Posts etiquetados ‘independiente’

Empieza un nuevo mes y, para mi sorpresa, sigo pendiente de este blog que nació por casualidad y sin una gran esperanza de vida. Estoy contento y orgulloso por seguir aquí, pero, sobre todo, estoy agradecido a todos los que os habéis pasado por la página y habéis leído y comentado mis relatos. Los ánimos y las críticas constructivas hacen que sea un placer publicar, gracias a todos.

Empieza un nuevo mes, como digo, y es momento de reactivar la maquinaria. El verano ha mermado la cantidad de publicaciones —soy consciente de ello—, pero voy a regresar a la escritura con más fuerzas y más cosas que contar. “Artemisa”, el relato más longevo del blog, volverá dentro de una semana, con nuevas revelaciones que espero os dejen con ganas de más. Es mi intención también el empezar un nuevo relato en serie de corte fantástico. Por lo demás, los relatos cortos y reflexiones seguirán teniendo la presencia habitual.

Septiembre se presenta movidito en lo personal, pero intentaré que no afecte a la regularidad del blog. Va a ser un mes de cambios, de aventura, de riesgos, de miedos, de luchas… Va a ser un mes que tendrá un papel protagonista en la construcción de mi futuro —o así lo espero yo—. Francamente, se me hace un nudo en el estómago sólo de pensar en lo que tengo por delante, me entran ganas de dar media vuelta y volver corriendo a mi mundo, pero no lo haré. Siempre hay tiempo para fracasar y volver a intentarlo.

Vuelvo a agradecer vuestro interés y espero cumplir con vuestras expectativas. Empieza una nueva etapa.

Con afecto,

El minero

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AGUA Y SANGRE

Publicado: 17 agosto, 2013 en Relatos
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Se arrastraba por la tierra con la férrea determinación de quien no sabe aceptar la derrota. El soldado apretaba los dientes y utilizaba su mano derecha para agarrarse al suelo y avanzar. La otra mano, cada vez más pálida, desaparecía a la altura de su vientre, entre los restos de la destrozada armadura. El avance era lento pero constante. Oía voces en algún punto a su derecha, pero varios soldados muertos se interponían en su línea visual. Con un esfuerzo titánico, corrigió su dirección y trató de dirigirse hacia el lugar desde el que provenían los sonidos.

El general observaba con mudo respeto la desoladora escena que se presentaba ante él. Se encontraba en una colina desde la que se podía abarcar con la mirada todo el campo de batalla en el que sus tropas habían combatido los últimos días. Los cadáveres se amontonaban unos sobre otros, sin importar en qué bando hubieran luchado ni cómo hubieran muerto. En verdad, pensó el anciano general, la guerra acaba por unir a los hombres.

Un ruido captó su atención. El general miró en dirección al sonido y vio a un soldado que se arrastraba hacia él con una mueca de dolor grabada en la cara. ¿Amigo o enemigo?, se preguntó el general. El uniforme del herido no dejaba adivinar ningún blasón o color, el barro y la sangre lo habían pintado de un marrón oscuro que no pertenecía a ningún bando. Uno de los escoltas del general se acercó y se interpuso entre su líder y el soldado herido que, con un último gemido, dejó de moverse, rendido por el agotamiento. Sólo se escuchaba el gorjeo de los cuervos que acudían, como cada día, al festín que los humanos desplegaban para ellos.

El guardaespaldas empujó con el pie al moribundo y lo colocó de espaldas al suelo, mirando al plomizo cielo. Las fuerzas lo habían abandonado casi por completo, su mano izquierda dejó de ejercer presión sobre su vientre y reveló un gran corte por el que sobresalían sus entrañas. El general se acercó en silencio, desenvainó su espada y, sin mediar ninguna palabra, la clavó con fuerza en el corazón de aquel desgraciado. Un caído más en esta guerra que tenía un final tan incierto como lejano se antojaba su comienzo.

El enemigo se había replegado una vez más para recomponer sus filas y prepararse para un nuevo choque. Los muertos se contaban por miles, pero, pese al coste en vidas, era imposible saber de qué lado se inclinaba la balanza. Las pocas batallas que se podían contar como ganadas no dejaban de ser victorias pírricas incapaces de suponer un avance definitivo. No, se dijo el general, hasta ahora ambos hemos perdido. Giró sobre sus talones, envainó la espada ensangrentada, y examinó los restos de su ejército. Los hombres estaban agotados, se leía en sus ojos, pero sabían que la rendición no era una opción. Esa guerra acabaría con uno de los dos bandos totalmente aniquilado, no habría treguas ni negociaciones.

Comenzaron a caer las primeras gotas de lo que se adivinaba como una fuerte tormenta. Repiqueteaban sobre las armaduras de las tropas, creando una tétrica banda sonora para el dantesco escenario en el que se encontraban. El general hizo una señal con la mano y sus regimientos se movieron como un único hombre de vuelta al campamento. Un relámpago rasgó el cielo recortando la figura del general en la colina. Se quedó solo, pensativo, triste. ¿Cómo habían llegado a esto?

El aguacero aumentó su intensidad y pronto se crearon varios riachuelos en los que se mezclaba el agua con la sangre de los caídos. Era pronto para saberlo, el general lo sabía, pero había espacio para la esperanza. Esa misma noche tendría lugar un nuevo enfrentamiento, a simple vista igual que las otras muchas batallas, pero, en esencia, distinto y esperanzador. La guerra no iba a terminar al ponerse el sol, pero podía darse el primer paso hacia la victoria definitiva.

Con esos pensamientos bullendo en su cabeza, el general emprendió el mismo camino de sus tropas, algo más animado y con cierta alegría contenida. Esa noche, sí, esa noche la guerra tomaría un nuevo rumbo.

SUDOR Y CACAHUETES

Publicado: 13 agosto, 2013 en Relatos
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El olor a sudor rancio y cacahuetes inundaba sus fosas nasales. No le molestaba, más bien lo contrario, suponía el contrapunto perfecto para su estado de ánimo.

La madera oscura de la barra estaba llena de muescas y manchas difíciles de limpiar. Bebía un gintonic de Seagram’s —no podía permitirse grandes lujos— y una tónica ignota tan desconocida como el resto de consumidores que pululaban por el bar. Tras él, dos mujeres ya entradas en años se hallaban enfrascadas en una intranscendente charla. En la barra reinaba una única camarera de ojos azules como una botella de Bombay Shaphire. No se la veía estresada ni tenía razones para estarlo, el local estaba casi vacío. Él la miraba furtivamente y se engañaba a sí mismo pensando que ella hacía lo mismo. ¿Por qué iba a perder su tiempo mirándolo cuando, frente a ella, se pavoneaban dos machitos de gimnasio? Si la vida fuera como las películas… Pero no lo era.

Estaba solo y, pese a su juventud, se sentía viejo, muy viejo. No lamentaba estar en ese bar, le venía bien y, para qué negarlo, le hacía sentirse enigmático y misterioso. En ese instante se había convertido en el tío interesante que carga con una historia y un pasado difíciles de adivinar. Ya no era un personaje más, era el protagonista del lugar. Buscó con la mirada los ojos azules de la camarera, pero ella ya no estaba, había perdido su oportunidad.

Resultaba gracioso y muy apropiado ver que, en el televisor a su derecha, estaban pasando Nosferatu. Así que de muertos en vida iba la cosa… Tanto daba mientras él siguiera siendo el protagonista.

Miró por la ventana y no pudo evitar reparar en la terraza. Un grupo de chicas con sugerentes escotes degustaba sus bebidas y disfrutaba del agradable clima veraniego de aquella noche. Su gintonic llenaba menos de media copa y pensó en tomarse el siguiente en la terraza, rodeado de chicas bonitas. Pero no, se dijo a sí mismo, la barra era su lugar y la soledad la única compañía que necesitaba. Era justo que estuviera ahí, una extraña muestra de valentía de las que rara vez se hace apología.

Su bolsillo vibró y el encanto se rompió, Celia, que también tenía los ojos azules, quería quedar. Esa noche no, se disculpó él mentalmente con la joven, esa noche era un regalo para él y no estaba dispuesto a compartirlo con nadie.

Echó la vista atrás —no hacia las dos señoras, que hacía rato que se habían marchado, sino a su pasado— hacia otra época cercana y lejana al mismo tiempo. En verdad eran inescrutables los caminos del Señor. Sus pasos lo habían llevado a esa situación, podría haber sido totalmente diferente pero no, había acabado allí, en ese bar con olor a sudor, y la camarera de ojos azules volvía a reinar tras la barra.

Pidió otro gintonic y esta vez se fijó en el nombre de la tónica, Me Tonic, un nombre muy conveniente. Ahí estaba un hombre solitario bebiendo una tónica solitaria, la pareja perfecta para esa noche de verano. La ginebra, por otro lado, empezaba a circular por sus venas, por fin, una agradable sensación de bienestar se instaló en su cuerpo y relajó sus músculos. Estaba solo y, pese a ello, se sentía muy a gusto. Parte de ello se debía al efecto del alcohol, por supuesto, pero había también un componente propio que sabía a batalla ganada. La guerra sería larga, ni qué decir tiene, pero esa noche tenía un claro vencedor, venían tiempos de cambio. No esperó a que esa sensación se desvaneciera, cogió una servilleta del desgastado servilletero y se escribió un mensaje de ánimo. Recuerda cómo estabas, decía, y piensa en cómo estás.

Sólo el tiempo terminaría esta guerra, sólo el tiempo le ayudaría a olvidar y sólo el tiempo le haría recordar de nuevo porque, en esta ocasión, olvidar para después recordar era el único camino posible.

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Sé que no leerás estas palabras, lo sé porque te pedí que no lo hicieras. Ya no sigues a este minero ni tu bandeja de entrada recibe noticias mías cuando publico de nuevo. Sé que nadie excepto tú podrá entender este texto y, aún sabiendo que no vas a verlo, tengo la necesidad de escribirlo. Lo hago porque espero que en un futuro recuerdes que aquí había una mina en la que se buscaban diamantes para ti. Escribo porque quizás tus pasos te traigan a este lugar y puedas reconfortarte con esto. No lo sé, la verdad. Seguramente estas palabras caerán en el olvido y nunca se presentarán ante tus ojos. Escribo esto porque la escritura me libra del veneno que llevo dentro y, en este momento, estoy lleno de él.

Ya no estás aquí, ni allí, pero sigues estando y no dejarás de estar. Nuestro sendero se ha partido y tú has ido al norte mientras yo me dirigía al sur. Destinos opuestos imposibles de mezclar. Espero que en el norte brille el sol, que caliente tu piel y que esté lleno de terrazas en las que tomar cervezas. Deseo que tu azotea se llene de risas, de bailes y de meditación. En el norte hay cosas buenas, pero no sé lo que me espera en el sur.

No puedo averiguar lo que hay más allá porque una gigantesca montaña me obstaculiza la vista. Debo escalarla y me siento pesado, cargado de recuerdos. Así que me detengo, abro la mochila y busco algo de lo que pueda desprenderme. Veo un último beso, lo dejo en el camino e inmediatamente me siento más ligero. Un abrazo, una fotografía, un paseo, una broma, una sonrisa, un orgasmo, un piropo… Saco todo de mi bolsa y lo voy dejando mientras subo la montaña. No es fácil, cada recuerdo que abandono hace que me encoja y llore, no quiero desprenderme de ellos pero, para mi desgracia, debo hacerlo para escalar la montaña.

Escribo esto porque lo siento. Siento haberte odiado a momentos, haber sido injusto contigo y no haber sabido ponerme en tu lugar. Querías ser la mala de la película, pero lo lamento, no tienes lo que hay que tener para ese papel. En esta historia no hay ni malos ni buenos, ni siquiera regulares. Los sentimientos tienen vida propia y no podemos gobernarlos. Si hay que buscar un crimen del que ser culpable, que sea de sentir con sinceridad hasta las últimas consecuencias y si hay que condenar a alguien, que nos condenen a los dos por haber vivido y sentido sin ningún rastro de falsedad.

Siento también que me tengas que perder, siento no tener la entereza suficiente como para permanecer a tu lado y ser tu apoyo pase lo que pase. No puedo hacerlo, no soy tan fuerte y siento que mi falta de madurez tenga que herirte en estos momentos. He aprendido mucho contigo, pero me queda mucho por aprender, cuestión de tiempo.

Sé que estarás bien, porque forma parte de tu naturaleza y porque te mereces estarlo. Yo, por mi parte, lo estaré también. Cada paso en esta montaña dolerá, pero fortalecerá mis músculos y me transformará en algo mejor. Estaré bien, te lo prometo.

No sé si dentro de unos años leerás esto, pero espero que ahora en el fondo de tu ser sepas cuales son mis verdaderos sentimientos. Que, si me enfado, es con la vida y no contigo. Que, si lloro, es por nosotros y no por tu culpa. Que, si odio, es por lo mucho que he querido.

El futuro se presenta incierto para ambos, lleno de incógnitas y batallas por librar. Quién sabe si pasará el tiempo y seré lo bastante fuerte como para descender y recoger los recuerdos que fui dejando en el camino. Quién sabe si mi mochila será más grande y podrá cargar con los viejos y los nuevos. De nada sirve pensar en eso, el futuro llegará y, por qué no, quién sabe si desde lo alto de mi montaña podré verte en tu azotea bailando, haciendo yoga y, por encima de todo, siendo feliz.

Sendero

El sendero sobre el que descansan mis pies se ha vuelto accidentado, lleno de desniveles y piedras afiladas que sobresalen entre las grietas. Echo la vista atrás y, envuelto en la tenue luz crepuscular, todavía puedo ver el hermoso camino que me ha traído hasta este punto. Veo el perfecto pavimento y las flores silvestres que crecen a ambos lados, recuerdo lo fácil que era caminar por ahí.

El sol se pone a mi espalda, debo recordar que esa agradable travesía forma parte del pasado y que allí debe permanecer, mi mente se centra en los kilómetros que me esperan por delante. Así que echo a andar mientras trato de adivinar qué nuevo desafío se esconde detrás de cada recodo, qué dificultad insalvable se interpondrá entre mis pasos y mi destino. Son conjeturas que no sirven para nada y que, lejos de mantenerme preparado, siembran de miedo mi determinación y hacen mella en mi menguante valentía.

Un paso mal dado y acabo en el suelo. No es la primera vez. Las rocas son punzantes y me lastiman las rodillas y las palmas de las manos, heridas menores si tengo en cuenta dónde se podrían haber clavado. Es noche cerrada, la oscuridad me envuelve y trato de ponerme en pie de nuevo pese al dolor y los cortes en mi piel. No me atrevo a seguir caminando, mi mente me traiciona y vuelve a recordar lo fácil que era recorrer el sendero antes. ¿Quizás más adelante vuelva a ser así? No, debo asimilar que lo que tengo por delante no va a dejar de ser un camino tortuoso, lleno de peligros y con constantes caídas. Los oasis están en el desierto, no aquí.

Ando con pesadez, mirando fijamente al suelo y, cuando no tengo más fuerzas, me hago un ovillo en un lado del camino donde duermo hasta que recupero las energías. Así pasan los días, sin poder estar seguro de qué distancia he recorrido, sin saber si el sendero terminará en algún momento. Miro atrás y siempre puedo ver partes de aquel camino de antaño, pero me consuelo sabiendo que cada vez está más lejos, más enterrado en el pasado.

Nuevas caídas, nuevos dolores y nuevos cortes que se suman a las heridas de otros días. Las palmas de mis manos son un amasijo de cicatrices, nuevas y viejas, que me recuerdan lo traicionero que es este camino que recorro sin saber muy bien dónde terminará. Desconozco su final y también lo desconocen todos aquellos con los que me cruzo en mi travesía. Ellos no lo transitan, simplemente están apostados cada cierto número de kilómetros. Me hablan, me curan las heridas, me reconfortan y tratan de hacerme olvidar. El sendero terminará, dicen, te espera otro camino que será mejor incluso que aquel que recuerdas con tanto cariño. Tiempo, tiempo para arrastrarme entre rocas, plantas repletas de espinas y sufrir bajo el implacable sol. Tiempo para olvidar, para recoger piedras del suelo y llenar con ellas mi corazón, rocas afiladas para evitar injerencias futuras, para ahuyentar a cualquiera que quiera meter la mano.

A veces me detengo y miro a mi alrededor buscando algún hito en el camino que me resulte familiar. Busco algo que me reconforte, una roca en la que me pueda sentar y recuperar el aliento, pero no veo nada de eso, sólo el mismo paraje desértico de los últimos días. En otras ocasiones hago algo más que detenerme, hay veces en las que un impulso se adueña de mí, me doy media vuelta y, a la carrera, desando el sendero tratando de volver al pasado. Es inútil y, cuando me doy cuenta de ello, debo recuperar el tiempo perdido para regresar al punto en el que me encontraba.

Podría decirse que estoy solo en esta travesía, pero la realidad es bien distinta. Camino conmigo mismo, con varias versiones de mí mismo que representan la fractura que ha sufrido mi mente. Hay días en los que comparto caminata con el “yo” optimista y los cortes duelen menos porque parece que en el siguiente giro estará el final de la travesía. Otras jornadas tengo a mi lado al pesimista, capaz de hacer que las horas parezcan años. Me pone la zancadilla para que las caídas sean más frecuentes, se cuelga de mis brazos para que mis fuerzas mengüen y se esfuerza meticulosamente por fracturar todavía más mi cerebro. Existe también un tercer “yo”, el más peligroso, que es rebelde y que lucha contra la inactividad y el victimismo. Me habla de otros caminos, de otras personas transitándolos y me promete la felicidad si abandono mi arduo sendero y trato de encontrar otro más llevadero en el que no esté solo. Por más que me resisto siempre acabo sopesando su oferta, resulta demasiado tentadora, pero soy un luchador y me resisto a tomar la salida fácil.

El sendero sobre el que descansan mis pies es una prueba para la templanza y la resistencia, una invitación a la rendición, a la búsqueda de la salida más sencilla. El sol se pone cada día y sólo cuando está en lo más alto consigo divisar fragmentos del pasado, lleno de verdor y tranquilidad. Ya apenas miro atrás porque me asusta hacerlo. Tengo miedo de que llegue el día en el que no vea otra cosa que no sea aridez y polvo. El sendero sobre el que descansan mis pies es tortuoso, lleno de recodos y de colinas que me impiden ver más allá de los próximos metros. No me importa. Desconozco cuál es mi destino y me resisto a intentar adivinarlo. Doy un paso y pienso sólo en el siguiente, recojo una piedra del suelo y la meto en mi corazón, me ilusiono con optimismo, sufro cuando me rindo y lucho contra la rebeldía. El sendero sobre el que descansan mis pies es mi sendero, el que me ha traído hasta aquí y el único que merece la pena caminar porque, por mucho dolor que haya padecido, me ha hecho ser como soy.

* Antes de la siguiente reflexión me gustaría aprovechar para informar de que, por la inconsistencia típica del verano, el Escritor de Carbón se va a tomar una pausa estival en la que la frecuencia de los relatos no será la habitual en este blog. Espero que las siguientes palabras gusten pese a estar algo alejadas del tono habitual de mis escritos.

Un saludo del minero.

Cada tecla cuesta, cada pausa duele. Como quien limpia una herida, yo desinfecto la mía, más profunda y grave. Pienso en la palabra “adiós” y en cómo puede caber tanto en tan sólo cinco letras. Pienso también en la cantidad de veces que la usamos sin ser conscientes de lo que implica hacerlo. Yo lo digo, con la boca pequeña, tratando de reordenar todas las letras hasta formar un “hasta luego”.

“Adiós” me sabe húmedo y salado, me huele a champú y lo siento como un abrazo que se termina poco a poco. Es la palabra que refresca una noche de verano, que hierve a fuego lento y que destruye ciudades enteras. No quiero decirla muy alto, me da miedo que alguien me escuche, prefiero hacer un gesto con la cabeza y quedarme mirando un andén. “Adiós” dicho por una boca templada y carnosa, despedida en el fondo de unos ojos tan oscuros que parecen negros, caricias suaves que te empujan lejos… Un “adiós” que te lleva a un “hola” de una época en la que estabas incompleto, en la que las despedidas eran viejas compañeras. Sangre como excusa para conseguir muchos saludos, muchos “buenas noches” a las seis de la mañana, con bata, con calor y siempre a ras de suelo. Una tienda de besos en la esquina del mercado, siempre con ofertas especiales y muestras gratuitas, sin pedir nada a cambio.

No digo adiós, pero mi cabeza lo grita y mi corazón se encoje en un rincón, asustado porque no entiende nada, porque no es justo. No digo adiós y miro a mi alrededor, rodeado de pasado sin saber si hay futuro. No digo adiós, ni hasta luego, ni hola. No digo nada y cierro los ojos deseando estar en un mal sueño, una pesadilla de la que me gustaría despedirme. Pero no me despido, me quedo en silencio y vuelvo atrás en el tiempo para buscar comprensión y apoyo hasta que la pesadilla termina. Me doy de bruces con la realidad, mucho peor que mi sueño intranquilo, y mi “adiós” ha llegado a sus oídos. Miro en mis bolsillos buscando confianza y están vacíos porque lo he dado todo.

Descubro una caja de pandora, dentro de otra caja, dentro de una nevera y arrojada al mar para que sea imposible liberar su tristeza. Y el ciclo no termina, me rompo, me recompongo y vuelvo a romperme con un pequeño toque de un recuerdo feliz de otro tiempo fruto de un sueño diferente. Las fisuras permanecen, pueden verse y se perciben con el tacto de una caricia que hiere y reconforta al mismo tiempo. Y leo, leo el mismo capítulo una y otra vez, pero no soy capaz de pasar de página y me conservo al vacío para que el futuro me encuentre en el mismo punto. Pienso entonces en devolver lo recibido, en comprar felicidad a granel para mandarla saco tras saco y que las lágrimas sean sólo mías. Si tiene que ser, que sea para preservar lo construido. Si tiene que ser, que llene de felicidad esa cabeza llena de espaguetis. Digo “adiós”, pero estaré aquí siempre porque no soy un marinero experto y, cuando recuerdo sus besos, pienso: si tiene que ser, será.

PRESENTE

Publicado: 9 julio, 2013 en Relatos
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El chico de las pecas abre los ojos con dificultad, acerca la mano a la mesilla de noche y busca el teléfono móvil. Suena la melodía de Bob Esponja, son las seis de la mañana y hay que despertarse. Desconecta la alarma y vuelve a cerrar los ojos, cinco minutos más, piensa. El teléfono no suena pasados cinco minutos, ni quince, ni treinta, ni dos horas. El chico de las pecas se despierta a las ocho y maldice, grita e insulta a un hipotético ente que le ha jugado una mala pasada.

El café se ha acabado y el chico de las pecas tiene que beber leche a toda velocidad. No tiene tiempo para una ducharse, se mira en el espejo y espera que no se note su cara de dormido. Por si las moscas, se frota los ojos con agua y, ya puestos, se echa también en las axilas. No huele a rosas, pero tendrá que bastar.

Suena el teléfono, otra melodía, y el chico de las pecas decide ignorarlo, ya sabe que va tarde. Se pasa insistentemente un desodorante de roll on casi acabado, no renuncia a estar mínimamente presentable. Se viste todo lo rápido que puede, pero las prisas lo llevan a equivocarse una y otra vez. Al final, tarda más del doble y la paga con los calcetines, de alguien tiene que ser la culpa.

Sale de casa y cierra con llave. El teléfono vuelve a sonar y el chico de las pecas piensa que son unos pesados, que está en camino. Llega al garaje, casi vacío debido a las horas que son, y se monta en su austero coche de segunda mano. El piloto de la gasolina parpadea, el chico de las pecas echa un cálculo mental rápido y concluye que puede ir y volver al trabajo sin necesidad de repostar.

La autopista está también más transitable, conduce rápido y cantando a pleno pulmón canciones malas de verbena. Vuelve a animarse, pero no deja de lanzar miradas furtivas al reloj. Va a tener que lamer algún culo para que no le vuelvan a expedientar, ¡qué remedio!

Vuelve a conducir por la ciudad, a unas pocas calles de su sucursal, y el tráfico cada vez es más denso y lento. Suena “Volaré” en su reproductor de CD y el chico de las pecas pasa de canción, esa le trae malos recuerdos. Se impacienta y no puede evitar tocar el claxon y hacer aspavientos a los demás coches. Dobla la esquina y ve un sitio libre, es mi día de suerte, piensa. Se baja del coche y medio anda medio corre hasta que llega donde estaba su trabajo. Donde antes estaba la sucursal bancaria en la que trabaja, ahora se abre un inmenso boquete negro rodeado de policía, ambulancias y bomberos.

El chico de las pecas mira los restos de la explosión entre sorprendido y enfadado. Qué mala suerte, se dice a sí mismo, podría haber dormido hasta tarde.

TIERRA

Publicado: 30 junio, 2013 en Relatos
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La menuda criatura observaba el chalet, oculta entre los arbustos. Medía poco más de cincuenta centímetros y su pequeño cuerpo era un amasijo de pliegues y arrugas. Era un duende de tierra clásico, tal y como han sido todos los duendes de tierra siempre: pequeños y arrugados, como la tierra de la que proceden. Este duende en concreto era lo que nosotros llamaríamos un macho, aunque eso tiene poca relevancia para ellos, y vestía lo que parecían ser unas bermudas verdes con un chaleco a juego. El material de la ropa no se parecía a ninguno de los empleados en prendas humanas, era más bien una suerte de musgo o liquen.

No había ni una sola luz en la vivienda que el duende observaba, la oscuridad reinaba y los sonidos del campo poblaban la noche. La criatura movía inquieta sus nudosas manos sin despegar en ningún momento sus diminutos y brillantes ojos del moderno chalet. Respiró hondo dejando que sus pulmones se llenaran del aroma del verano y espiró sintiéndose mucho más relajado. Dio un pasito hacia delante y se encontró totalmente expuesto a unos veinte metros de la puerta principal de la casa. Una ventana se iluminó y el duende se quedó petrificado en el sitio fundiéndose con el entorno gracias a su camuflaje. La luz desapareció y el pequeño intruso avanzó con pasos cortos y rápidos hasta que se plantó frente a la entrada.

La criatura no trató de alcanzar el pomo de la puerta, no podía entrar por ahí y lo sabía (las criaturas mágicas como los duendes de tierra no pueden abrir puertas construidas por los humanos). Esta limitación no los mantiene aislados, ni mucho menos, existen infinidad de portales adaptados a cada especie mágica y todas ellas saben cómo utilizarlos. El duende de tierra se dirigió hacia un punto cercano del porche y palpó la pared de la casa. Sus manos se deslizaron por el recubrimiento de madera hasta que llegaron a un punto en el que las placas se habían separado dejando el desnudo ladrillo al descubierto. La criatura juntó las palmas de las manos y empezó a frotarlas con determinación. Un tenue brillo verdoso se extendió desde sus dedos hasta sus muñecas, en ese momento separó las palmas y las posó con suavidad sobre el ladrillo de la pared. El duende, al igual que el ladrillo, era hijo de la tierra y, al encontrarse ambos, se fundieron en uno y la criatura atravesó la pared. Reapareció en el interior de la casa todavía con ese áurea mágica iluminando tenuemente toda la estancia. Conocía el lugar a la perfección y se encaminó con presteza hacia la habitación que tantas otras veces había visitado.

El dormitorio estaba al lado del salón, al fondo de un largo pasillo con fotos familiares en las paredes. Por suerte para el duende, la puerta de este cuarto siempre estaba entreabierta así que pudo deslizarse dentro sin necesidad de utilizar su magia. La excitación se apoderó de nuevo del pequeño duende mientras se acercaba a la única cama de la habitación y trepaba por ella. Los movimientos de la criatura eran silenciosos y lo único que se oía era la respiración de la persona que dormía en el lecho. Cuando llegó hasta arriba, al duende le brillaron los ojos como la primera vez que la había visto jugando en el jardín. En la cama dormía Clara, una preciosa niña de siete años con una tupida mata de pelo rizado y negro como el azabache.

El duende suspiró tiernamente y se aproximó a la cabecera de la cama, a la cabeza de Clara. Cuando estuvo a su misma altura se quedó embobado viendo a la niña respirar rítmicamente. Con una de sus nudosas manos le apartó un rizo que le caía sobre la cara, se acercó y le dio un tímido beso en la mejilla. El duende no se demoró más rato, le colocó a Clara bien la manta y descendió hasta el suelo una vez más. Una última mirada con sus ojillos brillantes le bastó como despedida antes de abandonar el dormitorio de la niña. Justo cuando el duende volvía a salir a la negra noche, Clara se despertaba en su cama y respiraba el familiar olor a tierra húmeda que siempre olía por las noches, después volvía a cerrar los ojos sintiéndose protegida y feliz.