientos que ya existían. Evolucionas, mejoras y te transformas. Cambias, si, pero siendo siempre el mismo.

¿Por qué vuelves? Pensaba que nos habíamos dado una tregua, una pausa para curar viejas heridas y seguir avanzando. Yo cumplí con mi parte, pero tú vuelves a mi cabeza y me doy cuenta de que, en realidad, no te has marchado nunca, de que me engañaste cuando me hiciste creer que te había olvidado. Al parecer no se trata de una recta sino de un círculo, cuanto más avanzo para alejarme de ti más se acerca mi mente a tu recuerdo. Me muevo y cambio, lo único que no cambia es esa habitación que tienes reservada en mi cabeza. Siguen los mismos muebles, la misma iluminación, sigo viendo ese vaso lleno de agua, sigue Michelle mirándome con una sonrisa y sigues tú, siempre tú. Y no puedo alquilar ese cuarto porque el precio es demasiado alto. Entonces me rompo y no sé qué camino seguir, acabo volviendo a la primera casilla de este tablero lleno de trampas. Y cuando más entero estoy, vuelves. Tu imagen vuelve a mí como un boomerang lanzado a traición y me golpea antes de que pueda atraparlo. Pero ¿sabes qué? Que me alegro de que sea así. Me alegro porque sé que no puedo olvidarte, no quiero hacerlo. Me alegro porque cada vez que vuelves me doy cuenta de todo lo que aprendí de ti, de todo lo que aprendí contigo y de todo lo que he aprendido de mí mismo. Me alegra que tengas ese hueco en mi corazón porque es donde tienes que estar. Me alegra porque soy un tonto con esperanzas y nunca dejaré de esperar el día que sea capaz de mirarte a los ojos y llamarte “amiga”.

Te quiero.

LA BRUJA

Publicado: 11 septiembre, 2013 en Relatos
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La bruja miró en el corazón del campesino y leyó su alma como si de un libro abierto se tratara. El joven no podía saberlo, ignoraba el poder de la hechicera, pero sus secretos más profundos se mostraban desnudos ante la poderosa mirada de la anciana. Había ido buscando respuestas pero sin confiar en obtenerlas. Era escéptico y, por lo general, sólo creía en aquello que podía ver y tocar.

El escrutinio duró lo que parecieron horas. Sólo se escuchaba el graznido de un cuervo y el sonido del viento al filtrarse por las rendijas de la choza. La cabaña en sí era un lugar mágico. Hoy estaba aquí, mañana allí y al día siguiente quizás no estaría ni aquí ni allí. Todo aquel que visitaba a la bruja lo hacía siguiendo el mismo camino: el sendero de la vida. Tarde o temprano, si el corazón se sentía preparado, el camino se materializaba bajo los pies del buscador y lo guiaba hasta las respuestas de la anciana. Respuestas era lo que todo el mundo buscaba, pero preguntas es lo que obtenía.

El campesino se amilanó a ojos vista, aquello no era para lo que había venido. De pronto, las barreras de su mente cedieron por completo y un torrente de emociones y pensamientos se mezclaron en su cabeza. Ideas felices, sueños, tristeza, nostalgia… Todos los sentimientos que hasta ese momento habían permanecido aislados se encontraron y convivieron en perfecta anarquía. La bruja cedió en su empuje y sonrió al ver que la mente del joven se quebraba en miles de millones de fragmentos. El campesino estaba roto.

El campesino abre los ojos, está solo en el claro de un bosque. No hay rastro de la bruja ni de su cabaña, ni siquiera se escucha el graznar del cuervo. Se levanta con las lágrimas todavía brotando de sus ojos apagados. Es la misma persona, pero a la vez es diferente. Está roto, no tiene respuestas, sólo un montón de preguntas. Vuelve a caminar por el sendero que lo ha traído hasta ahí, vuelve a recoger los pedazos de su mente y los junta de diferente forma a como estaban antes. Obtiene ahí su primera respuesta. El campesino sonríe y se despide mentalmente de la bruja, aunque sabe que tarde o temprano volverá a acudir a ella en busca de más… ¿respuestas?

Sendero

El sendero sobre el que descansan mis pies se ha vuelto accidentado, lleno de desniveles y piedras afiladas que sobresalen entre las grietas. Echo la vista atrás y, envuelto en la tenue luz crepuscular, todavía puedo ver el hermoso camino que me ha traído hasta este punto. Veo el perfecto pavimento y las flores silvestres que crecen a ambos lados, recuerdo lo fácil que era caminar por ahí.

El sol se pone a mi espalda, debo recordar que esa agradable travesía forma parte del pasado y que allí debe permanecer, mi mente se centra en los kilómetros que me esperan por delante. Así que echo a andar mientras trato de adivinar qué nuevo desafío se esconde detrás de cada recodo, qué dificultad insalvable se interpondrá entre mis pasos y mi destino. Son conjeturas que no sirven para nada y que, lejos de mantenerme preparado, siembran de miedo mi determinación y hacen mella en mi menguante valentía.

Un paso mal dado y acabo en el suelo. No es la primera vez. Las rocas son punzantes y me lastiman las rodillas y las palmas de las manos, heridas menores si tengo en cuenta dónde se podrían haber clavado. Es noche cerrada, la oscuridad me envuelve y trato de ponerme en pie de nuevo pese al dolor y los cortes en mi piel. No me atrevo a seguir caminando, mi mente me traiciona y vuelve a recordar lo fácil que era recorrer el sendero antes. ¿Quizás más adelante vuelva a ser así? No, debo asimilar que lo que tengo por delante no va a dejar de ser un camino tortuoso, lleno de peligros y con constantes caídas. Los oasis están en el desierto, no aquí.

Ando con pesadez, mirando fijamente al suelo y, cuando no tengo más fuerzas, me hago un ovillo en un lado del camino donde duermo hasta que recupero las energías. Así pasan los días, sin poder estar seguro de qué distancia he recorrido, sin saber si el sendero terminará en algún momento. Miro atrás y siempre puedo ver partes de aquel camino de antaño, pero me consuelo sabiendo que cada vez está más lejos, más enterrado en el pasado.

Nuevas caídas, nuevos dolores y nuevos cortes que se suman a las heridas de otros días. Las palmas de mis manos son un amasijo de cicatrices, nuevas y viejas, que me recuerdan lo traicionero que es este camino que recorro sin saber muy bien dónde terminará. Desconozco su final y también lo desconocen todos aquellos con los que me cruzo en mi travesía. Ellos no lo transitan, simplemente están apostados cada cierto número de kilómetros. Me hablan, me curan las heridas, me reconfortan y tratan de hacerme olvidar. El sendero terminará, dicen, te espera otro camino que será mejor incluso que aquel que recuerdas con tanto cariño. Tiempo, tiempo para arrastrarme entre rocas, plantas repletas de espinas y sufrir bajo el implacable sol. Tiempo para olvidar, para recoger piedras del suelo y llenar con ellas mi corazón, rocas afiladas para evitar injerencias futuras, para ahuyentar a cualquiera que quiera meter la mano.

A veces me detengo y miro a mi alrededor buscando algún hito en el camino que me resulte familiar. Busco algo que me reconforte, una roca en la que me pueda sentar y recuperar el aliento, pero no veo nada de eso, sólo el mismo paraje desértico de los últimos días. En otras ocasiones hago algo más que detenerme, hay veces en las que un impulso se adueña de mí, me doy media vuelta y, a la carrera, desando el sendero tratando de volver al pasado. Es inútil y, cuando me doy cuenta de ello, debo recuperar el tiempo perdido para regresar al punto en el que me encontraba.

Podría decirse que estoy solo en esta travesía, pero la realidad es bien distinta. Camino conmigo mismo, con varias versiones de mí mismo que representan la fractura que ha sufrido mi mente. Hay días en los que comparto caminata con el “yo” optimista y los cortes duelen menos porque parece que en el siguiente giro estará el final de la travesía. Otras jornadas tengo a mi lado al pesimista, capaz de hacer que las horas parezcan años. Me pone la zancadilla para que las caídas sean más frecuentes, se cuelga de mis brazos para que mis fuerzas mengüen y se esfuerza meticulosamente por fracturar todavía más mi cerebro. Existe también un tercer “yo”, el más peligroso, que es rebelde y que lucha contra la inactividad y el victimismo. Me habla de otros caminos, de otras personas transitándolos y me promete la felicidad si abandono mi arduo sendero y trato de encontrar otro más llevadero en el que no esté solo. Por más que me resisto siempre acabo sopesando su oferta, resulta demasiado tentadora, pero soy un luchador y me resisto a tomar la salida fácil.

El sendero sobre el que descansan mis pies es una prueba para la templanza y la resistencia, una invitación a la rendición, a la búsqueda de la salida más sencilla. El sol se pone cada día y sólo cuando está en lo más alto consigo divisar fragmentos del pasado, lleno de verdor y tranquilidad. Ya apenas miro atrás porque me asusta hacerlo. Tengo miedo de que llegue el día en el que no vea otra cosa que no sea aridez y polvo. El sendero sobre el que descansan mis pies es tortuoso, lleno de recodos y de colinas que me impiden ver más allá de los próximos metros. No me importa. Desconozco cuál es mi destino y me resisto a intentar adivinarlo. Doy un paso y pienso sólo en el siguiente, recojo una piedra del suelo y la meto en mi corazón, me ilusiono con optimismo, sufro cuando me rindo y lucho contra la rebeldía. El sendero sobre el que descansan mis pies es mi sendero, el que me ha traído hasta aquí y el único que merece la pena caminar porque, por mucho dolor que haya padecido, me ha hecho ser como soy.

* Antes de la siguiente reflexión me gustaría aprovechar para informar de que, por la inconsistencia típica del verano, el Escritor de Carbón se va a tomar una pausa estival en la que la frecuencia de los relatos no será la habitual en este blog. Espero que las siguientes palabras gusten pese a estar algo alejadas del tono habitual de mis escritos.

Un saludo del minero.

Cada tecla cuesta, cada pausa duele. Como quien limpia una herida, yo desinfecto la mía, más profunda y grave. Pienso en la palabra “adiós” y en cómo puede caber tanto en tan sólo cinco letras. Pienso también en la cantidad de veces que la usamos sin ser conscientes de lo que implica hacerlo. Yo lo digo, con la boca pequeña, tratando de reordenar todas las letras hasta formar un “hasta luego”.

“Adiós” me sabe húmedo y salado, me huele a champú y lo siento como un abrazo que se termina poco a poco. Es la palabra que refresca una noche de verano, que hierve a fuego lento y que destruye ciudades enteras. No quiero decirla muy alto, me da miedo que alguien me escuche, prefiero hacer un gesto con la cabeza y quedarme mirando un andén. “Adiós” dicho por una boca templada y carnosa, despedida en el fondo de unos ojos tan oscuros que parecen negros, caricias suaves que te empujan lejos… Un “adiós” que te lleva a un “hola” de una época en la que estabas incompleto, en la que las despedidas eran viejas compañeras. Sangre como excusa para conseguir muchos saludos, muchos “buenas noches” a las seis de la mañana, con bata, con calor y siempre a ras de suelo. Una tienda de besos en la esquina del mercado, siempre con ofertas especiales y muestras gratuitas, sin pedir nada a cambio.

No digo adiós, pero mi cabeza lo grita y mi corazón se encoje en un rincón, asustado porque no entiende nada, porque no es justo. No digo adiós y miro a mi alrededor, rodeado de pasado sin saber si hay futuro. No digo adiós, ni hasta luego, ni hola. No digo nada y cierro los ojos deseando estar en un mal sueño, una pesadilla de la que me gustaría despedirme. Pero no me despido, me quedo en silencio y vuelvo atrás en el tiempo para buscar comprensión y apoyo hasta que la pesadilla termina. Me doy de bruces con la realidad, mucho peor que mi sueño intranquilo, y mi “adiós” ha llegado a sus oídos. Miro en mis bolsillos buscando confianza y están vacíos porque lo he dado todo.

Descubro una caja de pandora, dentro de otra caja, dentro de una nevera y arrojada al mar para que sea imposible liberar su tristeza. Y el ciclo no termina, me rompo, me recompongo y vuelvo a romperme con un pequeño toque de un recuerdo feliz de otro tiempo fruto de un sueño diferente. Las fisuras permanecen, pueden verse y se perciben con el tacto de una caricia que hiere y reconforta al mismo tiempo. Y leo, leo el mismo capítulo una y otra vez, pero no soy capaz de pasar de página y me conservo al vacío para que el futuro me encuentre en el mismo punto. Pienso entonces en devolver lo recibido, en comprar felicidad a granel para mandarla saco tras saco y que las lágrimas sean sólo mías. Si tiene que ser, que sea para preservar lo construido. Si tiene que ser, que llene de felicidad esa cabeza llena de espaguetis. Digo “adiós”, pero estaré aquí siempre porque no soy un marinero experto y, cuando recuerdo sus besos, pienso: si tiene que ser, será.