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ARTEMISA (VII)

Publicado: 29 julio, 2013 en Relatos
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PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

CUARTA PARTE

QUINTA PARTE

SEXTA PARTE

Retazos de sueños se mezclaban en la cabeza de Julia que, incapaz de despertarse, murmuraba frases ininteligibles y agitaba las manos como luchando con un enemigo invisible. Uno de los movimientos hizo que los puntos de sus heridas se tensaran y el dolor la sacó de las pesadillas. Julia se incorporó en la cama y miró a su alrededor. La cabeza le daba vueltas, no sabía dónde estaba y aún la asaltaban imágenes inconexas de Isaac, un todoterreno negro y un esquelético hombre que le sonreía con crueldad envuelto en bruma. Cerró los ojos a la vez que trataba de normalizar su respiración.

Poco a poco, los recuerdos volvieron a circular y pudo pensar con claridad. Estaba en Salamanca, en la casa de Samuel, el hermano de Isaac, y debían ser las cuatro de la mañana. Si podía fiarse de lo que recordaba, llevaba durmiendo unas dieciséis horas, tiempo más que suficiente como para que ahora se sintiera con fuerzas renovadas, hambre y una acuciante necesidad de visitar el cuarto de baño. Con más cuidado del habitual sacó las piernas y se sentó en el borde de la cama. Sus pies se encontraron con el agradable tacto de unas mullidas zapatillas de ir por casa, eran de mujer. Temiendo no ser capaz de aguantar de pie, la doctora Murillo se asió a la mesilla de noche antes de dar el paso definitivo y levantarse de la cama. Un mareo pasajero y dolor en sus heridas, eso era todo, no parecía tan insoportable como para devolverla al lecho. Con pasos inseguros siguió el recorrido de la pared, siempre preparada por si volvían los mareos, hasta la puerta del austero dormitorio de Samuel. Abrió y se esforzó por adaptar sus ojos a la oscuridad del pasillo. Había dos puertas a su derecha, una a su izquierda y un poco más adelante el corredor giraba. Julia captó un sonido apagado y una luz intermitente, debía ser la televisión, pensó imaginando que al doblar la esquina se encontraría el salón.

Su vejiga protestó y la doctora tuvo que apretar las rodillas para aguantar sus ganas de orinar. Salió del dormitorio con todo el sigilo del que se vio capaz y abrió la primera de las puertas. Julia se encontró con un pequeño armario lleno de cajas en las que se leía el nombre de Beatriz, no era lo que necesitaba ahora mismo así que cerró el guardarropa guardándose para sí misma las conjeturas que había sacado. La siguiente puerta sí que tuvo premio, un cuidado cuarto de baño recibió a Julia como un oasis en el desierto y ésta se apresuró a entrar antes de que le fallaran las fuerzas y arruinara el bonito pijama que le había dejado Samuel.

La doctora Murillo salió a los pocos minutos, se sentía nueva después de hacer sus necesidades y refrescarse la cara. Dio un paso hacia el dormitorio pero se detuvo, no tenía nada de sueño y sí mucha hambre, la cocina no podía andar demasiado lejos. El sonido de la televisión se hizo más audible cuando Julia dobló la esquina, el salón se encontraba a su izquierda y, salvo la puerta principal del apartamento frente a ella, sólo había otra habitación más a su derecha: la cocina. La hambrienta mujer avanzó a oscuras y en silencio pero, en vez de ir a la derecha, se dirigió a la otra estancia, el salón.

El cuarto de estar era de un tamaño medio acorde a las proporciones de la pequeña vivienda, la decoración mantenía la austeridad que imperaba en todo el apartamento y, salvo cuatro fotografías colgadas en la pared, no había nada que intentara hacer más agradable el lugar. Al fondo, dos altos ventanales dejaban entrever la noche salmantina y ahogaban a duras penas los gritos de algún borracho que volvía a casa. Un moderno mueble lleno de libros presidía la pared izquierda, era allí donde la televisión de plasma seguía ofreciendo imágenes de algún infame concurso en el que una adicta a la silicona se esforzaba por mostrar su sonrisa más televisiva. Julia dejó escapar un suspiro mientras su vista pasaba a la pared de la derecha donde, en un práctico sofá en ele, dormía Samuel en la misma postura en la que había sucumbido al sueño. Se parecía tanto a Isaac, pensó Julia, pero no, no era él. Estaba a punto de volver a la cocina cuando los ojos de la doctora repararon en la botella medio vacía de ginebra que colgaba de una de las manos del fotógrafo. Un escalofrío recorrió la espalda de la doctora que tuvo que dar media vuelta, estaba demasiado acostumbrada a esa estampa.

Todavía intranquila con recuerdos que aguijoneaban su mente, Julia abrió la nevera y frunció el ceño cuando la luz fluorescente le dio de lleno en la cara. Cervezas, pizzas precocinadas, algo de embutido… no se podía decir que Samuel tuviera pasión por la cocina. Sin ser demasiado selectiva, cogió un trozo de fuet y se lo llevó a la boca tal cual, el estómago le rugía. Cerró la puerta de la nevera y se sentó en la mesa para disfrutar su improvisada cena rodeada de oscuridad.

Julia sintió una mano en su hombro y abrió los ojos, se había quedado dormida en la mesa y la habitación empezaba a iluminarse con las primeras luces del día. Samuel se sentó junto a ella con cara de estar pasando una resaca de campeonato. Nadie dijo nada, nadie sabía qué decir ni como romper ese tenso silencio. Fue el montañero el que abrió la boca.

—Veo que estás recuperando las fuerzas —miró los restos de fuet que había en la mesa—. Siento no tener una despensa más llena.

Julia arrugó la nariz cuando el inconfundible aroma a alcohol llegó hasta ella.

—No importa, no esperabas visita.

—Dentro de unas horas iré a por provisiones, piensa si necesitas algo, champú, cepillo de dientes, cuchillas… lo que sea.

—Gracias, siento ser una molestia.

—Nada de molestia —dijo forzándose a sonreír—, es lo menos que puedo hacer por la novia de Isaac.

Samuel se dio cuenta en seguida de que había dicho algo que hería a Julia. Trató de remediarlo como buenamente pudo.

—Lo siento, no quería… —no sabía como seguir—, pensaba que…

—No es nada, era algo complicado —respondió Julia mientras bajaba la mirada.

Tenía razón, era algo complicado, muy complicado, y la cabeza de Julia no pudo evitar llenarse de recuerdos de aquella tarde dos semanas atrás.

Dos semanas antes…

Julia e Isaac se sujetaban las manos sentados en un banco. Era finales de marzo y, pese a que todavía hacía algo de fresco, hacía un día espléndido y soleado. La pareja parecía ajena a todo su entorno, sólo tenían ojos el uno para el otro, ojos y lágrimas. Isaac se masajeaba el puente de la nariz, donde las gafas le habían dejado sendas marcas, estaba abatido y no podía evitar que sus ojos se humedecieran cada vez que miraba a Julia. La doctora estaba nerviosa, se mordía el labio compulsivamente y trataba de contener sus lágrimas mientras se aferraba a las manos del doctor Smithson.

—No lo entiendo, Julia.

—Lo sé, yo tampoco lo entiendo, sólo sé que te quiero.

Eso era lo peor, pensaba Isaac, que ella de verdad lo quería más que a nada.

—Ojalá no lo hicieras, sería más fácil.

Julia no sabía que decir para mitigar el dolor del que hasta esa tarde había sido mentor, compañero, amigo y también pareja. Estaba bloqueada, no entendía sus emociones y, sin embargo, ahí estaba, tratando de consolar a Isaac con su sola presencia.

—No sé si somos nosotros, si es la presión del proyecto o si se me pasará —dijo Julia, y de verdad no sabía lo que le sucedía.

Isaac vio el sufrimiento por el que estaba pasando la doctora y la impotencia y el abatimiento se adueñaron de su cuerpo. Se había prometido hacer feliz a esa mujer y era incapaz de ayudarla cuando más lo necesitaba. Miró esos oscuros ojos y acarició su negro pelo como tantas otras veces había hecho después de que hicieran el amor, no podía quererla más.

—Lo siento, Isaac…

El doctor negó en silencio, sentía la presencia de una nueva oleada de llanto y trató de reprimirla como pudo.

—No lo sientas. Me has hecho muy feliz —se detuvo para coger aire— es hora de que te devuelva algo de lo que me has dado.

Julia calló, sufría enormemente y, pese a ello, encontraba fuerzas para preocuparse por Isaac. En verdad habían sido felices, pero ya no tenía la misma ilusión y no entendía por qué.

—Siempre me vas a tener —dijo Isaac—. Aunque eso signifique que yo no pueda tenerte entera.

—Te quiero… pero no puedo. Quizás cuando vuelva de Austin, no lo sé —contestó Julia.

—No vas a ir a Austin, es demasiado peligroso, todavía no sabemos nada de Amandine y no puedo ponerte en peligro, a ti no.

Julia trató de decir algo, de rebelarse, de no aceptar esa orden, pero Isaac no le dejó abrir la boca.

—Iré yo, serán mis vacaciones —dijo tratando de quitarle hierro al asunto—. Podremos hablar más tranquilos a mi vuelta.

Julia se rindió al encanto del doctor, sabía como convencerla. Asintió con la cabeza.

—Quiero que te apoyes en mí, quiero que estés bien, quiero que nos ayudemos, quiero…

Julia trató de seguir exponiendo sus peticiones, pero los labios de Isaac sellaron los suyos propios y ambos se besaron largamente. No podían saber que ese beso era el último, unos días más tarde Isaac moriría en Austin dedicándole sus últimos pensamientos a la mujer que no fue capaz de hacer feliz, sólo quedarían sus cartas para acompañarla.

Lejos de EE.UU, en un apartamento en Salamanca, la doctora Murillo lloraba sintiéndose demasiado pequeña para todo lo que tenía que cargar. Samuel la miraba reconociendo el intenso dolor que acompaña a la pérdida de un ser amado, sabía demasiado bien lo que se sentía.

ARTEMISA (VI)

Publicado: 16 julio, 2013 en Relatos
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PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

CUARTA PARTE

QUINTA PARTE

Un mes antes de la huída de Julia del hospital…

Amandine se mordió el labio con fuerza, dolía, pero era necesario para no gritar. Estaba empapada en sudor y tenía un par de mechones rubios pegados en la frente. Una nueva embestida y tuvo que morder con más fuerza, deseaba gritar, necesitaba gritar y dar rienda suelta a todo lo que sentía. Sobre Amandine, Cédric se movía con fuerza y se introducía en ella una y otra vez. La cabeza le daba vueltas y clavó sus uñas en la espalda de él, dejando varios surcos enrojecidos que, lejos de doler, aumentaron la excitación del hombre.

Morderse el labio ya no funcionaba, los gritos empezaron a sucederse, tímidos al principio, hasta acabar en un torrente justo cuando Amandine alcanzó el orgasmo. Cédric relajó el ritmo dándole una pausa a la exhausta mujer que respiraba entrecortadamente. Amandine mantuvo los ojos cerrados y notó cómo su amante salía de su interior, sintió dureza y calor entre sus muslos y empezó a experimentar de nuevo la necesidad de que Cédric volviera a hacerle el amor.

Las manos de él sujetaron su cara y las bocas de ambos se fundieron en un húmedo beso que pareció no tener fin. Se quedaron así, mirándose a los ojos, durante unos segundos mientras se comían con la mirada. Amandine pasó sus manos por el pecho de Cédric y siguió acariciándolo hasta llegar a la entrepierna de éste. Agarró su miembro, que ardía todavía, y lo dirigió de nuevo a su interior mientras mordía ahora el labio de él.

Comenzó de nuevo el baile pero, esta vez, Amandine se incorporó y giró hasta colocarse encima de Cédric. Quería tener el control, quería besarlo y deseaba verlo disfrutar. La pelvis de la mujer se sacudía cada vez más rápido y ésta no hacía ningún esfuerzo por ahogar los gemidos. Cédric la sujetaba por las nalgas y se incorporaba lo justo para morder los duros pezones de Amandine que soltaba grititos de placer. La mujer bajó la vista y los ojos de ambos se encontraron en una pausa entre beso y beso.

—Te quiero —dijo Amandine mientras lo tumbaba y se aferraba a sus muñecas.

—Y yo a ti —contestó Cédric dejándose dominar.

Los gemidos de ella se mezclaban ahora con los de él, que parecía estar aguantando a duras penas. Amandine disfrutaba viéndolo así, completamente a su merced y teniendo todo el control. Lo miró con una media sonrisa.

—Quiero que lleguemos a la vez —le dijo.

Cédric asintió y se dejó llevar, era ella la que marcaba los tiempos. Se sucedieron varios cambios de ritmo, siempre justo antes de que uno de los dos alcanzara el orgasmo. El juego se repitió un par de veces hasta que la espera fue inaguantable. Ambos se miraban fijamente, se conocían lo suficiente como para interpretar las señales.

—Ahora…—gimió Cédric a la vez que la cogía por el cuello y la atraía hacia sí.

Sus caras se juntaron y ambos gritaron casi al mismo tiempo antes de que sus cuerpos se relajaran por completo. Amandine se recostó a un lado, empapada en sudor y besando el cuerpo de Cédric mientras éste acariciaba distraído el cabello de ella, estaban en paz.

Dos horas más tarde, una Amandine totalmente limpia y arreglada miraba con ternura dormir a Cédric. Roncaba como un oso, era verdaderamente difícil dormir a su lado, pero era su oso y se había acabado acostumbrando. Miró el reloj, todavía estaba a tiempo de acercarse a la feria antes de hacer lo que tenía que hacer.

Grenoble era una ciudad de tamaño medio que crecía a la sombra de los Alpes franceses. Amandine había vivido allí los últimos cinco años, desde que el proyecto Artemisa la había destinado a ese sector. Su vida era tranquila, tenía un buen sueldo, había hecho grandes amistades y, sobre todo, se había enamorado hasta los huesos de Cédric, el amor de su vida. Ella nunca había creído en el destino, pero el encuentro entre ambos tuvo que ser fruto de algo más fuerte que la casualidad. Amandine estaba desempacando en su nuevo hogar y vio llegar a Cédric al apartamento de enfrente, iba cargado de cajas de mudanza ya que era también su primer día en la ciudad. Pasaron varios días ayudándose mutuamente a reorganizar sus nuevas viviendas y, cuando todo estuvo terminado, estrenaron ambos dormitorios haciendo el amor durante horas. Sí, pensó Amandine, estaba escrito que los dos llegaran a la misma ciudad y al mismo edificio ese preciso día.

Absorta en sus pensamientos y llena de felicidad llegó hasta la feria que, como cada marzo, habían montado en un extremo de la ciudad. Hoy era un día importante para el proyecto, el fruto de tantos años de esfuerzo estaba al alcance de su mano, sólo había que alcanzarlo y darle un bocado. Sonrió, hasta el doctor Smithson había alabado su trabajo como desarrolladora bioquímica. Hoy era importante porque debía pasar el testigo, había cumplido con su parte y ahora comenzaba la fase más delicada del proyecto a cargo de la doctora Murillo.

Amandine metió la mano en su bolsillo y apretó con fuerza el pendrive que contenía el futuro de la humanidad. Se acercó a un puesto cercano y compró una jugosa manzana de caramelo, se merecía un poco de dulce después de estos años. Se giró y sus ojos se encontraron con los de un hombre trajeado que parecía enfermo de lo delgado que estaba. Amandine se sobresaltó, juraría haber visto a ese desconocido al salir de casa, no era una persona difícil de reconocer. Trató de que su rostro no reflejara la sorpresa y cambió sutilmente su rumbo, internándose en la feria para intentar perder a su perseguidor.

Los ruidos de las garitas y las atracciones amortiguaban cualquier otro sonido así que Amandine era incapaz de saber si alguien la seguía o no. Sujetaba con fuerza la memoria USB en su bolsillo y su mente trabajaba a toda velocidad en busca de una solución, la información que llevaba encima no podía caer en malas manos. Giró sobre sus talones y no vio a nadie tras ella, al menos tenía unos minutos. A pocos metros se encontraba la clásica atracción en la que te mueves en círculo a la vez que botas, “El Canguro” se llamaba. Amandine se apresuró a llegar hasta allí y, después de comprar un boleto, se acomodó en uno de los vagones.

La maquinaria se puso en marcha y Amandine comenzó a girar y a elevarse, fue desde las alturas desde donde vio al hombre trajeado que esperaba sin quitarle la vista de encima. La asustada mujer se sabía perdida, pero no estaba dispuesta a no cumplir con su misión. Los botes comenzaron y Amandine aprovechó el movimiento para sacar de su bolsillo el pendrive e introducirlo en un recoveco del vagón en el que se encontraba. Se tomó un tiempo asegurándose de que quedaba oculto y bien fijado antes de sacar el teléfono y escribir un escueto mensaje: Canguro, vagón 19. El destinatario era Isaac Smithson.

Cuando por fin bajó de la atracción no había rastro de su perseguidor. Tenía que estar al acecho, Amandine estaba segura, pero no podía verlo entre la creciente muchedumbre. Se abrió paso alejándose del lugar y, de repente, una mano la agarró con fuerza del hombro y tiró de ella.

—¡No, suéltame! —gritó, presa del pánico.

El hombre que la sujetaba se acercó y la hizo girar para quedar cara a cara, era Cédric.

—Amandine, tranquila, soy yo. ¿Qué sucede? Quería darte una sorpresa, pero pareces asustada.

Amandine se abrazó a su hombre y se serenó en unos pocos segundos.

—Tienes que creerme, por favor. Hay un hombre que me está buscando y es vital que no me encuentre. Es vital, Cédric —dijo mirándolo con seriedad.

Cédric la observaba sorprendido pero sin rastro de burla en su cara. Meditó un momento y le cogió la mano.

—Ven, nos esconderemos —le dijo mientras la llevaba a unas tiendas de lona algo apartadas.

La pareja se alejó del barullo de la calle central y se detuvo tras uno de los tenderetes. Cédric miró a ambos lados para comprobar que nadie los observaba, levantó un faldón de la tienda y le hizo un gesto a Amandine para que entrara dentro. La chica pasó y trató de acostumbrar sus ojos a la oscuridad.

— ¿Cédric? —preguntó al notar un movimiento tras ella.

— Chss, estoy aquí.

Amandine iba a suspirar de alivio cuando notó algo que le tapaba la boca y las fosas nasales. Era un pañuelo y por el olor parecía impregnado en cloroformo. La vista se le nubló y apenas mantenía la consciencia cuando Cédric se acercó a ella.

— ¿Qué puedo decir? Estaba escrito —le dijo, burlón.

Segundos más tarde, el esquelético hombre trajeado retiraba ºel pañuelo de la boca de Amandine que yacía inconsciente sin saber qué futuro les aguardaba a ella y al proyecto Artemisa.

PRESENTE

Publicado: 9 julio, 2013 en Relatos
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El chico de las pecas abre los ojos con dificultad, acerca la mano a la mesilla de noche y busca el teléfono móvil. Suena la melodía de Bob Esponja, son las seis de la mañana y hay que despertarse. Desconecta la alarma y vuelve a cerrar los ojos, cinco minutos más, piensa. El teléfono no suena pasados cinco minutos, ni quince, ni treinta, ni dos horas. El chico de las pecas se despierta a las ocho y maldice, grita e insulta a un hipotético ente que le ha jugado una mala pasada.

El café se ha acabado y el chico de las pecas tiene que beber leche a toda velocidad. No tiene tiempo para una ducharse, se mira en el espejo y espera que no se note su cara de dormido. Por si las moscas, se frota los ojos con agua y, ya puestos, se echa también en las axilas. No huele a rosas, pero tendrá que bastar.

Suena el teléfono, otra melodía, y el chico de las pecas decide ignorarlo, ya sabe que va tarde. Se pasa insistentemente un desodorante de roll on casi acabado, no renuncia a estar mínimamente presentable. Se viste todo lo rápido que puede, pero las prisas lo llevan a equivocarse una y otra vez. Al final, tarda más del doble y la paga con los calcetines, de alguien tiene que ser la culpa.

Sale de casa y cierra con llave. El teléfono vuelve a sonar y el chico de las pecas piensa que son unos pesados, que está en camino. Llega al garaje, casi vacío debido a las horas que son, y se monta en su austero coche de segunda mano. El piloto de la gasolina parpadea, el chico de las pecas echa un cálculo mental rápido y concluye que puede ir y volver al trabajo sin necesidad de repostar.

La autopista está también más transitable, conduce rápido y cantando a pleno pulmón canciones malas de verbena. Vuelve a animarse, pero no deja de lanzar miradas furtivas al reloj. Va a tener que lamer algún culo para que no le vuelvan a expedientar, ¡qué remedio!

Vuelve a conducir por la ciudad, a unas pocas calles de su sucursal, y el tráfico cada vez es más denso y lento. Suena “Volaré” en su reproductor de CD y el chico de las pecas pasa de canción, esa le trae malos recuerdos. Se impacienta y no puede evitar tocar el claxon y hacer aspavientos a los demás coches. Dobla la esquina y ve un sitio libre, es mi día de suerte, piensa. Se baja del coche y medio anda medio corre hasta que llega donde estaba su trabajo. Donde antes estaba la sucursal bancaria en la que trabaja, ahora se abre un inmenso boquete negro rodeado de policía, ambulancias y bomberos.

El chico de las pecas mira los restos de la explosión entre sorprendido y enfadado. Qué mala suerte, se dice a sí mismo, podría haber dormido hasta tarde.

DOS REVÓLVERES (V)

Publicado: 6 julio, 2013 en Relatos
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PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

CUARTA PARTE

El polvo inundó la estrecha vivienda y provocó las toses de las dos personas que habían atravesado el techo. El lugar parecía estar vacío y nadie había acudido a ver la fuente de tanto ruido. Braulio el Rojo, que aún sufría la herida de su espalda, había caído sobre el cuerpo de Tomás pistola pesada que se hallaba desorientado debido al golpe. Por la cabeza de Braulio desfilaron los últimos acontecimientos a los que había tenido que enfrentarse, la traición de Tomás, el ataque de sus propios hombres, la huida de El Oeste y el abrupto final de ésta cuando habían caído en el interior de esa casucha.

A Braulio no le había sorprendido el intento de asesinato de Tom, era cuestión de tiempo que el pistolero quisiera calzar unas botas más grandes. Siempre se había preguntado cómo iba a enfrentarse al problema, pero no entraba en sus planes el verse en una situación como la que estaba viviendo en ese momento. Un balbuceo de Pistola pesada lo devolvió a la realidad, Tomás estaba volviendo en sí y no tardaría en intentar acabar lo que había empezado en el saloon de Braulio.

Tom abrió los ojos sin saber muy bien dónde estaba. Sabía que yacía en el suelo de algún lugar y que un gran peso en su espalda le impedía moverse. Trató de decir algo pero fue incapaz de articular palabra, notaba la mandíbula dolorida y en la boca tenía el familiar sabor de la sangre. Hizo memoria y, poco a poco, los acontecimientos volvieron a su cabeza. Siguiendo el mismo hilo de pensamiento que Braulio había utilizado ya, Pistola pesada llegó hasta el momento de la caída y supo de inmediato qué era lo que tenía en la espalda, supo que El Rojo estaba sentado sobre él.

Tom se revolvió y trató de girar la cabeza, pero un fuerte puñetazo le volvió la cara una vez más contra el suelo. Saboreó la tierra y escupió un diente empapado en saliva y sangre. Una mano le aferró el pelo y tiró de su cuello hacia atrás, El Rojo le giró la cabeza y le propinó un nuevo puñetazo más fuerte que el anterior. Pistola Pesada se mantuvo consciente a duras penas cuando su cráneo golpeó el suelo. A Braulio le costaba trabajo respirar, no estaba en mejor estado que Tom y, además, la herida en su espalda lo debilitaba cada vez más. Fue esa debilidad la que jugó a favor del vapuleado Tomás que, en el siguiente puñetazo, pudo escurrirse a tiempo y consiguió desequilibrar a su atacante.

Braulio aflojó por unos segundos la presión que ejercía sobre el cuerpo de Tom y éste aprovechó la ventaja para patear al Rojo en el estómago. El pistolero calvo soltó un bufido mientras se llevaba las manos al vientre y tuvo que retroceder unos pasos para recuperarse. La lógica dictaba que Tomás aprovechara ese momento para atacar con más fuerza, pero él también necesitaba un momento de sosiego para establecer la estrategia más adecuada.

Ambos contendientes se evaluaban mutuamente sin acercarse lo suficiente como para recibir un nuevo puñetazo. Tom vio un brillo por el rabillo del ojo y se giró hacia el lugar del que provenía. Semienterrado entre los restos del techo se hallaba el revólver de Braulio, cargado y a punto de disparar. Algo en su expresión debió delatar a Pistola pesada porque El Rojo se percató del descubrimiento y se abalanzó sobre la pistola. Tom no tuvo la velocidad suficiente como para anticiparse y, para su desgracia, se vio encañonado por un sonriente Braulio que lo miraba con desdén.

—Mira, Rojo…

—¿Mira? ¿Me vas a explicar el por qué? —cortó Braulio.

Tom se quedó inmóvil, sin despegar la vista del cañón de la pistola. El Rojo amartilló el arma.

—Me importa una mierda el por qué, empezabas a ser un problema, Pistola, y vas a dejar de serlo esta misma mañana.

El tambor del revólver se alineó y Tom cerró los ojos esperando el disparo. El sonido que escuchó fue muy diferente, como un golpe metálico, y, al abrir los ojos, se encontró con una muchacha desaliñada que empuñaba una sartén frente al cuerpo inconsciente de Braulio el Rojo.

—¿Quién? —atinó a preguntar Tom antes de recibir un doloroso golpe en la cabeza.

Una atractiva mujer judía de piel y pelo morenos se acercó hasta la niña y le dio un cariñoso beso. A continuación, ambas se aprestaron a atar a los dos pistoleros inconscientes.

Continuará.

ARTEMISA (V)

Publicado: 2 julio, 2013 en Relatos
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PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

CUARTA PARTE

Amanecía en Salamanca y la gente salía de sus casas para dedicarse a sus asuntos. Un rayo de sol se filtraba por la ventana de uno de los pisos en la zona antigua y llenaba de luz la habitación en la que dormía Julia. Era un dormitorio austero, con una cama de matrimonio y un armario empotrado, pero muy bien decorado. De las paredes colgaban imágenes de distintos lugares del mundo, Nueva York en el cabecero, Pekín junto al armario y una panorámica del Machu Picchu presidiendo la pared frente a la cama. Las cortinas filtraban la luz del sol y le daban un tono ambarino que resultaba muy relajante, Julia dormía en paz.

La puerta de la habitación se abrió en silencio y un hombre entró procurando no hacer ruido. Llevaba una bandeja con varios platos llenos de repostería, un vaso de zumo y un par de cajetillas de medicamentos. Dejó el desayuno encima de la mesilla de noche y se sentó en el borde de la cama junto a la doctora Murillo. El peso en el colchón perturbó a Julia que se giró despacio mientras trataba de abrir los ojos. La imagen borrosa de una cara se acercó a ella y una áspera mano le retiró el pelo de la cara. Julia no se resistió, no tenía fuerzas, y se esforzó por aclarar su visión y ver quién estaba sentado junto a ella. Poco a poco fue viendo las facciones de su acompañante, las orejas pequeñas, la mandíbula algo prominente, la nariz aguileña con la que tanto se metía… El corazón le dio un vuelco cuando se dio cuenta de que, sentado junto a ella, estaba Isaac acercándole un vaso de zumo y una pastilla. Sus ojos recobraron la nitidez y el susto inicial dio paso a un sentimiento de decepción. No era Isaac, se parecía, pero el pelo del desconocido tenía menos canas, sus ojos eran más oscuros y no tenía las numerosas arrugas de preocupación del doctor Smithson. Era, pensó Julia, tal y como debía haber sido su querido Isaac con veinte años menos.

— Toma, es un analgésico —le dijo el Isaac joven mostrando la píldora.

— ¿Dónde estoy?

El hombre ignoró la pregunta, pasó su mano por el cuello de Julia y la ayudó a incorporarse para que pudiera tomarse la medicina. La doctora no insistió en su pregunta y se dejó ayudar, no tenía ganas de pelear con nadie más. Cuando hubo terminado, volvió a recostarse y miró inquisitiva al desconocido.

— Me llamo Samuel —se calló, incómodo—, Samuel Smithson. Isaac es…era mi hermano.

Julia lo miró sin dudar de su palabra, no podía negarse el gran parecido entre los dos hombres, sin embargo, Isaac nunca le había hablado de él, hasta donde ella sabía, era hijo único.

— Lo siento, Isaac nunca… — comenzó a decir.

— No estábamos lo que se dice unidos, es una larga historia —cogió un croissant de la bandeja y le dio un mordisco—. Llevábamos casi siete años sin hablar hasta que, hará cosa de un mes, me llamó para vernos.

La mente de la doctora trataba de encajar esta nueva pieza del puzle. Un mes, si la memoria no le fallaba fue entonces cuando Amandine desapareció. La policía francesa archivó el caso sin darle mayor importancia, pero en el seno del proyecto Artemisa supieron ver el gran peligro que los acechaba. Samuel continuó hablando sin saber todo lo que pasaba por la cabeza de Julia.

— El caso es que quedamos una tarde, me pidió perdón y me habló de ti —Samuel miró son seriedad a Julia—. Nunca lo había visto así, Julia, te quería de verdad, lo siento.

— Yo también lo quería —contestó conteniendo las lágrimas—, ¿no te dijo nada más?

— Eso fue lo único que hablamos. Hasta que, hará unos días, recibí una carta de lo más extraña —abrió el cajón de la mesilla y sacó un sobre idéntico al que había recibido Julia en el hospital—. Aquí está —dijo mientras desplegaba el folio y comenzaba a leer—.

«Iré al grano, Samuel, si estás leyendo esto es porque estoy muerto. Sé que no vas a llorarme, no te culpo, yo tampoco me lloraría después de cómo me he portado contigo. No intentaré explicarte mis razones, sólo quiero que sepas que lo siento y que siempre quise lo mejor para ti.

Mi muerte es sólo un pequeño accidente en un acontecimiento que supera todo lo que hayas vivido. Escribo esta carta sin miedo, sabiendo que es muy posible que mi vida termine en los próximos meses y buscando la manera de ayudar cuando ya no esté entre los vivos. No eres el único que ha recibido esta carta, hay otros, en varios países, que tendrán noticias similares con instrucciones para continuar con el proyecto. Tu papel es el más importante para mí, debes proteger a Julia de aquellos que tratarán de acabar con su vida. No tengo derecho a pedirte nada, pero debes entender que la humanidad depende de que Julia consiga terminar su trabajo. Habla con ella y lo entenderás.

Desconozco la prisa que se darán para acabar con ella, debes adelantarte. Te escribo aquí los lugares más probables en los que puedes encontrarla y añado una fotografía reciente para que sepas reconocerla.

Siento todo lo que pasó.

Isaac.»

Julia no pudo contener más el llanto y lloró en silencio. Lloró a la vez que dejaba marchar para siempre la esperanza de que Isaac siguiera vivo en alguna parte. Hasta ahora había pensado que quizás todo era un error, pero las dos cartas habían roto sus ilusiones en mil pedazos.

Samuel guardó la carta de nuevo en la mesilla y Julia se fijó más detenidamente en su rostro. Tenía la cara de estar cansado, probablemente no había dormido desde el día anterior. No parecía estar excesivamente triste, más bien se le notaba resignado al destino de su difunto hermano, ¿qué habría pasado entre ellos?

— El caso es —prosiguió Samuel— que te busqué en tu casa y me enteré de la explosión. Tuve que averiguar en qué hospital estabas y tendrías que ver mi cara cuando una loca en bata, que resultaste ser tú, casi se come el parachoques de mi todoterreno. No parecía que quisieran dejarte marchar, ¿no?

— Es complicado… —dijo Julia como única respuesta.

Se produjo un silencio en el que parecía que cada uno estuviera decidiendo si confiaba o no en el otro. Samuel se llevó otro croissant a la boca y trató de cambiar de tema.

— Deberías desayunar.

— No tengo mucho hambre —dijo mientras se incorporaba y se sentaba en la cama—, aunque ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que comí algo.

Julia se miró el cuerpo, ya no llevaba la bata, en su lugar tenía un bonito pijama de mujer y sus heridas tenían buen aspecto, se veían limpias y curadas. La doctora Murillo le dirigió una mirada inquisitiva a Samuel que se ruborizó de inmediato.

—No miré nada, lo prometo, pero no podía dejarte dormir con lo que llevabas puesto.

—¿Me curaste tú? —preguntó ella, sorprendida.

—Sí, bueno, te limpié los cortes y te puse un par de puntos. No son perfectos, es lo mejor que podía hacer. ¿No lo recuerdas?

Julia dudó un momento mientras trataba de hacer memoria.

—Algo… —le venían imágenes inconexas a la mente— ¿Qué eres, médico?

Samuel no pudo evitar soltar una carcajada y, por un momento, el cansancio de su rostro pareció desaparecer.

—No, no, no. Soy fotógrafo, me gusta la escalada y he tenido que ir aprendiendo a buscarme la vida —Samuel se levantó de la cama—. Intenta dormir un poco más, yo voy a echarme en el sofá. Cuando te sientas con fuerzas podemos seguir hablando, te he dejado algo de ropa preparada, era de… —una sombra de tristeza pasó por su cara— no importa, te quedará bien.

Julia no sabía que decir, realmente necesitaba recuperar fuerzas y Samuel parecía decir la verdad, no podía negar su parentesco con Isaac, eso desde luego.

—Samuel.

Samuel se giró de nuevo hacia la cama.

—Gracias.

El hermano de Isaac le contestó con una encantadora sonrisa y salió del dormitorio cerrando la puerta tras de sí. Julia se acomodó en la cama y cerró los ojos, el sueño se adueñó de ella al momento y se durmió debatiéndose entre contarle o no a Samuel los secretos del proyecto Artemisa.

TIERRA

Publicado: 30 junio, 2013 en Relatos
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La menuda criatura observaba el chalet, oculta entre los arbustos. Medía poco más de cincuenta centímetros y su pequeño cuerpo era un amasijo de pliegues y arrugas. Era un duende de tierra clásico, tal y como han sido todos los duendes de tierra siempre: pequeños y arrugados, como la tierra de la que proceden. Este duende en concreto era lo que nosotros llamaríamos un macho, aunque eso tiene poca relevancia para ellos, y vestía lo que parecían ser unas bermudas verdes con un chaleco a juego. El material de la ropa no se parecía a ninguno de los empleados en prendas humanas, era más bien una suerte de musgo o liquen.

No había ni una sola luz en la vivienda que el duende observaba, la oscuridad reinaba y los sonidos del campo poblaban la noche. La criatura movía inquieta sus nudosas manos sin despegar en ningún momento sus diminutos y brillantes ojos del moderno chalet. Respiró hondo dejando que sus pulmones se llenaran del aroma del verano y espiró sintiéndose mucho más relajado. Dio un pasito hacia delante y se encontró totalmente expuesto a unos veinte metros de la puerta principal de la casa. Una ventana se iluminó y el duende se quedó petrificado en el sitio fundiéndose con el entorno gracias a su camuflaje. La luz desapareció y el pequeño intruso avanzó con pasos cortos y rápidos hasta que se plantó frente a la entrada.

La criatura no trató de alcanzar el pomo de la puerta, no podía entrar por ahí y lo sabía (las criaturas mágicas como los duendes de tierra no pueden abrir puertas construidas por los humanos). Esta limitación no los mantiene aislados, ni mucho menos, existen infinidad de portales adaptados a cada especie mágica y todas ellas saben cómo utilizarlos. El duende de tierra se dirigió hacia un punto cercano del porche y palpó la pared de la casa. Sus manos se deslizaron por el recubrimiento de madera hasta que llegaron a un punto en el que las placas se habían separado dejando el desnudo ladrillo al descubierto. La criatura juntó las palmas de las manos y empezó a frotarlas con determinación. Un tenue brillo verdoso se extendió desde sus dedos hasta sus muñecas, en ese momento separó las palmas y las posó con suavidad sobre el ladrillo de la pared. El duende, al igual que el ladrillo, era hijo de la tierra y, al encontrarse ambos, se fundieron en uno y la criatura atravesó la pared. Reapareció en el interior de la casa todavía con ese áurea mágica iluminando tenuemente toda la estancia. Conocía el lugar a la perfección y se encaminó con presteza hacia la habitación que tantas otras veces había visitado.

El dormitorio estaba al lado del salón, al fondo de un largo pasillo con fotos familiares en las paredes. Por suerte para el duende, la puerta de este cuarto siempre estaba entreabierta así que pudo deslizarse dentro sin necesidad de utilizar su magia. La excitación se apoderó de nuevo del pequeño duende mientras se acercaba a la única cama de la habitación y trepaba por ella. Los movimientos de la criatura eran silenciosos y lo único que se oía era la respiración de la persona que dormía en el lecho. Cuando llegó hasta arriba, al duende le brillaron los ojos como la primera vez que la había visto jugando en el jardín. En la cama dormía Clara, una preciosa niña de siete años con una tupida mata de pelo rizado y negro como el azabache.

El duende suspiró tiernamente y se aproximó a la cabecera de la cama, a la cabeza de Clara. Cuando estuvo a su misma altura se quedó embobado viendo a la niña respirar rítmicamente. Con una de sus nudosas manos le apartó un rizo que le caía sobre la cara, se acercó y le dio un tímido beso en la mejilla. El duende no se demoró más rato, le colocó a Clara bien la manta y descendió hasta el suelo una vez más. Una última mirada con sus ojillos brillantes le bastó como despedida antes de abandonar el dormitorio de la niña. Justo cuando el duende volvía a salir a la negra noche, Clara se despertaba en su cama y respiraba el familiar olor a tierra húmeda que siempre olía por las noches, después volvía a cerrar los ojos sintiéndose protegida y feliz.

DOS REVÓLVERES (IV)

Publicado: 28 junio, 2013 en Relatos
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PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

El saloon El Oeste estaba situado en la avenida principal de Nuevo Pico. Era uno de los muchos pueblos que se habían fundado como lógica consecuencia de la exploración al norte del río Cristal. Se llamaba Nuevo Pico aunque, en realidad, no había un Viejo Pico. Al parecer, el adjetivo “nuevo” provocaba en la gente un sentimiento positivo, era una cuestión de integración. Nuevo Pico no era demasiado grande, los edificios principales se agolpaban a ambos lados de una recta avenida que atravesaba todo el poblado, el resto de viviendas y negocios más oscuros se extendían a las espaldas de las edificaciones importantes. El Oeste era el lugar al que uno acudía si buscaba alcohol barato o putas, era un local esencial.

Esa mañana, la embarrada calle no estaba muy transitada y apenas diez personas pasaban frente al Oeste cuando, después de oírse varios disparos, la ventana del segundo piso estalló lanzando una lluvia de cristales a la avenida. Se oía un gran revuelto en el interior del bar y una voz femenina destacaba entre todas las demás. Por el hueco de la ventana asomó la inconfundible cabeza calva de Braulio el Rojo que, empuñando su revólver, consiguió sacar el cuerpo hasta el tejadillo que rodeaba el edificio. Los bordes de la ventana tenían restos de cristal y, al salir, Braulio se hizo un profundo corte en la espalda.

Tomás Pistola pesada aguardaba en el interior del dormitorio del Rojo y escuchaba perfectamente los pasos de los perseguidores que subían desde el piso inferior. Vio a Braulio salir y sonrió con malicia cuando éste gritó de dolor por el corte que se había hecho en la espalda. Entre seguir a su enemigo o enfrentarse a los desconocidos, Tom escogió la primera opción y siguió a Braulio hasta el tejadillo. El Rojo no estaba dispuesto a esperarlo y ya se encaminaba hacia el tejado del edificio colindante. Pistola pesada, en vez de ir tras él inmediatamente, arrancó un largo trozo de cristal y se colocó a un lado de la ventana esperando. No pasaron ni treinta segundos cuando uno de los perseguidores apareció por el hueco que daba al tejado. Tom se movió como un relámpago y clavó en el cuello del atacante su improvisado cuchillo. El hombre herido intentó decir algo pero de su boca sólo salió sangre. Tomás se apresuró a alcanzar a Braulio que, herido como estaba, no le había sacado mucha ventaja.

La tosca avenida de Nuevo Pico se había llenado de curiosos que, atraídos por el jaleo, habían acudido en busca de un buen espectáculo. Pistola pesada miró a la calle y vio como un grupo de perseguidores salía del bar y preparaban sus armas. Un rápido vistazo le bastó a Tom para ver las caras de los pistoleros, estaban allí Guillermo el Gordo, Basilio, otro del que no recordaba el nombre y Luis Sonrisas. Eran los hombres del Rojo pero, ¿por qué atacaban a su jefe? No pudo darle más vueltas al enigma porque una andanada de disparos pasó a su lado astillando la fachada del Oeste. Saltó al edificio donde se encontraba Braulio y ambos hombres se enfrentaron visualmente sabiendo que no podían confiar el uno en el otro. Una nueva ráfaga de balas silbó sobre sus cabezas y les hizo ponerse en marcha. Giraron y se dirigieron a la zona judía de Nuevo Pico, un laberinto de casuchas y callejones sin salida que comenzaba en la parte trasera del Oeste. Afortunadamente los tejados estaban muy juntos y la mayor parte de las veces no les hacía falta ni saltar, les bastaba con alargar la zancada y vigilar bien dónde pisaban.

No tardaron en aumentar la distancia con sus perseguidores, ya no escuchaban disparos ni gritos. Tom estaba a punto de preguntarle al Rojo por el próximo paso cuando, al pisar un techo de madera, el suelo se hundió bajo sus pies y ambos fugitivos cayeron dentro de una de las muchas casuchas en la zona judía de Nuevo Pico.

Continuará.

FINAL FELIZ

Publicado: 26 junio, 2013 en Relatos
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La gente chocaba entre sí tratando de abandonar el salón del banquete. No les importaba a quién se llevaban por delante o de quién era la mano que acababan de pisar, huían y lo único que contaba era encontrar la salida. Diana era la única persona que seguía sentada, no en su sitio ya que ahora estaba en la mesa de los novios, pero sentada y tranquila. No tenía miedo, ¿de qué?, pero sí que le rugían las tripas por el hambre. Recorrió con la mirada la hilera de platos que tenía enfrente y se centró en el magret de pato. Se sirvió una generosa ración y regó la carne con una densa salsa de frambuesas, el estómago le daba saltos y su boca ya preparaba la saliva necesaria para degustar el plato.

Mientras comía, la sala se vació del todo. Se respiraba paz y Diana estaba feliz como no lo había estado desde… no se acordaba desde cuando. La verdad es que cuando Mario la dejó por su nueva novia, se había hundido en la miseria y no había sido capaz de levantar cabeza. Habían pasado juntos los últimos siete años, haciendo planes y pensando en el futuro, no entendía qué había visto en esa otra fulana para echarlo todo por tierra. Diana sonrió al pensar en Laura y sus grandes tetas, seguro que era eso lo que había llamado su atención.

Diana rebañó la salsa del plato hasta que quedó como recién salido del lavavajillas. Se había quedado totalmente satisfecha, lo único que echaba de menos era fumarse un cigarrillo. ¿Y si…? Total, no había nadie, no le iban a decir nada. Sacó un paquete de tabaco y se llevó un cigarro a la boca, dudó una vez más y se decidió a encenderlo. ¡Qué bien se sentía!

Los últimos meses de dolor e inseguridad parecían muy lejanos en ese momento. En esa mesa estaba en paz, feliz y satisfecha, estados de ánimo que había perdido cuando le llegó la invitación a la boda de Mario. Se había llegado a autolesionar en el arrebato de rabia que le entró y que sufrieron tanto familiares como muebles. ¿Por qué la invitaba? ¿Quería terminar de destruirla, de romperle el alma? Pues Diana no pensaba quedarse en casa y darles ese gusto a los recién prometidos. Había decidido acudir y demostrarle a Mario que había nacido una nueva Diana que era capaz de poner orden en su vida.

El cigarro se consumió mientras Diana rememoraba esos días difíciles que la habían llevado a ese momento. Sí, había merecido la pena. Apagó la colilla en la salsa de frambuesa y se limpió la comisura de los labios con una elegante servilleta de tela, acto seguido, se levantó y, tratando de no pisar la sangre, sorteó los cuerpos sin vida de Mario y su esposa Laura. Se detuvo un momento a mirarlos, ambos tenían los ojos todavía abiertos por la sorpresa y sendos agujeros de bala en la cabeza. Sí, pensó Diana, lo cierto es que hacían buena pareja.