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Juegos Comillas

En primer lugar me gustaría desear a todos los visitantes de este blog un feliz año 2014. Será cosa mía, pero se prevé un gran año que no dejará indiferente a nadie. Me disculpo por el largo silencio al que os he sometido, merecerá la pena cuando sepáis de mi nuevo proyecto (o nueva locura, según se mire), las novedades para final de mes, prometido.

Entrando en faena ya, como recordaréis formo parte de un interesante proyecto que agrupa a escritores noveles llamado Escritores con Comillas. Este diciembre pasado comenzó una competición, amistosa por supuesto, entre los miembros de esta comunidad. Los primeros Juegos de las Comillas nacieron con la intención de enfrentarnos a lo largo de diferentes pruebas hasta que sólo quede uno. Más información sobre la competición aquí.

Llegó la primera prueba y estas fueron sus instrucciones:

Escribir un relato corto basado en el vídeo de introducción de la serie American Horror Story.

Extensión máxima 250 palabras.

Género: Terror.

Palabras de uso obligado: Bruja, Carnero, Sacrificio y Maldición.

Con tan poco margen de maniobra y mi total desconocimiento del género me dispuse a escribir algo que resultara, en el mejor de los casos, digno para ser leído. No me considero un buen escritor cuando se trata de crear atmósferas, así que decidí que el elemento principal del relato iban a ser las sensaciones. 250 palabras no dan mucho de sí, la síntesis fue un obstáculo que me tuvo en blanco durante varios días, pero con paciencia conseguí ceñirme a las instrucciones e incluso conservé intacto el comodín conseguido por grabar mi vídeo de presentación. Os dejo a continuación el fruto de mis esfuerzos y os invito a que sigáis de cerca el desarrollo de los juegos.

VÍCTIMAS

Despertó envuelto en dolor. La cabeza le daba vueltas y sentía como si mil cuchillos se clavaran en su cuerpo. Murmullos ininteligibles resonaban a su alrededor produciendo un eco que le hizo pensar en las cuevas cercanas al poblado. Le ardía la frente y era incapaz de ver nada. Intentó abrir los ojos, pero no pudo huir de la oscuridad. Se incorporó unos centímetros, pero el dolor lo devolvió con fuerza al frío mármol en el que estaba tumbado. Sólo quería ver dónde se encontraba. Levantó la mano derecha y la dirigió a su rostro torpemente debido al dolor a los grilletes que rodeaban su muñeca en carne viva. Los dedos, convertidos en muñones sin uñas, tantearon su cara tratando de abrir sus ojos, pero se acabaron hundiendo en las dos cuencas vacías que había donde antes habían estado sus globos oculares. Gritó emitiendo un sonido gutural, le habían arrancado la lengua. A su izquierda un animal bufó inquieto, posiblemente un carnero parte del sacrificio. Su corazón latía con fuerza llevando la sangre por su maltrecho cuerpo mutilado, mientras a su alrededor los cánticos crecían en fuerza anticipando el clímax de la maldición. Un gélido viento apagó las voces. La bruja le susurró al oído unas palabras ancestrales que sólo presagiaban tormento, su tormento. El cántico arrancó de nuevo en el momento en el que el cuchillo se clavaba en su estómago y lo abría en canal hasta el cuello. Siguió respirando incluso cuando la mujer devoró sus órganos palpitantes.

Espero que haya sido de vuestro agrado, cualquier crítica será bien recibida. Si queréis saber los resultados de la prueba y ver si sigo dentro de la competición tenéis aquí los resultados. Un saludo y no os perdáis la prueba nº 2.

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Valor

Publicado: 18 noviembre, 2013 en Reflexiones
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Me gusta soñar. Si por mí fuera, pasaría la vida entera durmiendo y dando rienda suelta a mi subconsciente. Tengo la suerte de que mis sueños son vívidos, que tienen color, aroma, sabor e incluso tacto. Puedo pasar de participar en una batalla espacial a besar a la chica de mis sueños —y nunca mejor dicho—. Es al abrir los ojos cuando te das de bruces con la realidad y dejas escapar un suspiro, mezcla de resignación y tristeza, antes de enfrentarte a un nuevo día. Un nuevo día que, paradójicamente, está lleno de sueños.

Sueñas con un trabajo ideal, con la casa de tus sueños, con viajes de ensueño y con despertarte al lado de la persona que da sentido a tu vida. Sueñas y sueñas. Lo malo de soñar despierto es que las cosas requieren tiempo, esfuerzo y, sobre todo, valor, mucho valor. Del tiempo ya he hablado, de la sombra que nos acecha y que sólo vemos de vez en cuando por el rabillo del ojo. El esfuerzo abunda o escasea, pero todos podemos entrenarlo hasta conseguir la ansiada constancia que hace que terminemos lo que empezamos. Es en el valor, me temo, donde me veo más desangelado.

Sueño despierto, pero hoy por hoy vivo con dos grilletes en los tobillos. Estoy atado a una realidad que me va matando, que absorbe mi energía y la escupe. Si soy honesto conmigo mismo, debo admitir que la llave de mis cadenas la tengo yo y sólo yo. El problema es el valor, la falta de él más bien. Se necesita valentía porque, en el momento que te lanzas a volar, corres el riesgo de acabar de nuevo en el suelo, esta vez con un par de huesos rotos. Faltan cojones, hablando claro, para coger el toro por los cuernos y no dejarse atrapar por reglas y convenciones absurdas que seguimos sin preguntarnos por qué.

Estudia, dedícate en cuerpo y alma a esa tarea, fórmate bien, ten un par de carreras y especialízate con un máster, aprende inglés, domínalo, encuentra un trabajo y déjate los próximos cuarenta años de tu vida allí. Resumiendo: hipoteca tu vida y tus sueños. Y lo curioso es que consideremos este plan como el mejor que se nos puede ocurrir. Pues bien, a este plan maestro sólo puedo decirle una cosa: a la mierda.

A la mierda porque, haga lo que haga, el final del camino es el mismo para todos. Da igual que dirección tomes en la encrucijada, la única diferencia será el llegar antes o después a tu destino. Y lejos de angustiarme, me tranquiliza. Me da ese valor del que tan carente ando. Y ahora sé algo que antes no sabía, que no necesito seguir el curso habitual para sentirme realizado y satisfecho con mi vida. Viajes, aventuras, amistades, romances y mil proyectos nuevos que fracasen estrepitosamente. La fecha está marcada en el calendario, una suerte de despertador programado para levantarme y hacer con mi vida lo que realmente quiero hacer. Si eso implica abandonar todo lo que he construido hasta ahora no dudaré. La gente que importa, la que realmente forma parte de mis sueños, siempre estará ahí para recoger mis pedazos.

Valor.

Paz, al fin. Las aguas se retiran, vuelven a su cauce y dejan ver los destrozos que ha causado la riada. Al ritmo del saxo y de la trompeta, improvisando una historia mil veces contada, se firman los tratados y comienza la reconstrucción. A golpe de verde, de niebla y de saxo de nuevo. Con ese balanceo típico de barco, pero en tierra firme, con los pies en el suelo. Un suelo lleno de piezas que por fin encajan. Después de darles la vuelta y de probar combinaciones imposibles, el rompecabezas parece tener solución y se intuye una imagen. Una foto o un grabado, ni yo lo sé. Forzado a ello, con mi connivencia, pero sin perder el norte. Temblores, espasmos y frío. Calor, un abrazo de casi metro y medio. Y trompeta, hoy también había trompeta.

Cassandra me manda a dormir con dulzura. ¿Miente? ¿Puede mentir un violín? Hasta la respiración cambia, paz, al fin. Después de mil domingos de batalla, después de mil consejos de guerra, llega la ansiada tregua. Cuatro pisos hoy, ocho mañana, subiendo con las piernas y con el corazón, huyendo de la prisión sin un plan de fuga definido. Un túnel errático que emerge en un bosque sin nombre en el que sólo se escuchan los ladridos de los perros. Y, de repente, ir cuesta abajo te hace llegar más alto de lo que podías imaginar hace un mes. La fuerza de la gravedad ya no consigue agravar nada.

Y se disfruta la pausa. Porque las últimas me convertían en una vieja cinta de VHS. Se disfruta hoy, se disfrutará mañana. Pausa y tempo para un concierto de trompeta, saxo y violines que por fin dicen la verdad. Una obra aderezada de verde, color que, esta vez sí, trae la esperanza.

Recuerdo, hace muchos años, cuando el futuro era tan maleable como un trozo de arcilla húmeda. Pienso en tantos y tantos planes de vida que hice y deshice una y otra vez como si se tratara de un juego. En cierta forma lo era, el juego de la vida, el de la ilusión y las ideas locas. Recuerdo también lo a menudo que acababa rodeado por gente más mayor que yo, las historias que contaban y que para mí resultaban tan incomprensibles como fascinantes. Mi mente viaja al pasado y vuelve a vivir aquella noche en la que me tomé un chupito de licor chino y presumí de resaca al día siguiente. No sabía entonces lo que era una resaca, igual que ahora no sé muchas cosas y trato de disimular mi ignorancia.

Era tan fácil vivir que teníamos que hacerlo complicado para que tuviera gracia. Pequeños detalles que se convertían en gestas heroicas que nos distraían del inminente futuro que se acercaba traicioneramente sin que nos percatáramos de ello. Viajábamos en tren y nunca mirábamos por la ventanilla. Ahora es cuando me atrevo a mirar el paisaje y, cuando veo los colores mezclarse y fundirse como si fueran acuarelas, me da vértigo lo rápido que voy.

La eterna preocupación, la obsesión más vieja del ser humano: el paso del tiempo. ¿Original? En absoluto. Soy uno más de los muchos que se asoman al precipicio y no pueden dejar de observar la oscuridad por mucho que les atenace el corazón. No hay finales felices. La misma sal que da sabor a la vida es la que escuece luego en la herida. Y yo sólo me pregunto una y otra vez ¿para qué? ¿Para qué pelear, preocuparse, luchar, rendirse, reír y llorar? ¿Qué sentido tiene este parpadeo tan breve, esta muestra gratuita de experiencias?

Corremos en una carrera que está amañada, pero no perdemos la esperanza de poder quedar primeros. No podemos. Vamos a perder, ni siquiera vamos terminar en segundo puesto, llegaremos los últimos y no habrá nadie en la meta para darnos la bienvenida. Estaremos solos porque lo único seguro es que vamos a perder todas y cada una de las cosas que nos importan. Todo lo que queremos acabará roto, oxidado y hasta los mismos recuerdos se borrarán de nuestra frágil memoria. Ese es el camino de rosas que nos toca transitar, ese es el paisaje que se ve desde este tren desbocado. Jugamos a vivir y en esta partida no vale con echar otra moneda cuando aparece Game Over. No hay trucos, no hay atajos, sólo una maraña de caminos que se entrecruzan y que nos dan la sensación de estar acompañados. Pero no lo estamos.

Me gustaría pensar que estoy loco, que mirar tanto tiempo el abismo me ha llenado de oscuridad. Me gustaría creer que la gente que quiero siempre estará conmigo, que, de alguna forma, encontraré un refugio donde preservar a todas las personas que son importantes. Me gustaría empacharme de experiencias antes de tumbarme sonriendo y satisfecho en la arena de alguna playa desconocida. Me gustaría cambiar muchas cosas, volver a andar el camino, separar los pies del suelo y rozar de nuevo las nubes. Me gustaría todo eso, pero, sobre todo, desearía ser el niño cree tener resaca después de tomar un chupito de licor chino.

Cambias, estiras los dedos y te sacudes el cansancio del cuerpo. Pones la cabeza en remojo, aclaras tus ideas y levantas el ánimo que andaba borracho en un rincón. La resaca es fuerte, pero al mismo tiempo te sientes despierto y bien dispuesto. Quizás debas vomitar un par de veces, quizás no puedas soportar demasiados meneos, pero sabes que estás mejor que ayer, te sientes más tú.

Cambias, porque no puedes no hacerlo, porque te hacen cambiar quieras o no. Te aferras al pasado con uñas y dientes, te dejas la piel para seguir siendo el mismo, pero cuando te quieres dar cuenta eres incapaz de reconocerte. Y jode, para qué negarlo, jode mucho. Como si se tratara de una persona que acabas de conocer tienes que irte de cañas contigo mismo, tratarte con mimo, llevarte al cine y hacerte regalos de vez en cuando. Da pereza, da rabia y, sobre todo, dan ganas de mandarlo todo a paseo y tomar la salida fácil. Pero aguantas, te das una oportunidad y acabas sorprendiéndote de maneras que no podías imaginar. Cambias.

Cambias tanto que llega un día en el que la memoria te falla, en el que los recuerdos no tienen tanta fuerza como para sacudirte el alma y romperte en mil pedazos. Te cambian y te dejas cambiar. Sustituyes lo que era negro por lo castaño, lo marrón por lo azul, lo inocente por lo elegante… No empiezas de cero, eso nunca, dejas la sonrisa porque te hace sentir bien, dejas la mirada porque te hace confiar y, aunque no puedas verlo, dejas el corazón porque lo sientes grande y necesitas un lugar espacioso en el que dejarte caer. Suena fácil, pero es una tarea titánica. Es complicado volver a la inseguridad, a las dudas y a las preguntas constantes. ¿Par o impar? A veces necesitas algo más que eso.

Cambias y te das una palmadita en la espalda. Te alegras de cambiar porque te das cuenta de que, en realidad, no has cambiado tanto. Eres un viejo amigo que vuelve de un largo viaje con miles de historias que contar. Puede que algunas de esas anécdotas sean tristes, pero son experiencias que se asientan sobre los cimientos que ya existían. Evolucionas, mejoras y te transformas. Cambias, si, pero siendo siempre el mismo.

¿Por qué vuelves? Pensaba que nos habíamos dado una tregua, una pausa para curar viejas heridas y seguir avanzando. Yo cumplí con mi parte, pero tú vuelves a mi cabeza y me doy cuenta de que, en realidad, no te has marchado nunca, de que me engañaste cuando me hiciste creer que te había olvidado. Al parecer no se trata de una recta sino de un círculo, cuanto más avanzo para alejarme de ti más se acerca mi mente a tu recuerdo. Me muevo y cambio, lo único que no cambia es esa habitación que tienes reservada en mi cabeza. Siguen los mismos muebles, la misma iluminación, sigo viendo ese vaso lleno de agua, sigue Michelle mirándome con una sonrisa y sigues tú, siempre tú. Y no puedo alquilar ese cuarto porque el precio es demasiado alto. Entonces me rompo y no sé qué camino seguir, acabo volviendo a la primera casilla de este tablero lleno de trampas. Y cuando más entero estoy, vuelves. Tu imagen vuelve a mí como un boomerang lanzado a traición y me golpea antes de que pueda atraparlo. Pero ¿sabes qué? Que me alegro de que sea así. Me alegro porque sé que no puedo olvidarte, no quiero hacerlo. Me alegro porque cada vez que vuelves me doy cuenta de todo lo que aprendí de ti, de todo lo que aprendí contigo y de todo lo que he aprendido de mí mismo. Me alegra que tengas ese hueco en mi corazón porque es donde tienes que estar. Me alegra porque soy un tonto con esperanzas y nunca dejaré de esperar el día que sea capaz de mirarte a los ojos y llamarte “amiga”.

Te quiero.

TUMBA FRIA

Publicado: 14 septiembre, 2013 en Relatos
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Susana apretó los puños en el interior de los bolsillos de su abrigo negro. Era marzo, pero el frío que sentía parecía venir del más crudo de los diciembres. Carraspeó y frente a ella se formaron volutas de vaho que se disolvieron inmediatamente en el frío de la mañana. Sonó un trueno lejano, amenazaba tormenta.

La pequeña sección del cementerio en la que se encontraban estaba casi desierta. Además de Susana, otras cuatro personas vestidas con riguroso luto observaban la fosa que se abría frente a ellos y el destartalado ataúd que en ella estaban introduciendo dos fornidos enterradores. El sacerdote repetía con más resignación que entrega una letanía en latín mientras observaba de cuando en cuando su reloj de pulsera. Susana no pasó por alto la poca implicación del religioso, ya se encargaría de ese asunto más tarde. Otro trueno, esta vez más cercano, rompió el silencio de aquella tranquila mañana.

Susana trataba de entrar en calor pero le resultaba imposible ahuyentar el frío de su cuerpo, era una sensación gélida provocada por algo más que las condiciones meteorológicas. Una a una, las cuatro personas que asistían al entierro desfilaron frente a Susana y le dieron el pésame antes de marcharse. La joven no se dejó engañar por las aparentes muestras de dolor. No veía ojos rojos ni escuchaba voces temblorosas, no, a la única que le dolía todo aquello era a ella misma.

Cayó la primera gota de lluvia cuando Susana ya se encontraba sola frente a la tumba. La tormenta se desató y pronto se formaron turbios charcos alrededor de la mujer. Susana no se movió, no tenía a donde ir. Sus tacones se hundían en el barro de la misma forma que su vida se hundía en la negrura de la soledad. Una vez más, Susana lloró amargamente.

Una presencia tras ella la sacó de su sollozo mudo. Se giró con lentitud y se encontró con la inconfundible figura del agente Torres. Había abandonado su uniforme habitual y vestía un amplio abrigo de pana que le hacía parecer más corpulento de lo que ya de por sí era.

—Lo siento —dijo el policía sin tratar de añadir palabras innecesarias.

—Lo sé —respondió Susana.

No hacía falta decir más, no en esa ocasión. Estaban los tres: Susana, el agente Torres y el difunto Marcos. El policía pareció adivinar los pensamientos de Susana y dirigió una significativa mirada al lugar donde reposaban los restos de Marcos.

—Era o él o yo.

—Deberías haber sido tú —dijo Susana.

—Había matado, iba a matar. Era un asesino.

Susana calló un segundo, sabía todo respecto a los asesinatos de Marcos y se sentía asqueada por ellos. Asco, sí, pero no podía dejar de amar al hombre con el que había compartido tantos momentos de felicidad. Se odiaba a sí misma por su estupidez, por seguir queriéndolo, por llorar…

La lluvia seguía empapando el lugar ajena al enfrentamiento de voluntades que estaba teniendo lugar entre las lápidas. Mechones de pelo húmedo se pegaban a la cara de Susana mientras ésta trataba de asimilar los últimos acontecimientos. Relajó las manos en el interior de sus bolsillos y echó a andar hacia la salida. El agente Torres no se movió cuando Susana pasó a su lado.

—Susana… tu eras la siguiente —dijo sin poder mirarla a la cara.

La joven continuó andando y desapareció entre la bruma de la mañana. Sabía que era la próxima víctima, sabía que Marcos había planeado asesinarla y, pese a ello, seguía enamorada de ese monstruo. Sí, pensó, debería haber sido ella la que acabara bajo tierra aquel día. Una bala del agente Torres, una bala era la responsable de que ella siguiera viva. Ojalá supiera como agradecérselo, pero no, odiaba al policía, se odiaba a sí misma y, para su dolor, amaba a Marcos. Un trueno sonó en el corazón de Susana.

LA BRUJA

Publicado: 11 septiembre, 2013 en Relatos
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La bruja miró en el corazón del campesino y leyó su alma como si de un libro abierto se tratara. El joven no podía saberlo, ignoraba el poder de la hechicera, pero sus secretos más profundos se mostraban desnudos ante la poderosa mirada de la anciana. Había ido buscando respuestas pero sin confiar en obtenerlas. Era escéptico y, por lo general, sólo creía en aquello que podía ver y tocar.

El escrutinio duró lo que parecieron horas. Sólo se escuchaba el graznido de un cuervo y el sonido del viento al filtrarse por las rendijas de la choza. La cabaña en sí era un lugar mágico. Hoy estaba aquí, mañana allí y al día siguiente quizás no estaría ni aquí ni allí. Todo aquel que visitaba a la bruja lo hacía siguiendo el mismo camino: el sendero de la vida. Tarde o temprano, si el corazón se sentía preparado, el camino se materializaba bajo los pies del buscador y lo guiaba hasta las respuestas de la anciana. Respuestas era lo que todo el mundo buscaba, pero preguntas es lo que obtenía.

El campesino se amilanó a ojos vista, aquello no era para lo que había venido. De pronto, las barreras de su mente cedieron por completo y un torrente de emociones y pensamientos se mezclaron en su cabeza. Ideas felices, sueños, tristeza, nostalgia… Todos los sentimientos que hasta ese momento habían permanecido aislados se encontraron y convivieron en perfecta anarquía. La bruja cedió en su empuje y sonrió al ver que la mente del joven se quebraba en miles de millones de fragmentos. El campesino estaba roto.

El campesino abre los ojos, está solo en el claro de un bosque. No hay rastro de la bruja ni de su cabaña, ni siquiera se escucha el graznar del cuervo. Se levanta con las lágrimas todavía brotando de sus ojos apagados. Es la misma persona, pero a la vez es diferente. Está roto, no tiene respuestas, sólo un montón de preguntas. Vuelve a caminar por el sendero que lo ha traído hasta ahí, vuelve a recoger los pedazos de su mente y los junta de diferente forma a como estaban antes. Obtiene ahí su primera respuesta. El campesino sonríe y se despide mentalmente de la bruja, aunque sabe que tarde o temprano volverá a acudir a ella en busca de más… ¿respuestas?