Posts etiquetados ‘relato’

Juegos Comillas

En primer lugar me gustaría desear a todos los visitantes de este blog un feliz año 2014. Será cosa mía, pero se prevé un gran año que no dejará indiferente a nadie. Me disculpo por el largo silencio al que os he sometido, merecerá la pena cuando sepáis de mi nuevo proyecto (o nueva locura, según se mire), las novedades para final de mes, prometido.

Entrando en faena ya, como recordaréis formo parte de un interesante proyecto que agrupa a escritores noveles llamado Escritores con Comillas. Este diciembre pasado comenzó una competición, amistosa por supuesto, entre los miembros de esta comunidad. Los primeros Juegos de las Comillas nacieron con la intención de enfrentarnos a lo largo de diferentes pruebas hasta que sólo quede uno. Más información sobre la competición aquí.

Llegó la primera prueba y estas fueron sus instrucciones:

Escribir un relato corto basado en el vídeo de introducción de la serie American Horror Story.

Extensión máxima 250 palabras.

Género: Terror.

Palabras de uso obligado: Bruja, Carnero, Sacrificio y Maldición.

Con tan poco margen de maniobra y mi total desconocimiento del género me dispuse a escribir algo que resultara, en el mejor de los casos, digno para ser leído. No me considero un buen escritor cuando se trata de crear atmósferas, así que decidí que el elemento principal del relato iban a ser las sensaciones. 250 palabras no dan mucho de sí, la síntesis fue un obstáculo que me tuvo en blanco durante varios días, pero con paciencia conseguí ceñirme a las instrucciones e incluso conservé intacto el comodín conseguido por grabar mi vídeo de presentación. Os dejo a continuación el fruto de mis esfuerzos y os invito a que sigáis de cerca el desarrollo de los juegos.

VÍCTIMAS

Despertó envuelto en dolor. La cabeza le daba vueltas y sentía como si mil cuchillos se clavaran en su cuerpo. Murmullos ininteligibles resonaban a su alrededor produciendo un eco que le hizo pensar en las cuevas cercanas al poblado. Le ardía la frente y era incapaz de ver nada. Intentó abrir los ojos, pero no pudo huir de la oscuridad. Se incorporó unos centímetros, pero el dolor lo devolvió con fuerza al frío mármol en el que estaba tumbado. Sólo quería ver dónde se encontraba. Levantó la mano derecha y la dirigió a su rostro torpemente debido al dolor a los grilletes que rodeaban su muñeca en carne viva. Los dedos, convertidos en muñones sin uñas, tantearon su cara tratando de abrir sus ojos, pero se acabaron hundiendo en las dos cuencas vacías que había donde antes habían estado sus globos oculares. Gritó emitiendo un sonido gutural, le habían arrancado la lengua. A su izquierda un animal bufó inquieto, posiblemente un carnero parte del sacrificio. Su corazón latía con fuerza llevando la sangre por su maltrecho cuerpo mutilado, mientras a su alrededor los cánticos crecían en fuerza anticipando el clímax de la maldición. Un gélido viento apagó las voces. La bruja le susurró al oído unas palabras ancestrales que sólo presagiaban tormento, su tormento. El cántico arrancó de nuevo en el momento en el que el cuchillo se clavaba en su estómago y lo abría en canal hasta el cuello. Siguió respirando incluso cuando la mujer devoró sus órganos palpitantes.

Espero que haya sido de vuestro agrado, cualquier crítica será bien recibida. Si queréis saber los resultados de la prueba y ver si sigo dentro de la competición tenéis aquí los resultados. Un saludo y no os perdáis la prueba nº 2.

Ohjra-Rro (I)

Publicado: 24 septiembre, 2013 en Relatos
Etiquetas:, , , , ,

Comienzo aquí un nuevo relato en serie (sí, soy consciente de que tengo más de una entrega pendiente de Artemisa, en breves la tendréis) en el que voy a tratar de explorar un género que me apasiona y que encuentro muy difícil de manejar: la fantasía. Me lo voy a tomar con calma, sin demasiada ambición, va a ser un ejercicio de mejora así que espero que perdonéis los muchos fallos y meteduras de pata que cometa. Ni qué decir tiene que las críticas son siempre bien recibidas y que me ayudan a seguir aprendiendo y mejorando. Sin más preámbulos os dejo con la primera entrega de Ohjra-Rro.

fn85sj8

Nadie en el mundo manejaba con tanta pericia letal la Ohjra como los habitantes del Desfiladero Azul. El arma, a medio camino entre un sable y una navaja común, parecía bailar en la mano de los mortales guerreros del clan mientras la utilizaban como una prolongación natural de su cuerpo. Llevaba casi dos décadas el transitar todo el camino del Ohjra-Rro, el camino del guerrero, y no todos los que lo empezaban sobrevivían al aprendizaje. Ser un guerrero del clan era un gran honor, si, pero era ante todo un sacrificio.

Tuch acababa de cumplir diez años y ante él se abrían las dos posibilidades que todo joven Cli-Ne se encontraba al alcanzar la primera década de vida. Al convertirse en miembro de pleno derecho del clan, un Cli-Ne decidía entre dos caminos: por un lado podía tratar de convertirse en un Ohjra-Rro, con todos los riesgos que ello conllevaba, o podía centrarse en las tareas de gestión y gobierno, ser un Birn-Teh. En el clan no había nadie mejor que nadie.

El día empezó como otro cualquiera, como si el universo no se hubiera dado cuenta de lo especial que era aquel momento para Tuch. El joven tuvo un agrio despertar cuando sus dos hermanos mayores, Trogh y Triveth, vaciaron sobre él un cubo lleno de agua helada. Tuch saltó del camastro de paja en el que dormía y trató de vengarse de sus hermanos en vano, ya que ambos eran mucho más corpulentos y contaban con casi siete años de entrenamiento de Ohjra-Rro. No, el pequeño Tuch no podía hacer nada más que no fuera gritar y agitar el puño amenazadoramente. Después de que Trogh y Triveth se hubieron divertido lo suficiente, abrazaron con fuerza a su hermano y le ayudaron a vestirse con las tradicionales ropas ceremoniales que Tuch vestiría por primera y última vez a lo largo de aquel día.

El hogar en el que vivían los tres hermanos estaba más vacío de lo que lo había estado en el pasado. Memh, la madre, había muerto al dar a luz a Tritah, una niña enfermiza que falleció también a la temprana edad de cinco años. Mitboh, el cabeza de familia, era un respetado Ohjra-Rro y como tal pasaba largas temporadas fuera del poblado, protegiéndolo de las peligrosas incursiones que los Hombres Gusano, ancestrales enemigos, llevaban a cabo de cuando en cuando. Era una vida solitaria, pero los tres jóvenes se apoyaban mutuamente y se daban todo el afecto que no podían conseguir por las vías habituales. Esa mañana, Tuch echó de menos la reconfortante presencia de su madre, quizás ella lo habría ayudado a elegir qué camino tomar. Ohjra-Rro o Birn-Teh, Tuch no lo tenía nada claro.

TUMBA FRIA

Publicado: 14 septiembre, 2013 en Relatos
Etiquetas:, ,

Susana apretó los puños en el interior de los bolsillos de su abrigo negro. Era marzo, pero el frío que sentía parecía venir del más crudo de los diciembres. Carraspeó y frente a ella se formaron volutas de vaho que se disolvieron inmediatamente en el frío de la mañana. Sonó un trueno lejano, amenazaba tormenta.

La pequeña sección del cementerio en la que se encontraban estaba casi desierta. Además de Susana, otras cuatro personas vestidas con riguroso luto observaban la fosa que se abría frente a ellos y el destartalado ataúd que en ella estaban introduciendo dos fornidos enterradores. El sacerdote repetía con más resignación que entrega una letanía en latín mientras observaba de cuando en cuando su reloj de pulsera. Susana no pasó por alto la poca implicación del religioso, ya se encargaría de ese asunto más tarde. Otro trueno, esta vez más cercano, rompió el silencio de aquella tranquila mañana.

Susana trataba de entrar en calor pero le resultaba imposible ahuyentar el frío de su cuerpo, era una sensación gélida provocada por algo más que las condiciones meteorológicas. Una a una, las cuatro personas que asistían al entierro desfilaron frente a Susana y le dieron el pésame antes de marcharse. La joven no se dejó engañar por las aparentes muestras de dolor. No veía ojos rojos ni escuchaba voces temblorosas, no, a la única que le dolía todo aquello era a ella misma.

Cayó la primera gota de lluvia cuando Susana ya se encontraba sola frente a la tumba. La tormenta se desató y pronto se formaron turbios charcos alrededor de la mujer. Susana no se movió, no tenía a donde ir. Sus tacones se hundían en el barro de la misma forma que su vida se hundía en la negrura de la soledad. Una vez más, Susana lloró amargamente.

Una presencia tras ella la sacó de su sollozo mudo. Se giró con lentitud y se encontró con la inconfundible figura del agente Torres. Había abandonado su uniforme habitual y vestía un amplio abrigo de pana que le hacía parecer más corpulento de lo que ya de por sí era.

—Lo siento —dijo el policía sin tratar de añadir palabras innecesarias.

—Lo sé —respondió Susana.

No hacía falta decir más, no en esa ocasión. Estaban los tres: Susana, el agente Torres y el difunto Marcos. El policía pareció adivinar los pensamientos de Susana y dirigió una significativa mirada al lugar donde reposaban los restos de Marcos.

—Era o él o yo.

—Deberías haber sido tú —dijo Susana.

—Había matado, iba a matar. Era un asesino.

Susana calló un segundo, sabía todo respecto a los asesinatos de Marcos y se sentía asqueada por ellos. Asco, sí, pero no podía dejar de amar al hombre con el que había compartido tantos momentos de felicidad. Se odiaba a sí misma por su estupidez, por seguir queriéndolo, por llorar…

La lluvia seguía empapando el lugar ajena al enfrentamiento de voluntades que estaba teniendo lugar entre las lápidas. Mechones de pelo húmedo se pegaban a la cara de Susana mientras ésta trataba de asimilar los últimos acontecimientos. Relajó las manos en el interior de sus bolsillos y echó a andar hacia la salida. El agente Torres no se movió cuando Susana pasó a su lado.

—Susana… tu eras la siguiente —dijo sin poder mirarla a la cara.

La joven continuó andando y desapareció entre la bruma de la mañana. Sabía que era la próxima víctima, sabía que Marcos había planeado asesinarla y, pese a ello, seguía enamorada de ese monstruo. Sí, pensó, debería haber sido ella la que acabara bajo tierra aquel día. Una bala del agente Torres, una bala era la responsable de que ella siguiera viva. Ojalá supiera como agradecérselo, pero no, odiaba al policía, se odiaba a sí misma y, para su dolor, amaba a Marcos. Un trueno sonó en el corazón de Susana.

LA BRUJA

Publicado: 11 septiembre, 2013 en Relatos
Etiquetas:, , , , , ,

La bruja miró en el corazón del campesino y leyó su alma como si de un libro abierto se tratara. El joven no podía saberlo, ignoraba el poder de la hechicera, pero sus secretos más profundos se mostraban desnudos ante la poderosa mirada de la anciana. Había ido buscando respuestas pero sin confiar en obtenerlas. Era escéptico y, por lo general, sólo creía en aquello que podía ver y tocar.

El escrutinio duró lo que parecieron horas. Sólo se escuchaba el graznido de un cuervo y el sonido del viento al filtrarse por las rendijas de la choza. La cabaña en sí era un lugar mágico. Hoy estaba aquí, mañana allí y al día siguiente quizás no estaría ni aquí ni allí. Todo aquel que visitaba a la bruja lo hacía siguiendo el mismo camino: el sendero de la vida. Tarde o temprano, si el corazón se sentía preparado, el camino se materializaba bajo los pies del buscador y lo guiaba hasta las respuestas de la anciana. Respuestas era lo que todo el mundo buscaba, pero preguntas es lo que obtenía.

El campesino se amilanó a ojos vista, aquello no era para lo que había venido. De pronto, las barreras de su mente cedieron por completo y un torrente de emociones y pensamientos se mezclaron en su cabeza. Ideas felices, sueños, tristeza, nostalgia… Todos los sentimientos que hasta ese momento habían permanecido aislados se encontraron y convivieron en perfecta anarquía. La bruja cedió en su empuje y sonrió al ver que la mente del joven se quebraba en miles de millones de fragmentos. El campesino estaba roto.

El campesino abre los ojos, está solo en el claro de un bosque. No hay rastro de la bruja ni de su cabaña, ni siquiera se escucha el graznar del cuervo. Se levanta con las lágrimas todavía brotando de sus ojos apagados. Es la misma persona, pero a la vez es diferente. Está roto, no tiene respuestas, sólo un montón de preguntas. Vuelve a caminar por el sendero que lo ha traído hasta ahí, vuelve a recoger los pedazos de su mente y los junta de diferente forma a como estaban antes. Obtiene ahí su primera respuesta. El campesino sonríe y se despide mentalmente de la bruja, aunque sabe que tarde o temprano volverá a acudir a ella en busca de más… ¿respuestas?

TIC TAC

Publicado: 27 agosto, 2013 en Relatos
Etiquetas:, , , , ,

Cuenta una historia que hace tiempo —mucho o poco depende de cada uno— existieron tres amigos inseparables. Seguramente estarás pensando en tres personas como tú y como yo, pero te equivocas. Estos tres amigos eran tres varillas de metal, eran las manecillas del primer reloj mecánico que se inventó.

El inventor que los creó vivía obsesionado con el paso del tiempo. Su mente estaba siempre recordando los maravillosos artefactos que ya había fabricado e imaginando los increíbles artilugios que estaban por venir. Rara vez disfrutaba el presente y vivía atormentado por este problema. Un día cogió un trozo de metal, le dio forma y lo cortó en tres pedazos. En el primer corte, el inventor tenía miedo de pasarse y que le saliera un trozo demasiado largo, como otros que había cortado hacía tiempo, así que obtuvo un fragmento muy pequeño al que llamó Nora. En el segundo quiso compensar su anterior fracaso, pensando en lo que dirían de él más adelante, pero acabó teniendo un pedazo muy largo al que llamó Gundo. La porción sobrante, la única de la que no se preocupó, resultó tener el tamaño justo que buscaba el inventor, a esta parte la llamó Tuto.

Nora, Gundo y Tuto se llevaron bien desde el primer momento —no es de extrañar siendo que habían formado parte del mismo metal— y cada uno encontró en los otros dos el mejor de los complementos. El inventor los puso juntos y colocó sobre ellos una cubierta de cristal para poder observarlos y que su mente se centrara en el presente. Los tres amigos estaban encantados con su trabajo, sólo tenían que avanzar juntos, dar vueltas y disfrutar de la compañía.

Pasaron los días, las semanas y los meses y todo funcionaba a las mil maravillas. El inventor se había centrado y le bastaba con mirar su reloj para pensar sólo en el ahora. Los tres amigos, por otra parte, cada vez se conocían mejor y vivían más felices.

Tuto, el más joven, era el que más disfrutaba del día a día. Le encantaban las historias que contaba Nora, siempre hablando de otras épocas lejanas, y dejaba volar su imaginación con las invenciones de Gundo, un genio a la hora de imaginar mundos futuristas poblados por extraños seres. A veces reía, a veces lloraba, pero nunca se aburría junto a sus dos amigos, nunca se sentía solo. Eran incontables las vueltas que habían dado pero, como eran inseparables, no pensaban nunca en ello.

Una mañana, en una vuelta como otra cualquiera, Nora comenzó a quedarse rezagada, a avanzar con más dificultad. Tuto y Gundo la miraron preocupados —era la primera vez que algo así sucedía— y le preguntaron si se encontraba bien.

—Echo de menos el lugar por el que hemos pasado, era más fácil avanzar, olía mejor y la luz que pasaba por el cristal creaba un arcoíris precioso —dijo Nora suspirando con nostalgia y mirando atrás.

De nada sirvió que Tuto y Gundo intentaran hacerla entrar en razón. Nora ya no disfrutaba tanto como en el pasado y pensaba que antes lo pasaban mejor juntos. Poco a poco, Nora se fue quedando más y más atrás hasta que, una mañana, ya no fue capaz de ver a sus dos amigos. Fue esa misma mañana cuando el inventor miró su reloj y vio que las tres manecillas ya no estaban juntas. Sus ojos se detuvieron en la pequeña varilla que era Nora y el inventor, al verla tan retrasada, no pudo evitar acordarse de aquel tiempo, varios años atrás, cuando diseñó uno de sus mejores inventos. Una pequeña parte de su obsesión volvió junto con ese recuerdo, pero enseguida hizo por eliminarla de sus pensamientos y seguir centrado en el presente.

Tuto y Gundo siguieron avanzando pero, al momento, Tuto se dio cuenta de que su compañero estaba acelerando el paso. Acababa de perder a Nora así que se preocupó mucho cuando vio que podía separarse también de su otro amigo. Tratando de tranquilizarse, Tuto habló con Gundo y compartió con él sus preocupaciones.

—Quiero ver qué hay más adelante, qué nos espera a la vuelta de la esquina —dijo Gundo, excitado— ¿No tienes curiosidad, Tuto?

Tuto lo miró sin entender, habían dado cientos de vueltas, ¿qué curiosidad podía tener? Intentó hacérselo ver a su amigo, pero éste ya había tomado una decisión y avanzó más deprisa hasta que, como pasó con Nora, Gundo desapareció de la vista. El inventor miró el reloj y por poco se cayó de la silla cuando vio que otra manecilla se había separado. Fue entonces, al ver a Gundo tan adelantado, cuando su imaginación soñó con los inventos tan fantásticos que no había construido aún y que traerían más fama y gloria a su vida. De repente, su problema había vuelto y, al observar la separación de Nora y Gundo, volvía a pensar más en el pasado y en el futuro que en el presente.

Tuto se vio por primera vez en su vida solo. No tenía las historias de Nora ni las invenciones de Gundo, sólo contaba con sus recuerdos y con la esperanza de volver a reunirse con sus amigos. Siguió avanzando con menos alegría que antes, más por inercia que por otra cosa, hasta que, más adelante, divisó una forma que le resultaba familiar. Continuó moviéndose y, para su sorpresa, vio que estaba a punto de alcanzar a Nora. ¡Había dado una vuelta más rápido que ella! Tuto se sintió con fuerzas renovadas y saludó con alegría a su amiga. Hablaron un rato, pero enseguida volvieron a distanciarse poco a poco.

—Podrías ir más despacio, Tuto, así volveríamos a estar juntos como antes. Te contaría historias y seríamos tan felices como al principio —dijo Nora al ver que su compañero se alejaba.

Tuto meditó la tentadora oferta de su amiga y se planteó el aceptarla, pero al momento supo ver que nunca volvería a ser como al principio. Nora perseguía un sueño imposible y era incapaz de darse cuenta. Tuto se despidió con una disculpa. Al rato volvió a estar solo: echaba de menos a su amiga.

El tiempo pasó y la angustia de Tuto creció al mismo ritmo que la obsesión del inventor. Estaba inmerso en sus pensamientos cuando una voz familiar lo sacó de ellos dándole un susto de muerte. ¡Gundo lo había alcanzado! Una vez más, tal y como le pasó con Nora, Tuto recuperó la alegría al ver a su amigo. Parecía una eternidad desde la última vez que se habían visto y Gundo tenía muchas cosas que contar, tantas que los dos amigos empezaron a distanciarse de nuevo mientras éste hablaba.

—Tienes que venir conmigo, Tuto, es increíble. No puedo esperar a ver lo que hay más adelante, siempre me sorprendo. Ven conmigo y estarás mucho mejor que ahora —dijo Gundo intentando convencer a su amigo.

Tuto se negó tal y como se había negado a la propuesta de Nora. Era fácil pensar que las cosas podían ser mejores, pero Tuto sabía lo peligrosas que son las expectativas y las esperanzas. No, se dijo a sí mismo, él seguiría avanzando como siempre, sin mirar atrás o adelante.

Paso tras paso, Tuto tuvo acabó por darle vueltas de nuevo en las ofertas de sus amigos. Pensaba en las propuestas de Nora y Gundo y se preguntaba si había tomado la decisión correcta. Tuto se sentía muy solo pero, con el paso del tiempo, aprendió a disfrutar de su propia compañía y del momento en el que se encontraba. El inventor, por su parte, al ver las manecillas separadas, se rindió definitivamente a su obsesión. Lo que ninguno de los dos esperaba es lo que sucedió en un momento dado. Tuto alcanzó de nuevo a Nora y, cuando estaba a punto de saludarla, escuchó de nuevo la voz de Gundo tras él. La alegría no pudo ser mayor, ¡estaban los tres juntos! Tuto estaba más feliz que nunca y lo mismo podía decirse de sus dos amigos. Hablaron hasta que volvieron a separarse, pero esta vez no fue una despedida triste porque sabían que se juntarían otra vez. El inventor, que ya daba por inservible su invento, sintió una inmensa dicha cuando vio las tres agujas juntas de nuevo. En ese instante dejó de preocuparse por el tiempo y vio que por mucho que recordara su pasado y pensara en su futuro ambos se unían en el presente. De la misma forma Tuto supo que, por mucho que Nora quisiera volver atrás y por mucho que Gundo quisiera adelantarse, los tres amigos se encontrarían siempre.

ARTEMISA (IX)

Publicado: 19 agosto, 2013 en Relatos
Etiquetas:, , ,

PRIMERA PARTE     SEGUNDA PARTE     TERCERA PARTE

CUARTA PARTE     QUINTA PARTE     SEXTA PARTE

SÉPTIMA PARTE    OCTAVA PARTE

Julia dormía serena como no lo había hecho en días. La pista dejada por Isaac le había devuelto la esperanza en el proyecto, en la lucha contra la adversidad. La doctora había pasado el resto del día haciendo preparativos y preguntándose en qué punto de la catedral podría encontrar la siguiente pieza del rompecabezas. Samuel, ignorante y frustrado, se había dedicado a beber hasta caer rendido en el sofá del salón.

La noche inundaba Salamanca y la luna creciente filtraba su luz plateada en el dormitorio en el que Julia dormía. Pese a la época del año en la que se encontraba, la doctora se había apropiado de una sudadera deportiva de Samuel y la llevaba puesta como pijama. Su cabello negro tapaba parte de su mejilla y se mecía con la leve brisa que entraba del exterior. Respiraba calmada, en paz. Esa noche no se reencontraría con sus pesadillas, con las persecuciones, con las imágenes de Isaac despidiéndose de ella una y otra vez. Era un primer paso, pequeño, pero lo suficientemente grande como para devolverle algo de la felicidad arrebatada.

El silencio se había adueñado del apartamento, una quietud agradable y pacífica. Era un silencio que se vio interrumpido por un ruido en la puerta de la vivienda. Algo hurgaba en la cerradura, con maestría y pericia, pero, aún así, rompiendo el pacífico silencio que, hasta hace unos momentos, reinaba en el lugar. La puerta se abrió lo justo como para que una ágil sombra se deslizara por la abertura y volviera a cerrar con cautela. La figura inspeccionó con profesionalidad el lugar en el que se encontraba. Miró primero en la vacía cocina y luego se dirigió al salón en el que dormitaba Samuel. El intruso vio al fotógrafo, que yacía inconsciente en uno de los extremos del sofá, y dudó entre matarlo limpiamente o dejarlo estar. Acarició la culata de su pistola, pensativo. Samuel no era el objetivo, la prioridad era acabar con la doctora Murillo, esa fuente de problemas que ya se le había escapado en dos ocasiones.

La sombra del asesino se apartó del salón y se internó en la casa, como si supiera exactamente dónde tenía que dirigirse.

Julia seguía en la misma postura aunque, en ese momento, estaba acariciándose sonámbula los brazos. Era una imagen que sorprendió al veterano asesino cuando entró en el dormitorio y que a punto estuvo de hacerlo reír por lo surrealista de la situación. La luz de la luna iluminó por primera vez al intruso y reveló su rostro chupado y esquelético. Desenfundó su arma mientras pensaba en el atentado fallido en el apartamento de la doctora. Después vino la malograda persecución en el hospital, otra mancha en su historial. Hoy todo iba a terminar. Julia dejó de acariciarse y murmuró algo en sueños. El asesino hizo caso omiso mientras colocaba el silenciador en su arma, ya habría ruido por la mañana cuando encontraran el cadáver de Julia.

Mark Birdsall, experto sicario, asesino temido y respetado, hombre sin escrúpulos ni remordimientos, levantó el brazo derecho en el que empuñaba la pistola y apuntó. Se mantuvo así un par de segundos y apretó, no, acarició el gatillo de su arma con su mano enguantada en cuero. Se escuchó un ruido como de succión y la bala abandonó el cargador para salir disparada en busca de una presa. El proyectil surcó la distancia que lo separaba de su objetivo y lo alcanzó con rapidez abriéndose paso entre ropa, carne, músculos y órganos. La sangre comenzó a manar inmediatamente a borbotones intermitentes, la bala había alcanzado una arteria, era una herida fatal. Mark sonrió con autocomplacencia, había sido un disparo difícil a un blanco en movimiento, pero su habilidad era casi legendaria. Era cuestión de tiempo que el doctor Smithson cayera desangrado en algún rincón del edificio de oficinas en el que se había refugiado. La emoción de la caza, una vez más, repartía endorfinas por todo el metabolismo de Mark.

Isaac cerró la puerta tras él y se detuvo un momento a comprobar la gravedad de su herida. Le ardía el costado y cada vez le costaba más mantenerse erguido, no pintaba bien. Con un esfuerzo inmenso se quitó la chaqueta y, después de hacerla un ovillo, se la colocó allí donde la sangre empezaba a empapar su camisa. No detendría la hemorragia pero, por lo menos, evitaría dejar un rastro de sangre que facilitara la tarea a su perseguidor. El doctor herido trastabilló por los pasillos del desierto edificio hasta que no pudo más. Cuando sintió que las fuerzas lo abandonaban, se escondió en el interior de un diminuto cuarto de la limpieza, allí esperaría su final y trataría de avisar a Julia, su Julia…

Mark no corrió ni se precipitó de modo alguno. Sabía que su presa no llegaría lejos y no iba a cometer ningún error ahora que el fin de la cacería estaba tan cerca. No era el único asesino contratado por el Núcleo, pero era el mejor y, en cierta forma, el encargado de todas las operaciones de “disuasión”. Mark sonrió. Disuasión sonaba mucho más profesional que asesinato, tortura o secuestro, eso desde luego. El nombre era lo de menos, Mark era el mejor en su trabajo y seguía las órdenes hasta sus últimas consecuencias.

El frío asesino llegó al recibidor del edificio y examinó el suelo. Un charco de sangre se expandía sobre el mármol blanco allí donde Isaac se había detenido. Más adelante parecía que se perdía el rastro, como si el herido se hubiera esforzado en ponérselo difícil. Mark avanzó con lentitud sin dejar de buscar una pista que lo guiara en aquel laberinto de oficinas. El suelo estaba impoluto, pero, en una de las paredes, se perfilaba la inconfundible huella de una mano ensangrentada. En su obsesión por no dejar un reguero de sangre, Isaac no había caído en lo que las paredes podían contar. Mark siguió las huellas, cada vez más frecuentes, hasta que estas desaparecieron junto a una puerta. Por el letrero se adivinaba que era un cuarto de servicio, no había escapatoria posible y la sangre que se filtraba por la rendija desvelaba la gravedad en la que se encontraba el doctor. Mark intuyó que Isaac se había sentado contra la puerta así que apuntó con su arma al punto en el que éste imaginaba que se encontraba la cabeza del herido. Por segunda vez en esa noche, Mark disparó su arma y, por segunda vez también, hirió a Isaac Smithson, esta vez matándolo en el acto.

El recuerdo de aquella noche en Austin invadió los pensamientos de Mark en cuanto la botella de ginebra que Samuel empuñaba se estrelló contra su cabeza. Un fogonazo blanco frente a sus ojos, restos de vidrio y su consciencia desvaneciéndose. El brazo que apuntaba con la pistola a Julia descendió y dejó caer el arma. Todo su cuerpo caía, pero el asesino sólo pensaba en lo fácil que fue acabar con Smithson. Julia se le escapaba por tercera vez. Julia, Julia…

El ruido despertó inmediatamente a Julia que, para su horror, se encontró con una imagen de pesadilla. Samuel, empuñando una botella rota, estaba detrás del hombre que ya intentara darle caza en el hospital. El intruso se había llevado un buen golpe en la cabeza y caía al suelo con una expresión de sorpresa y resignación. No hizo falta atar muchos cabos, en cuanto la doctora vio el arma en el suelo supo que no se trataba de ninguna broma.

—Nos vamos, ahora —dijo Samuel dejando caer los restos de la botella.

Julia no discutió con el hombre que le había salvado la vida por segunda vez. En pocos minutos ambos se habían vestido y, con las pocas pertenencias que consideraron útiles, habían abandonado el apartamento convencidos de que su perseguidor no se levantaría de nuevo. La primaveral noche salmantina los envolvió mientras se perdían por los callejones de aquella mágica ciudad en la que se jugaba el futuro del proyecto Artemisa.

AGUA Y SANGRE

Publicado: 17 agosto, 2013 en Relatos
Etiquetas:, , , ,

Se arrastraba por la tierra con la férrea determinación de quien no sabe aceptar la derrota. El soldado apretaba los dientes y utilizaba su mano derecha para agarrarse al suelo y avanzar. La otra mano, cada vez más pálida, desaparecía a la altura de su vientre, entre los restos de la destrozada armadura. El avance era lento pero constante. Oía voces en algún punto a su derecha, pero varios soldados muertos se interponían en su línea visual. Con un esfuerzo titánico, corrigió su dirección y trató de dirigirse hacia el lugar desde el que provenían los sonidos.

El general observaba con mudo respeto la desoladora escena que se presentaba ante él. Se encontraba en una colina desde la que se podía abarcar con la mirada todo el campo de batalla en el que sus tropas habían combatido los últimos días. Los cadáveres se amontonaban unos sobre otros, sin importar en qué bando hubieran luchado ni cómo hubieran muerto. En verdad, pensó el anciano general, la guerra acaba por unir a los hombres.

Un ruido captó su atención. El general miró en dirección al sonido y vio a un soldado que se arrastraba hacia él con una mueca de dolor grabada en la cara. ¿Amigo o enemigo?, se preguntó el general. El uniforme del herido no dejaba adivinar ningún blasón o color, el barro y la sangre lo habían pintado de un marrón oscuro que no pertenecía a ningún bando. Uno de los escoltas del general se acercó y se interpuso entre su líder y el soldado herido que, con un último gemido, dejó de moverse, rendido por el agotamiento. Sólo se escuchaba el gorjeo de los cuervos que acudían, como cada día, al festín que los humanos desplegaban para ellos.

El guardaespaldas empujó con el pie al moribundo y lo colocó de espaldas al suelo, mirando al plomizo cielo. Las fuerzas lo habían abandonado casi por completo, su mano izquierda dejó de ejercer presión sobre su vientre y reveló un gran corte por el que sobresalían sus entrañas. El general se acercó en silencio, desenvainó su espada y, sin mediar ninguna palabra, la clavó con fuerza en el corazón de aquel desgraciado. Un caído más en esta guerra que tenía un final tan incierto como lejano se antojaba su comienzo.

El enemigo se había replegado una vez más para recomponer sus filas y prepararse para un nuevo choque. Los muertos se contaban por miles, pero, pese al coste en vidas, era imposible saber de qué lado se inclinaba la balanza. Las pocas batallas que se podían contar como ganadas no dejaban de ser victorias pírricas incapaces de suponer un avance definitivo. No, se dijo el general, hasta ahora ambos hemos perdido. Giró sobre sus talones, envainó la espada ensangrentada, y examinó los restos de su ejército. Los hombres estaban agotados, se leía en sus ojos, pero sabían que la rendición no era una opción. Esa guerra acabaría con uno de los dos bandos totalmente aniquilado, no habría treguas ni negociaciones.

Comenzaron a caer las primeras gotas de lo que se adivinaba como una fuerte tormenta. Repiqueteaban sobre las armaduras de las tropas, creando una tétrica banda sonora para el dantesco escenario en el que se encontraban. El general hizo una señal con la mano y sus regimientos se movieron como un único hombre de vuelta al campamento. Un relámpago rasgó el cielo recortando la figura del general en la colina. Se quedó solo, pensativo, triste. ¿Cómo habían llegado a esto?

El aguacero aumentó su intensidad y pronto se crearon varios riachuelos en los que se mezclaba el agua con la sangre de los caídos. Era pronto para saberlo, el general lo sabía, pero había espacio para la esperanza. Esa misma noche tendría lugar un nuevo enfrentamiento, a simple vista igual que las otras muchas batallas, pero, en esencia, distinto y esperanzador. La guerra no iba a terminar al ponerse el sol, pero podía darse el primer paso hacia la victoria definitiva.

Con esos pensamientos bullendo en su cabeza, el general emprendió el mismo camino de sus tropas, algo más animado y con cierta alegría contenida. Esa noche, sí, esa noche la guerra tomaría un nuevo rumbo.

SUDOR Y CACAHUETES

Publicado: 13 agosto, 2013 en Relatos
Etiquetas:, , , ,

El olor a sudor rancio y cacahuetes inundaba sus fosas nasales. No le molestaba, más bien lo contrario, suponía el contrapunto perfecto para su estado de ánimo.

La madera oscura de la barra estaba llena de muescas y manchas difíciles de limpiar. Bebía un gintonic de Seagram’s —no podía permitirse grandes lujos— y una tónica ignota tan desconocida como el resto de consumidores que pululaban por el bar. Tras él, dos mujeres ya entradas en años se hallaban enfrascadas en una intranscendente charla. En la barra reinaba una única camarera de ojos azules como una botella de Bombay Shaphire. No se la veía estresada ni tenía razones para estarlo, el local estaba casi vacío. Él la miraba furtivamente y se engañaba a sí mismo pensando que ella hacía lo mismo. ¿Por qué iba a perder su tiempo mirándolo cuando, frente a ella, se pavoneaban dos machitos de gimnasio? Si la vida fuera como las películas… Pero no lo era.

Estaba solo y, pese a su juventud, se sentía viejo, muy viejo. No lamentaba estar en ese bar, le venía bien y, para qué negarlo, le hacía sentirse enigmático y misterioso. En ese instante se había convertido en el tío interesante que carga con una historia y un pasado difíciles de adivinar. Ya no era un personaje más, era el protagonista del lugar. Buscó con la mirada los ojos azules de la camarera, pero ella ya no estaba, había perdido su oportunidad.

Resultaba gracioso y muy apropiado ver que, en el televisor a su derecha, estaban pasando Nosferatu. Así que de muertos en vida iba la cosa… Tanto daba mientras él siguiera siendo el protagonista.

Miró por la ventana y no pudo evitar reparar en la terraza. Un grupo de chicas con sugerentes escotes degustaba sus bebidas y disfrutaba del agradable clima veraniego de aquella noche. Su gintonic llenaba menos de media copa y pensó en tomarse el siguiente en la terraza, rodeado de chicas bonitas. Pero no, se dijo a sí mismo, la barra era su lugar y la soledad la única compañía que necesitaba. Era justo que estuviera ahí, una extraña muestra de valentía de las que rara vez se hace apología.

Su bolsillo vibró y el encanto se rompió, Celia, que también tenía los ojos azules, quería quedar. Esa noche no, se disculpó él mentalmente con la joven, esa noche era un regalo para él y no estaba dispuesto a compartirlo con nadie.

Echó la vista atrás —no hacia las dos señoras, que hacía rato que se habían marchado, sino a su pasado— hacia otra época cercana y lejana al mismo tiempo. En verdad eran inescrutables los caminos del Señor. Sus pasos lo habían llevado a esa situación, podría haber sido totalmente diferente pero no, había acabado allí, en ese bar con olor a sudor, y la camarera de ojos azules volvía a reinar tras la barra.

Pidió otro gintonic y esta vez se fijó en el nombre de la tónica, Me Tonic, un nombre muy conveniente. Ahí estaba un hombre solitario bebiendo una tónica solitaria, la pareja perfecta para esa noche de verano. La ginebra, por otro lado, empezaba a circular por sus venas, por fin, una agradable sensación de bienestar se instaló en su cuerpo y relajó sus músculos. Estaba solo y, pese a ello, se sentía muy a gusto. Parte de ello se debía al efecto del alcohol, por supuesto, pero había también un componente propio que sabía a batalla ganada. La guerra sería larga, ni qué decir tiene, pero esa noche tenía un claro vencedor, venían tiempos de cambio. No esperó a que esa sensación se desvaneciera, cogió una servilleta del desgastado servilletero y se escribió un mensaje de ánimo. Recuerda cómo estabas, decía, y piensa en cómo estás.

Sólo el tiempo terminaría esta guerra, sólo el tiempo le ayudaría a olvidar y sólo el tiempo le haría recordar de nuevo porque, en esta ocasión, olvidar para después recordar era el único camino posible.